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PETIT HAUTE ROUTE VERBIER-ZERMATT

 


Esquiadores de todo el mundo recorren, desde hace casi un siglo, las montañas que separan dos de las capitales mundiales del alpinismo: Chamonix (Francia) y Zermatt (Suiza), bautizada la ruta por los pioneros como Haute Route, no hay esquiador de montaña en el mundo que se resista a la llamada de los altos glaciares y las nieves perpetuas. La montaña en su estado más puro nos reclama.

 
   

Después de años soñando con la ocasión pero sin encontrar el momento y el grupo idóneo,  esta se presentó auspiciada por Paco Orta, que aglutinó un pequeño grupo de veteranos curtidos en las montañas guadarrameñas. Al frente del grupo, como “guide”, Jorge Sánchez, campeón de España de esquí de montaña en los años 90, conocedor de la ruta, pues la había hecho en varias ocasiones, y además responsable desde hace un par de décadas del Centro de Tecnificación de Esquí de Montaña de Madrid, donde nuestros respectivos hijos/as adquieren la técnica de este bello deporte. El resto del grupo lo componíamos Javier Lillo, Luis Alcalde, Paco Ajarnaute y el que escribe, Felipe “Treparriscos”.

¿Por qué Petit Haute Route? Porque no contábamos con los días necesarios para poder completar con garantías toda la travesía original y preferimos asegurar acortándola. Empezamos en Verbier, dejando para otra ocasión las 2 etapas iniciales de la clásica, entre Argentiere y Champex, más la conexión con bus o taxi entre esta ultima y Verbier. Buscábamos el contacto con las grandes extensiones de nieve, el descubrimiento, después de años esquiando, de los grandes glaciares alpinos, de los descensos por nieve polvo inimaginables en nuestras sierras. Poco importaba qué denominación dar a nuestra variante.

Aquí os dejo un relato personal y, en algunos casos, bastante extenso, con datos técnicos de la travesía, pero visto desde mi perspectiva, reseñando las circunstancias particulares que nos sucedieron y que hicieron de estos días en los Alpes algo irrepetible, más en el aspecto personal que en el deportivo.

1ª Etapa Verbier Sector Medran (1532 m)- Cabaña Montfort (2457 m). Sábado 26 de Marzo. Después del viaje en avión hasta Ginebra y desde allí en furgoneta hasta Verbier, nos dispusimos casi sin respiro a cumplir nuestra primera etapa, que normalmente se hace utilizando los remontes mecánicos de la estación. La nieve en las cotas bajas de la estación escaseaba y la que había en las pistas era más propia de nuestras latitudes que del dorado alpino. Las mochilas, a pesar de todo el ajuste previo que hicimos, pesaban más de lo deseado; pero no había otra. Para llegar al Refugio, enlazamos pistas desde Medran (1532 m) hasta la estación superior de las Ruinettes (2200 m) y desde allí hasta La Chaux (2260 m) por una panorámica pista horizontal. Atrás habíamos dejado el bullicio e incluso la “marcha” de la estación (pasamos junto a un bar en pistas donde, al ritmo de buena música en directo, los esquiadores terminaban su jornada degustando una fresca cerveza). Por delante, las ultimas luces del día nos presentaban los Alpes en todo su esplendor. Desde La Chaux culminamos la jornada inicial llegando a la Cabaña Montfort (2457 m), situada en las pistas de Verbier, al pie del Pico Mont-Fort (3330 m). A pesar de la situación, Montfort es un refugio coqueto. En su interior se respira el ambiente propio de cualquier refugio de alta montaña. La cena fue de las mejores de toda la travesía.

2ª Etapa. Cabaña Montfort (2457m)-Rosablanche (3336)-Cabaña de Dix (2928 m) Domingo 27 de marzo. Después de una corta noche, por el madrugón y por el cambio horario (tuvimos que adelantar una hora los relojes), nos dispusimos a tener nuestro bautismo alpino. Salimos del refugio Montfort aún de noche, a la luz de los frontales. Durante el primer tramo de ascensión seguimos el trazado de una de las pistas de la estación. Pero al poco la abandonamos para alcanzar nuestro primer objetivo del día, el collado de Les Chaux (2940 m), cuya ascensión —utilizando la jerga guadarrameña— es poco más que una “Bola” (referido a una subida desde el Puerto de Navacerrada a la Bola del Mundo o Guarramillas). Con las primeras luces del día llegamos al collado, que era la puerta hacia los glaciares y el terreno de aventura. La nieve estaba bastante helada y con huella de días anteriores. Se nos presentaba una media ladera descendente. Pasamos de uno en uno, porque el primer flanqueo tenía unas rocas que dificultaban el paso. En mi caso, que iba el último, tuve una enganchada con las rocas y me quedé bloqueado, de espaldas a la pendiente. Como dirían mis compañeros, “aberronchao” a las referidas rocas, hasta que entre risas y alguna maldición remontaron Luis y Javier para ayudarme a salir de tan incómoda situación. Recuperada la posición, alcanzamos a Jorge y Paco Orta, que nos esperaban sorprendidos al inicio de la siguiente ascensión al collado de Momin (3003 m).

 
   

La subida a Momin fue corta. Traspasado el collado, accedimos al glaciar del Gran Desert. Flanqueando por un lateral el glaciar nos plantamos al pie de la pirámide ‘somital’ de la Rosablanche (3336 m). Nos descalzamos esquís y remontamos unos metros, para pasar debajo de la cima señalada por una bonita cruz. No ascendimos a la cumbre, más preocupados por llegar a buena hora a la zona avalanchosa del Lago Dix, que a sumar una cima más en nuestros currículum. Ya con crampones, destrepamos por la arista S y, finalmente, por un corredor llegamos hasta el glaciar de Mourti (3240 m).

Iniciamos el descenso hacia el Lago Dix por una nieve que, en principio, se esquiaba bien. Pero que enseguida se transformó. Excepto Jorge, los demás catamos la frescura de la nieve. Pero lo peor vino en la parte final del descenso, antes de la zona conocida como la Barma. La nieve estaba como podrida y se hundía bajo nuestros esquís. Mantenerse en pie con esas condiciones y con el mochilón en nuestras espaldas, fue más un trabajo de habilidad que de técnica. Nos reagrupamos en la Barma (2459 m), antes del peligroso flanqueo de la ladera Este del Lago Dix y decidimos pasar esta zona separados por una cierta distancia, con precaución. Por suerte y gracias a la pobre innivación de este año, pasamos la zona de avalanchas con más miedo que vergüenza, pero sin problemas.

Jorge nos apremiaba, porque aún quedaba subir el Pas du Chat (2572 m) antes de llegar al refugio. Pero nosotros necesitábamos relajarnos después del estrés de la bajada por nieve podrida y el flanqueo bajo las paredes amenazantes. Además, desde las 5:30 h que desayunamos, apenas habíamos comido un poco de chocolate. Y ya eran las 13:30 h. La temperatura era elevada y unas nubes grisáceas velaban el cielo. Así que, después del pequeño descanso, nos dispusimos a culminar la etapa. Antes de llegar al Pas du Chat nos quedaba bordear el Lago Dix, lo que nos llevó un buen rato y que solo Jorge hizo sin pieles (la diferencia la marcaba su depurada técnica). Una vez superado el Paso del Gato empezó la sucesión de pájaras y parones, producidos por las horas de marcha, la deshidratación, la falta de alimento y por el peso de la mochila. Cada uno puso su marcheta y, sacando fuerzas de flaqueza, culminamos la etapa en la Cabaña de Dix (2928 m), después de 10 horas de marcha y bajo una tímida nevada.

Como dato de la deshidratación que llevábamos, hasta irnos a dormir consumimos 12 botellas de agua de 1,5 l (casi 3 litros por cabeza). Al precio que estaba el agua, se nos fue un buen puñado de euros. La cena en este refugio fue escasa y poco apropiada para después de 10 horas de actividad.

3ª Etapa. Cabaña de Dix ( 2928 m) - Pigne D´Arolla (3772 m) - Cabaña Vignettes (3158 m). Lunes 28 de marzo.  Una noche más sin pegar ojo. Ni el cansancio me había ayudado a dormir al menos una hora. Hoy, en teoría, era la etapa más corta, con solo una dificultad reseñable y que a todos nos intimidaba: el muro de la Serpentinne. Pero el día amaneció desapacible, con niebla y una ligera nevada. Aunque en la etapa anterior no habíamos visto ni un alma, ni un solo montañero o esquiador, en Dix coincidimos con un par de grupos que estaban haciendo la Haute Route. Un grupo de americanos con guía y otro segundo grupo de amigos, de Colorado, de 4 personas. Sin buscarlo, o quizás sí, dejamos que salieran los otros grupos antes. Como he dicho, la visibilidad no era muy buena y había que trazar bien la ruta para superar el Glaciar de Tsena Refien y sus grietas; un paredón de hielo y nieve que quitaba el hipo solo de mirarlo, junto a la no menos impresionante cara norte del Mont Blanc de Cheilon (3870 m).

Nada más superar el muro del glaciar y llegando al collado de Tsijore Nouve (3300 m), que daba acceso a un gran plateau, alcanzamos al resto de los grupos. La visibilidad era nula y había que saber muy bien por dónde seguir, para no caer en alguna de las grietas que seguro estaban en nuestro camino. Continuamos subiendo y, en esta ocasión, abriendo huella, porque nuestros “amigos“americanos nos cedieron muy amablemente la cabeza. Al poco, nos encontramos bajo un paredón de hielo que nos impedía el paso, sin saber muy bien hacia dónde ir. Antes de seguir, Jorge nos mandó encordar. Así lo hicimos, mientras los líderes de los grupos, incluido Jorge, consultaron conjuntamente mapas, brújula y GPS. Estaba claro que habíamos errado nuestro camino y ahora había que bajar a una cota inferior para poder llegar al pie del muro de la Serpentinne. Una vez perdida suficiente altura, flanqueamos bajo unos espolones de hielo y roca hasta que Jorge, que encabezaba a los grupos, se vio al borde de un precipicio. Por fotos que intercambiamos en los días previos, bromeando sobre el muro de la Serpentinne, sabíamos que un poco más a la derecha de los cortados estaba el famoso muro. Descalzamos esquís y nos pusimos los crampones para subir el muro de hielo, que superamos sin mayor problema. Después de tanta historia, nos había costado más llegar al muro que subirlo.

 
   

El día seguía desapacible. Pero al menos respirábamos tranquilos porque, en teoría, ya solo nos quedaba una suave diagonal ascendente para alcanzar el collado de la Pigne. Craso error porque, siguiendo las indicaciones del GPS de Paco Orta, nos vimos frente a una gran grieta que nos cerraba el paso. De nuevo nervios y tensión. Volvimos sobre nuestros pasos y retomamos la ruta, un poco escorados hacia la derecha, esta vez con dirección al collado de Brenay (3639 m). Desde éste y siguiendo una banda rocosa, dimos alcance a los otros grupos que, al parecer, tenían problemas para franquear una grieta (aquí no se libraba nadie de pasar su mal rato). Pero ahora si estábamos en el collado de la Pigne. Evidentemente, con el día de perros que hacía, la cumbre la dejamos para mejor ocasión.

Iniciamos el descenso hacia Vignettes, bajo una densa niebla que impedía ver más allá de nuestras narices. En teoría y según todas las guías, era uno de los descensos con esquís más espectaculares de Suiza. No en vano, aquí casi todos los días se posan helicópteros para depositar a esquiadores que buscan el dorado de la forma más sencilla. Pero aquel no era el día de florituras, ni del descenso soñado en nieve virgen. Había que bajar muy atentos y sin prisas, para no errar la ruta. En el primer tramo, Jorge abrió huella y todos le seguíamos, sin desviarnos de su traza. Aunque al poco el guía del grupo de americanos nos dio alcance y se puso al frente. Pero antes de continuar con la bajada, ató un cordino de unos pocos metros a uno de sus bastones y empezó con su show de “domador de las nieves”. Antes de iniciar cada serie de giros, lanzaba el cordino como si de un látigo se tratara hacia la pendiente y comprobaba que esta no fuera muy pronunciada y también que no hubiera ninguna grieta en nuestra trayectoria de descenso. A continuación, encadenaba 3 ó 4 giros y repetía la acción. Por supuesto, todos le seguíamos y girábamos donde él lo hacía. Así bajamos envueltos en el blanco, confundidos entre la nieve y la niebla, pero sin percances, hasta una cota donde había que girar hacia la izquierda para llegar al collado de Vignettes. Justo al pie de unas rocas y por encima de los restos de un alud, el guía descalzó esquís y empezó a colocar pieles.

Jorge, que conocía la ruta de anteriores ocasiones (un año estuvo de estage preparando la Patrulla de los Glaciares en Arolla durante una semana), siguió bajando buscando un acceso directo hacia el collado, pues así lo recordaba. Paco Orta le siguió y los demás nos quedamos perplejos, sin saber muy bien qué hacer. A pesar de nuestra confusión inicial, decidimos seguir a nuestro guide y mantener el grupo unido. Bajamos por una palas de fuerte pendiente y entre rocas durante unos cientos de metros, arriesgando más de lo debido, con alguna caída sin consecuencias. Pero el paso hacia el collado no apareció. Por fin, Jorge se detuvo en un plateau convencido  de que se había equivocado. Después del día que llevábamos de emociones fuertes, esto era el remate. Consultamos el mapa y comprobamos que nos habíamos bajado por el Glaciar de Arolla, 300 metros de desnivel por debajo del Collado. Juramos en arameo, pero no quedaba otra que remontar. La luz del día se apagaba y quedaba poco para que la noche nos envolviera. Había que moverse rápidos y tratar de ganar el collado.

Iniciamos el ascenso con los esquís puestos, pero el terreno y la inclinación nos obligaron a quitárnoslos y ponernos crampones para remontar la pendiente. La cosa no fue tan fácil. La nieve estaba podrida y a cada paso nos hundíamos, en algunos momentos hasta la cintura. No recuerdo el tiempo que nos llevó subir hasta donde el guía y sus clientes habían puesto pieles, pero lo que sí recuerdo es que más  de uno de nosotros estuvo a punto de caer extenuado, por el esfuerzo que supuso subir con esas condiciones de nieve. Pusimos pieles por encima de los restos de la avalancha que antes habíamos dejado atrás y remontamos hasta lo que parecía podía ser el collado. Pero la visibilidad era nula por la niebla y una ligera ventisca dificultaba aún mas nuestro avance, habiendo borrado las huellas de los otros grupos.

 
   

Cuando más aturdidos estábamos, sin saber muy bien hacia dónde dirigirnos (el refugio se encontraba colgado en una pared y para llegar a él había que atravesar una arista),  escuchamos ladridos de un perro que, a modo de faro sonoro, nos orientaron hacia el refugio “bendito perro”. Pronto encontramos la tubería que daba servicio al refugio y solo tuvimos que seguirla para llegar al nido de águilas que era la Cabaña de Vignettes (3160m). La entrada en el comedor fue recibida con alegría y también, por qué no decirlo, con incredulidad, pues nadie se explicaba hacia dónde habíamos ido. Nuestras demacradas caras demostraban que el paseo extra no había sido un camino de rosas. Finalmente, nos salieron más de 10 horas de actividad para una jornada que, según todas las guías, no debe durar más de 5 horas. La cena al menos, en este Refugio, fue reparadora después de la paliza que nos habíamos metido.

4ª Etapa.- Cabaña Vignettes (3158 m) - Col de Valpelline (3568 m) - Zermatt (1620 m). Martes 29 de Marzo de 2011. A pesar de  las previsiones, amaneció un día sin una sola nube. Nos pusimos en marcha con los primeros rayos de sol bañando tímidamente el Mont Collon. Desde el collado de Vignettes, hicimos un corto descenso sobre una capa de nieve polvo, hasta el collado de Charmotanne (3053 m). Allí pusimos pieles y comenzamos el ascenso hacia el Coll de L’Eveque (3392 m), a través del glaciar del Mont Collon. Según ganábamos altura, las vistas hacia atrás eran espectaculares, con el sol iluminando toda la ladera de la Pigne D’Arolla, por donde ayer casi a tientas habíamos bajado. Lástima de no haber tenido un día como el de hoy, para disfrutar de esa impoluta pala de casi 700 metros de desnivel.

El frío en esta subida se hacía notar y tuvimos que parar para ponernos unos guantes más calientes y algo más de ropa. Era el primer día que notaba este frío helador. El Coll de  L’Eveque asombra porque, en su flanco derecho, hay un montículo de nieve con forma de aleta de tiburón. Después de la nevada de ayer, estaba espectacular. Una vez agrupados todos en el collado, iniciamos el descenso hacia el Alto Glaciar de Arolla. Una pala de nieve polvo virgen nos esperaba y, como niños, nos lanzamos a disfrutar de ella. Aunque para mi desgracia, mi fijación se heló y no me permitió ni realizar 3 giros seguidos, pues saltaba con demasiada facilidad. Mientras yo penaba intentando quitar el hielo, Jorge en cabeza, mis compañeros y los chicos de Colorado detrás, dejaron su línea trazada en la nieve. Era una maravilla ver cómo uno de estos últimos descendía en Telemark ¡qué plasticidad!

Nuevamente tuvimos que poner pieles para ganar el collado del Mont Brulle (3213 m), en el Glaciar de Arolla. El escenario era inigualable: flanqueando nuestro ascenso por la derecha, estaba la impresionante cara norte del Mont Brulle, que lucía amenazantes los seracs  azulados de su glaciar colgado; por la izquierda, la cresta de Bouquetins; a nuestras espaldas, el Mont Collon; y al frente, nuestro paso hacia el Glaciar de Tsa-Tsan. Éramos los primeros en hollar aquel lugar después de la nevada del día anterior y todo a nuestro alrededor resplandecía con su blanco manto. Como debe ser habitual, yo también confundí el collado al que debíamos llegar. Desde la lejanía parecía más evidente el aparentemente más asequible y cercano al Mont Brulle; pero ese era el de Tsa-Tsan. El del Mont Brulle quedaba un poco más a la izquierda. Al pie del collado nos agrupamos, pues las condiciones de nieve no eran las idóneas para intentar trazar una huella con esquís y Jorge, generoso en su esfuerzo, se lanzó abriendo huella con los esquís en la mochila. Penosamente, le seguimos los demás, pues a la fuerte inclinación de la pendiente se unía el lastre de las mochilas, con el peso extra de los esquís. Con el corazón en la boca coronamos el collado. Allí tomamos aliento y un poco de comida.

El tiempo seguía siendo espléndido, aunque algunas nubes emergían de las vastas extensiones de nieve. Un corto descenso en diagonal, sin apenas giros, nos depositó en el Glaciar de Tsa-Tsan, donde al ser prácticamente cara Sur, con el sol en todo su esplendor y sin apenas viento, el calor se hacía sentir. Solo nos quedaba remontar todo el glaciar para alcanzar el collado de Valpelline (3568 m), último paso hacia Zermatt. Nos lo tomamos con calma y, siguiendo la estela de Jorge, pero con el ritmo que nos marcaba Luis, fuimos ganando altura y acercándonos a nuestro objetivo.

 
   

Todos sabíamos que al coronar el collado el espectáculo sería impresionante. Pero contemplarlo en primera persona fue algo inolvidable. A la emoción de saber que teníamos casi finiquitada nuestra primera experiencia en las Hautes Routes, se unió la emoción de contemplar uno de los colosos alpinos, símbolo por antonomasia de Suiza. Justo enfrente nuestro, el Materhorn o Cervino (4478 m). El espectáculo nos dejó boquiabiertos. A nuestro alrededor se alzaban infinidad de montañas, algunas de nombres impronunciables. Las más cercanas y asequibles para alcanzar desde el collado de Valpelline, La Tete de Valpelline (3799 m) y la Tete Blanche (3711 m). La Dent de Herens (4171 m), el cuatromil más cercano nos mostraba desafiantes sus seracs colgados y trataba de hacer sombra al rey “Cervino”, más en la lejanía, La Dent Blanche (4357m) y el Weisshorn (4580 m) y, al otro lado del valle de Zermatt, toda la corona de cuatromiles de Saas Fee, Alphubel (4105 m), Allanninhorn (4105 m), Strahlhorn (4205 m), Rimpfischhorn (4100 m) y así hasta casi el infinito. Gastamos un buen rato haciendo fotos y admirando el paisaje, antes de decidirnos a iniciar el descenso hacia nuestro destino final, Zermatt (1620 m).

Para llegar a Zermatt teníamos que cruzar tres glaciares. Para comenzar, el Stochjigletscher (Glaciar de Stochji),  entre dos amenazantes grietas que casi impedían el paso. Con niebla, ya nos dijo Jorge, no era recomendable pasar por ahí. Javier quiso poner el punto de emoción y, por momentos, nos puso el corazón en un puño, dirigiéndose con sus giros hacia una de ellas ¡Vaya susto nos dio! Según bajábamos, el marco por el que esquiábamos era incomparable y nos deleitábamos haciendo paradas para admirarlo. Por encima de nuestras cabezas se levantaba 1000 metros la mole de la Dent d´Herens y, más cercanos, algunos seracs que guardaban un precario equilibrio. Para enlazar con el Tieftmattengletscher, tuvimos que hacer una diagonal por una nieve horrible llena de pedruscos de hielo, caídos seguramente de la cascada de seracs que antes admirábamos.

El descenso continuaba atravesando de lado a lado el glaciar, por una zona bastante rota, pero que por suerte tenía las grietas cerradas; aunque Javier y yo tuvimos  un pequeño percance  que casi nos lleva a caer a una de las pocas que sí estaban abiertas. Una vez pasada esta zona, y ya bajo la cara Noroeste del Cervino, transitamos por el fondo del valle labrado por el glaciar, que estaba en claro retroceso, como se apreciaba perfectamente por la marca que había dejado la morrena en la ladera de nuestra izquierda. La pendiente en este valle se suavizaba y, para seguir descendiendo, no había otra que remar para llegar hasta las pistas de esquís de Zermatt,  lo que nos llevó un buen rato y bastante más esfuerzo de lo que imaginábamos. Sobre todo al llegar a un bosquecillo de abedules, donde era fácil que la nieve se hundiera bajo nuestro paso. Antes de llegar a las pistas, tuvimos que remontar sin esquís por una carretera durante poco más de 1 km.

Ojo para los que repitan esta ruta: al llegar a la carretera asfaltada junto a una construcción de servicios, hay indicaciones hacia Zermatt por la vertiente sur del valle (ladera izquierda según bajamos), pasando por el barrio de Zmutt. Si queréis evitar un largo porteo por prados, no las sigáis y remontad por la carretera bajo la cara Norte del Cervino.

La primera imagen que nos encontramos al llegar a las pistas fue la de un restaurante llamado Staffel (2200 m), donde los esquiadores descansaban tomando una cerveza, escuchando música en directo y donde había un pequeño jacuzzi con dos personajes que se remojaban al pie mismo del Matterhorn. Después de 3 días transitando por glaciares salvajes, la imagen, un tanto surrealista, nos dejó un poco anonadados ¡qué cambio más brutal!

Desde Staffel y ya por las pistas, disfrutamos del cómodo descenso que nos llevó inicialmente hasta Furi (1864 m), por donde las pistas cruzan entre las casas típicas de madera y, desde allí, hasta el mismo Zermatt, punto final de nuestra Petit Haute Route.

Aun teníamos dos días que habíamos cogido de colchón, antes de regresar a Madrid. Pero el primero se presentó con lluvia y desapacible, lo que nos hizo descartar la opción de ir a Saas Fee por el Adlerpass y la cabaña Britannia. Barajamos otras posibilidades, incluida la de ir a Chamonix para hacer el Valle Blanco. Pero la meteo, por lo que veíamos a través de Internet, era igual o peor que en Zermatt.

Al día siguiente, de nuevo con un cielo totalmente despejado y utilizando los remontes desde Zermatt hasta el Klein Matterhorn (3883 m), mis compañeros hicieron cima en el Breithorn (4164 m) o “Bolahorn”, como alguno ha querido denominar a este asequible y esquiable cuatromil. El resto del día, ya que habíamos sacado forfait, lo dedicamos a disfrutar como niños por las pistas de Zermatt hasta la hora de cierre. Una estación, por otra parte, con infinidad de remontes y con pistas entretenidas, pero sin grandes sobresaltos, a falta de conocer la vertiente italiana de Cervinia-Breuil.

El regreso a Ginebra lo hicimos utilizando el famoso y carísimo ferrocarril suizo, que nos llevo desde el mismo Zermatt (donde no está permitido el acceso a los coches), con escala en Visp, hasta el mismo aeropuerto.

Texto: Felipe "Treparriscos".



Fotos de la ruta en este enlace

Mapas de la ruta (próximamente)


La cuadrilla embigotada



 
 
 
 
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