MONTAÑEROS.POP
 
 
PEÑA UBIÑA CON CRESPÓN
(en memoria de Cristina)
 


Agosto de 2009. Llevábamos tiempo planeando regresar a la agreste Peña Ubiña; era una promesa, una meta en espera de realizarse. Pero las circunstancias cambiaron de manera inesperada. Una persona muy cercana y querida, Cristina, había dejado su vida en las aguas bravas del norte de Italia. Un fatal accidente. Excelente montañera, mejor persona, deportista multifacética y docente de imborrable recuerdo, su adiós nos movió a fijar sin más demoras la fecha de regreso a Torrebarrio y la Ubiña. Sería el 8 de agosto, cuatro años después de la primera visita, de la primera ascensión con ella.

Emprendimos el viaje desde Madrid, temprano en la mañana del sábado. Las conversaciones, como no podía ser de otra manera, giraban en torno a Cristina: su vida, cualidades, circunstancias, vitalidad... La honda huella que había dejado entre quienes la conocimos y tratamos. Su pérdida irreparable. Su profundo amor a la montaña, y los impedimentos que había tenido que superar para poderlo realizar. Finalmente, cómo tuvo que interiorizar esa pasión para poderla conciliar con su vida personal, con la incomprensión. Perder para ganar; elección dolorosa.

Llegamos a la entrada de Torrebarrio y buscamos la primera calle a la derecha. Accedimos a la plazuela donde dejaríamos el coche. Nos cambiamos de calzado, atalajamos y empezamos a andar, en dirección a la pista que discurre bajo la iglesia en la colina, cruzando el pequeño río. Pista al Norte, aguas arriba, ganando altura. Eran las 11:30 de la mañana.

Tomamos buen paso, por la mencionada pista, mientras observábamos a un lado el pueblo de Torrebarrio, cada vez más abajo; y la Peña Ubiña, siempre arriba. Al fondo del pueblo, en el barrio alto, asomaba la casa que con tanta ilusión ella levantara, pese a viento y marea. Era el lugar que había elegido para vivir cerca de la montaña. Su refugio. Al ascender, recordando, pasábamos el camino en conversación animada, aunque agridulce. Montonines. Recuerdos positivos y tristeza por la pérdida.

 
 
En lo más alto, ella

Al mirar atrás, recordábamos a las personas conocidas que se han quedado en la montaña, o en otras circunstancias. Amigos que estuvieron y marcharon. Cada vez son más. Compañeros (hombres y mujeres) de los que siempre aprendemos. Lo que somos, cómo somos, no deja de ser el resultado de la propia experiencia y de las personas con las que nos cruzamos en la vida. Damos y recibimos. Vivimos en nosotros mismos y en los demás. Entre otras razones, por eso, los que marchan no nos dejan nunca. Aunque las pérdidas siempre duelan. Porque duelen.

Inevitable no pensar, no recordar a Cristina. Esta ascensión, esta cita, era por ella y para ella. Arriba en la Ubiña habían sido esparcidas sus cenizas, cumpliendo sus deseos, simbolizando su unión eterna con una montaña que siempre amó, cuyo cobijo buscó y encontró.

Seguimos avanzando por la pista. Tras rebasar las grandes rocas que flanquean el camino, al superar la gran lazada, están los hitos y señales bien evidentes que indican el desvío al collado, junto a la alambrada. Ahora ganamos altura con más rapidez, en dirección Sureste. Avanzamos.

Son cerca de las 13:00 horas. Hemos llegado al collado del Ronzón, etapa intermedia. La niebla nos rodea, otorgando a vacas, vallados y rocas un aspecto misterioso, a la par que evocador. Estamos entre brumas, a media altura. Pero el camino continúa, al otro lado de la valla. Sin prisas, tomándonos tiempo y pausas, proseguimos.


Hemos decidido evitar el cresteo de la ruta tradicional; por variar. Avanzamos a media ladera, ganando altura lentamente. Ya hemos dejado atrás las brumas y el sol va haciendo su efecto. El camino no es tan evidente como esperábamos, difuminado entre sendas trazadas por el paso de las vacas. Cuando calculamos que estamos aproximadamente en la vertical de la cumbre, empezamos a ganar altura a las bravas, cortando por los lugares donde hay evidencia de paso. Encontramos algún que otro hito, disperso. Pero es una ruta un tanto vertical, sobre pedreras, lo que hace que parte del esfuerzo se pierda en retrocesos: un paso adelante, medio atrás. Vamos buscando también las zonas de roca, orillándonos sobre el 'firme más firme' que podamos localizar. Hasta que alcanzamos la cresta cimera y podemos pisar sobre roca. En algún breve paso ha habido que echar manos, pero sin mayores complicaciones. Aunque la subidita impresiona si se mira abajo: la vertical se pierde entre la niebla.

Alcanzamos la cumbre. Son las 14:15 aprox. Tocamos el vértice geodésico que marca el culmen; donde Cristina se aupara y descansase hacía ahora cuatro años; como un Petit Prince observando el mundo ("C'est véritablement utile puisque c'est joli"). Allí, entre jirones de nube y viento, rodeados del graznido de algunos cuervos, mientras contemplamos abajo el inmenso mar de nubes, su recuerdo se hace más patente. Evocaciones, meditación y ofrendas. Silencio. En nuestro derredor, en rincones ocultos a los ojos, sus cenizas se confunden con la gris caliza. Su ilusión, al fin, se había unido por siempre con la roca. No, ella no estaba allí. Pero su recuerdo sí.

Buscamos la repisa, un poco más abajo del vértice, donde paramos la vez anterior. Descanso, comida y charleta; como antaño. La Ubiña estaba triste, con sonrisa forzada. Impasible, que no insensible; o eso semejaba a nuestros ojos. Los seres humanos somos tan dados a evocar a nuestro antojo...

En el ínterin, habían llegado a cumbre tres montañeros leoneses. Por allí andurriaban con alegre desparpajo. Les preguntamos por la bajada. Luismi había tenido alguna dificultad con la senda que empleamos para subir, y no tenía buenas referencias de la ruta habitual. Mis recuerdos de cuatro años atrás, un tanto vagos, no le terminaban de convencer (no se fiaba el muy...) Él pensaba que era una cornisa demasiado expuesta. Gracias a nuestros amigos de León, se animó a ver la ruta al menos y, finalmente, bajar por ella. Eran alrededor de las 15:30 h. Curiosa y casualmente, uno de los 'trinitarios montañeros', David, había sido hasta bien poco tiempo compañero de Banesto, como él; solo que uno estaba en Madrid y el otro en Barcelona. Sorpresas de la vida. De ahí en adelante, el tema de conversación estrella fue sobre sus compañeros de trabajo, conocidos comunes, anécdotas y prejubilaciones. Esto del Banesto debe ser como una secta solo accesible para iniciados... Los demás les mirábamos con cara extraña, sin apenas meter baza.

Tras breve cresteo, descendimos por el camino, en constantes lazadas entre rocas, perdiendo altura, ameno y agradable, aplicados a conversaciones y chascarrillos. Pena que niebla y nubes no permitieran contemplar a gusto un horizonte que se nos escamoteaba. Por si faltara más, empezó a amenazar lluvia, dejando oír truenos al fondo. No obstante, antes de despedirnos de nuestros amigos leoneses, pudimos apartar unos minutos de más charla, en el punto donde nuestros caminos se separaban. También pudimos admirar las botas de David: artesanía pura donde la haya. McGyver a su lado es un parvulito sin recursos.

Tras la despedida, continuamos el descenso a Torrebarrio. Alcanzamos las estribaciones del pueblo cuando eran cerca de las seis de la tarde. Aún tuvimos otra conversación con un paisano, profesor en Salamanca. León, el entero Reino, es tierra de paisajes y paisanaje, como bien tuvimos tiempo de comprobar ese día y el siguiente. Tesón y tierra, hospitalidad y bonhomía.

La ruta... estaba hecha. Pero la sensación de vacío continuaba. Intentamos ahuyentarla hablando, repasando, recordando. Observando a nuestro alrededor, esa tierra leonesa con tanto significado, con tanta alma. Fin de semana de montaña y conversaciones. Chagrin.

¿Qué más decir? Cuando las palabras huyen, no hay manera de alcanzarlas. Lo que se puede escribir, y lo que no. Lo que no sale; lo que se quedará dentro, por siempre. Esta crónica había que hacerla, aunque las palabras fueran torpes. Porque hemos perdido a una persona irreemplazable. Cristina se ha ido, quedó en un río del norte de Italia. ¿Por qué? Cada uno dará una explicación, acorde a sus creencias, a su fe o carencia de ella. Fuera de toda duda, Cris era una persona de las que dejan huella, de las que no pasan indiferentes. Ya no está con nosotros, pero siempre se mantendrá viva en nuestros recuerdos.

Dedicado a ella, a Cristina; a esa 'sola rosa', valiosa, irrepetible, que se encuentra y aprecia con el corazón, sin cortapisas ni barreras. Y a todos los que la conocimos, quisimos y la querremos por siempre. Sin rencores.

"-Les hommes de chez toi, dit le petit prince, cultivent cinq mille roses dans un même jardin... et ils n'y trouvent pas ce qu'ils cherchent.
-Ils ne le trouvent pas, répondis-je...
-Et cependant ce qu'ils cherchent pourrait être trouvé dans une seule rose ou un peu d'eau...
-Bien sûr, répondis-je.
Et le petit prince ajouta:
-Mais les yeux sont aveugles. Il faut chercher avec le cœur."

Le Petit Prince
(Antoine de Saint-Exupéry
)



Fotos de la ruta en este enlace


Alegría, optimismo y amor por la naturaleza



 
 
 
 
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