MONTAÑEROS.POP
 
 
VALLE DE ESTÓS, AL FONDO A LA DERECHA
 


9 de agosto de 2008. El plan era un poco... ¿ambicioso?, aunque para nada imposible; ni siquiera difícil. Queríamos escapar al valle de Estós y enlazar en la misma jornada varios tresmiles avecinados, empezando por el Jean Arlaud y terminando por el Pico Gías. Sobre el papel, el itinerario estaba trazado; también se había consultado un buen puñado de reseñas y habíamos dormido con castañas pilongas en los bolsillos (¿de verdad eso trae suerte, o... era para las hemorroides?) Ahora había que ponerlo sobre el terreno (lo de las cumbres, no lo otro). ¿Qué tal se nos daría?

Para esta movida nos juntamos tito Pipe, el Richal, la salmantina rana Vinagre y otro más. Habíamos pernoctado en el cámping, quizá porque con la edad nos volvemos más señoritos. Comenzamos madrugando (esa mala costumbre). Llegamos a la pista de entrada al valle de Estós, aparcando junto a la vieja cantera (1.300 m de altitud). Era alrededor de las 7:30 de la mañana cuando, bien pertrechados, enfilamos la boca del valle. De ahí en adelante, pista arriba, al constante tran-tran; observando el entorno y ponderando los cambios (pocos) y la magnificencia del valle (mucha). Tras pasar por la Cabaña del Turmo (1.730 m), llegamos a eso de las 9:15 h al refugio de Estós (1.890 m). Paramos unos breves minutos a refrescarnos y atalajarnos. Tras una rápida consulta al mapa (que ya estaba estudiado), comenzamos a ganar altura, por el camino que nace tras los aseos del refugio, dirección Norte bien directo, al Valle de Gías. Nuestra primera meta sería el Puerto de Oô (2.909 m).

Foto: Javiere  
A veces hay que mirar abajo
 
Salvando los primeros resaltes, junto a la corriente de agua, llegamos a la parte superior intermedia. Dudamos 'un poco' acerca de la aproximación. El camino no estaba muy definido. Pero avanzando algo más, al tener ya a la vista la silueta inconfundible del Jean Arlaud, nos conseguimos ubicar. Tanteamos y fuimos acercándonos al Puerto de Oô, a donde llegamos a las 11:30 h. Delante nuestro, algo más avanzado, había un grupete trepando, por camino un tanto expuesto y no demasiado evidente (visto desde abajo), pero marcado. Había que superar algunas escuetas terrazas y chimeneas. No parecía muy complicado, aunque algo sí que imponía. Tenía vuelo. De hecho, el grupete de tres que iba delante no avanzaba mucho; les veíamos desde abajo y parecía que tenían problemas con uno del grupo, renqueante.

La montaña es como como es, y los montañeros somos como somos (dijo el filósofo). La mente, a veces se torna independiente, por su cuenta. Así fue que a pie de pared, cuando nos tocaba a nosotros ascender, la cuarta parte de nuestro grupo dijo que no. Que la subida le causaba más impresión de lo esperado y que desechaba la idea de subir por ahí. Algo muy respetable de lo que ninguno estamos libres. Tras unos instantes de sopesar alternativas, para no fragmentarnos, optamos por dar la vuelta y rodear la cumbre por el Sur. Llegaríamos al Puerto de Gías (2.921 m), desde donde podríamos terminar haciendo el resto de cumbres previstas.

Comenzamos entonces a perder altura por el canchal, entre dimes y diretes (¿qué decisión tomar?) De momento, hacia el Oeste. Arriba, sobre nuestras cabezas, las paredes parecían alcanzar el cielo. Abajo, avanzábamos por en medio de piedras que, a lo que se veía, no eran muy transitadas; aunque se dejaban pisar. Iban quedando atrás las cumbres primeras. Pero... la tentación era grande, la posibilidad cercana y, como se había insistido tanto en lo de "cada uno que tome la decisión que estime más conveniente, unos pueden seguir y otros retroceder; al final nos juntamos", el grupo se terminó por fragmentar. El día era luminoso, la visibilidad espléndida; riesgos, tan solo los inherentes a la montaña, sin que el clima los agravara; al contrario. Era un día a pedir de boca.

Tras una trepada junto a una curiosa 'aguja' pétrea, el grupo se dividió en dos partes. La mitad optaría por subir directamente a lo que arriba hubiera; la otra mitad optó por permanecer unida e ir hacia el Puerto y los Clarabides. En fin, sin resquemores (se supone) ni mayores prolegómenos, nos separamos por el siguiente tramo.

  Foto: Javiere
 
Vinagre, orgullosa en la cima
"Estos son mis poderes"

Subir por esta parte era bastante más fácil de lo que parecía en un principio. La tierra y piedras removidas indicaban que se trataba de un itinerario recorrido otras veces. De entretenida trepada. Al llegar a la cresta cimera, la primera cumbre resultó ser la Punta Lourde Rochevable (3.104 m), alcanzada a las 13:15 h. Una vieja conocida de anterior visita, aunque entonces se hallaba cubierta parcialmente de nieve. Vinagre, impetuosa montañera, se lanzó a coronar el hito de cumbre y pedir foto. Ahora, la duda. ¿Dónde estaba el resto de la tropa? ¿En el Puerto, en Clarabides? No alcanzábamos a verlos. Quizá, si no iban muy rápidos, daría tiempo a hacer algo más antes de encontrarnos todos en el Puerto. Total, la siguiente cima estaba tan cerca... Así que, de pronto, tras algunas trepadas y pasos, las botas se encontraron casi si pensar encima de la Torre Armengaud (3.114 m). ¿Y si... continuamos? ¡Uff! Difícil elección. La siguiente cima habría sido la anhelada Gorgas Blancas (3.065 m), donde en ese momento se encontraba el grupo que habíamos perdido de vista subiendo al Jean Arlaud. Pero el tiempo seguía contando. La elección tomada esta vez fue... dar la vuelta y buscar al resto del grupo. Gorgas Blancas quedaría para otra ocasión (de nuevo). Otra excusa para volver.

Tras el corto cresteo y después de bajar por las canchaleras finales, seguíamos sin localizar a Felipe y Richar. Antes de bajar hasta el Puerto de Gías, la decisión fue buscar a ver si estaban en alguno de las otras cumbres de destino. Así, de nuevo se encontraron las botas sobre los fácilmente accesibles Camboué (3.043 m) y, seguidamente, Pico de Saint Saud (3.003 m); viejos conocidos con nieve, ahora orlados de canchaleras. Enfrente de éste último destacaba la Piramide des Pouchergues; una cumbre ¿modesta? de 2.885 m de altitud, pero con un atractivo especial que supera con creces a buena cantidad de tresmiles. Una cumbre, no precisamente 'de vacas', que algún día quizá pueda ser visitada.

En el regreso pasamos de nuevo por el pico Camboué, porque siempre existe la duda de si de veras pisas la parte más alta de la cumbre o alguna secundaria; la solución estaba en subir a todas y cada una de las piedras; y a los hitos. Así no se nos escapaba.

Foto: Javiere  
No es Chanquete, sino el tito Pipe
 
Tras cumplir con esa parte del protocolo, había que ir ya directamente hacia el Puerto de Gías (2.921 m), a donde llegamos a las 14:30 h. De ahí, acceder a los Clarabides. Primero, el Pico Oriental de Clarabide (3.012 m), donde había un par de galos un tanto despistados. No, no eran 'esos' galos, ni aquélla era 'la aldea irreductible'. Después, siguiendo la cuerda, el Pico de Clarabide (3.020 m) propiamente dicho, donde estábamos a las 14:40 h. Fue entonces cuando se pudieron escuchar unas voces desde lo alto del Pico Gías, clamando. Finalmente habíamos encontrado a Felipe y Richar; o ellos a nosotros (supongo). En la distancia les hicimos señas indicando que íbamos al siguiente Clarabide, el Occidental (2.958 m, o 3.000, según algunos mapas) para completar la tríada.

Retornábamos, tras pasar por el Clarabide, en dirección al Pico Gías, cuando por fin nos reencontramos en la Brecha. Ellos dos ya iban para abajo; a nosotros nos quedaba por completar esta última cumbre. Y así fue: Pico Gías (3.011 m), a las 15:00 horas, con una tournée por su cima, oteando horizontes, respirando hondo (tanta paz e inmensidad, tanta belleza) y... camino para abajo.

Nos terminamos juntando de nuevo los cuatro a las orillas del Ibón de Gías, donde el ritual marcaba hacer una parada técnica, cambio de aperos y metida de pies en las frías aguas. Tras unos minutos de descanso y algo de comida, continuamos, ya en plan mosqueteros, el camino hacia el refugio de Estós. Un camino que se hacía largo, pese a hacerlo perdiendo altura. No por el entorno, siempre hemoso y deleitable, cuajado de mil detalles y atractivos; sino porque parecía que los kms se multiplicaban. Y el esfuerzo se dejaba notar.

Pasamos el refugio de Estós, continuamos por la pista y, como estaba previsto, terminamos por llegar al coche, al inmarcesible monovolumen del tito Pipe (no es una Vito, pero...) Algo cansados, tras un buen y duro día de montaña y charleta. Eran las siete de la tarde. Y habíamos comenzado a andar a las siete y media de la mañana. El día siguiente también habría actividad y necesitábamos recuperar fuerzas. Haríamos otra cumbre cercana a Cerler, un dos mil y algo, de la que... no recuerdo el nombre. A ver si lo miro en el mapa, ¡leñe!

Los planes, por muy perfilados que estén, no siempre salen como se quisiera. En estas 'crónicas de amiguetes' no registramos (casi nunca) las salidas 'fallidas', si es que existe tal cosa; ni las 'repes'. Esta vez conseguimos hacer algunas cimas; otras esperadas quedaron para ocasión posterior. De lo que seguimos convencidos es de que, salir a la montaña, siempre merece la pena; siempre se disfruta. Sin ser imprescindible ducharse. ;-)

Texto: Javiere



Más fotos (en preparación) estarán en este enlace

El mapa de la ruta (en un futuro) aquí

NOTAS

Accesos: Como ya es costumbre en este apartado y dada la flexibilidad que tiene, solo nos limitamos a indicar que la ruta hasta Benasque se puede consultar a medida de cada uno en Guía Repsol o Vía Michelin. De ahí, carretera adelante, al poco de pasar el Puente de San Jaime, la primera pista que se abre a la izquierda, junto a un antiguo cámping fuera de uso, da paso al valle de Estós.

Mapas: De Editorial Alpina: Posets-Perdiguero. Valles de Benasque y Estós (a escala 1:25.000).

Material: Ropa adecuada, según la época del año. Crampones y botas según esas mismas condiciones (nosotros no los precisamos). Algo de comer y de beber siempre viene bien. ¿Bastones? Lo de siempre: unos los usan, otro no. A elegir (bic, bic, bic...)

 
 
 
 
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