MONTAÑEROS.POP
 
 
REMUÑE, EN SOLEDAD ACOMPAÑADA
 


19 de julio de 2008. La ruta iba a comenzar bastante más tarde de lo habitual, a eso de las 11 de la mañana. Tras dejar a Felipe y Santi para su UTMB (ver ruta anterior), me dispuse para mi particular día de montaña, a otro ritmo. Pocas veces puedo disfrutar de la montaña en solitario, sin más corsé que el impuesto por piedras, agua y una bastante flexible hora de regreso. Ni Chispita, ni Vinagre vendrían... Había que aprovechar la oportunidad. Y la proa se orientó al 'modesto' Valle de Remuñe.

En los días previos, había estado sopesando las posibilidades que tendría. Debía ser algo accesible, no muy distante, contando con que les estaba haciendo de chófer a Felipe y Santi. Esta vez, no solo dejaba a los niños 'en el cole'; tenía luego que recogerlos. El valle de Remuñe y su anhelado final, la Tusse de Remuñe, se mostraron como atractivos objetivos. Un valle al que siempre había dejado de lado, embarcado en otras rutas por Estós, Vallibierna o el propio Valle de Benasque. Pero había llegado el momento de cambiar esa situación. Tenía la necesidad de cruzar esa puerta.

  Foto: Javiere
 
La bienvenida

Como escribía más arriba, poco antes de las 11 de la mañana había aparcado (el flamante monovolumen de Felipe, con radio incorporada) al final de la A-139. A los pocos minutos estaba con la mochila a la espalda, las botas en su sitio (en los pies, dónde si no) y la expectación en ristre. No tenía la sonrisa muy brillante, pues me acababa de comer un plátano y no había llevado el cepillo de dientes... Menos mal que no me vio el Richar. En fin. Toda salida a la montaña es una aventura digna de ser vivida. Así que, desde una cota de 1.800 m. aprox, junto al Forau de la Llana, empezó la senda a conducir mis pasos hacia arriba, uno detrás de otro.

Rápidamente, el piñar se hizo dueño del terreno. Por un camino bien señalizado (hitos, pintura, enanos saltarines...), y más transitado de lo que esperaba, el Valle de Remuñe se fue abriendo ante los ojos. Una de las ventajas de ir solo es que te puedes parar donde te place, y fotografiar a 'to lo que se menea'. Y a lo que no. Cuando vas con los compañeros de aventuras, raro es el que no te azuza ("ya'stá el paaayo jaciendo afoto a la floreciiica"); o, si te descuidas, al quitar la vista del objetivo, te los encuentras a varios kms más adelante, como si no fueras parte del rebaño. Así es la dura vida del fotógrafo aficionado de montaña. Hace fotos que luego tooodos quieren ver, pero para las que nadie te espera ni te dan la más mínima facilidad (los muy *&*#**@*).

Avanzaba por la senda, a media ladera. Tras una hora de tranquilo ascenso, topé con un potente curso de agua que, bajando por mi derecha, cortaba el paso. Remonté unos metros, buscando lugar por donde pasar sin necesidad de bucear. En el mapa no aparecía registrado, pero su curso y fuerza eran bien visibles. Inesperadamente, apareció una xiana pizpireta, de piel morena, negro cabello, como cortado a hachazos, y blanca sonrisa. Estilizada y fibrosa, salió de entre unas piedras, brincando. Captóme la mirada dubitativa, y condujo mis pasos al pórtico de acceso. Un saltico, y ¡adelante!, avanzando hacia el encajonamiento rocoso, al fondo. Allí fue necesario hacer otro cruce de río, esta vez de la Aigüeta de Remuñe, que tampoco registraba el mapa de Alpina. Pues ahí que vamos, pequeño saltamontes. La ventaja es que, si te caes... ¡no te ve nadie! Menos guasas.

Superado el Ibonet de Remuñe (2.220 m. alt. aprox.), al poco la roca fue dejando paso a la nieve. Ahora, el avance sería diferente y, en parte, más cómodo. La huella estaba abierta sobre la nieve. Pero no era de la xiana; ella, como si se deslizara, no dejaba huella. Para mí, más pesado, la nieve era nieve. Una breve parada técnica para hacer cambio de botas y pasar a las Bestard de nieve y continuar; la nítida huella hacía innecesarios los crampones.

Superada la zona baja de Remuñe, la presencia de paisanos se hizo mucho más rara, lo que era de agradecer. Sin malas interpretaciones: este era un día en el que apetecía disfrutar de la mayor soledad posible; uno solo con sus pensamientos, sin pautas. Cosa que cada vez es más difícil encontrar en Pirineos; incluso buscando las rutas menos transitadas. Los excursionistas y montañeros estamos por todas partes.
Las xianas, están, pero menos.

Foto: Javiere  
Escalera al cielo
 
Al salir del encajonamiento y abrirse de nuevo el valle, el camino iba ganando altura por la ladera izquierda, hasta llegar a un promontorio rocoso; aprox. la cota 2.500. Desde ahí, había una buena vista de la ruta a seguir, bordeando al pie de la Forca de Remuñe. Casi llegado al Portal de Remuñe (2.820 m), encontré tres montañeros en bajada. Pregunté acerca de las cumbres que nos rodeaban, y cuál sería la mejor ruta hacia la Tusse. La montañera que respondió se deshizo en explicaciones, esgrimiendo una amplia y hermosa sonrisa. Poco importó después que hubiera errado la cumbre (casi, casi atina). Tan solo por esa sonrisa y amabilidad, hubiera merecido la pena acabar en Tombuctú.

En un mundo donde las sonrisas sinceras se hacen tan parcas, decir que aquella valía un potosí, era quedarse corto. Gracias.

A los pies de la Forca había que 'bailar' entre nieve y roca. Un poco al Sur, se veía el Valle de Lliterola, con sus ibones blancos helados. Descollando hacia lo alto, unas masas pétreas vertiginosas, bellas e inmaculadas. Galadriel con sus galas, brillando bajo el sol. Dejando la mole conocida del Perdiguero a la derecha, el rumbo fue puesto hacia la meta, más al Norte. Desde donde estaba no la podía ver aún, aunque se intuía. Bordeando la Forca (pero no olvidándola), continuaba ganando altura, hacia la sinuosa arista que terminaría (para mí) en la cumbre deseada.

Por la arista, iba conversando con las cornisas de nieve, los resaltes de roca, algún que otro hito disperso, y unas huellas que se bifurcaban más de una vez. La xiana observaba. Los tres mil metros se acercaban, sin prisas, mientras iba saboreando el entorno, majestuoso y puramente frío. Finalmente, tras una falsa cumbre, apareció la cima de la Tusse de Remuñe (3.041 m). Eran las 15:50 de la tarde, bajo un cielo espléndido y una luminosidad idónea. Allí continué con lo que ya venía haciendo por todo el camino; saborear la ruta, el entorno. Y ahora, la cima. Mirando en derredor, mapa en ristre, pude poner nombre a cada cumbre del cresterío. ¡Uf! Picos vertiginosos, de los que requieren material y buenas condiciones. Si había sopesado la posibilidad de acceder a alguno de ellos en esta misma ruta, quedó en el acto descartado. No solo por el tiempo, que avanzaba, sino por la dificultad que requerían y mi carencia de material para ello. Me contentaría con admirarlos en silencio, en la distancia; gozar de su compañía, de sus semblantes. Y de las perspectivas de la próxima visita.

  Foto: Javiere
 
Er guerrero l'antifás

Consumí de buena gana una notoria cantidad de minutos, enhebrados uno tras otro, allá en la cumbre. El embrujo de la cima no quería dejarme partir. De vez en cuando, escuchaba las débiles quejas del reloj, oculto bajo la manga. Paciencia. Mi xiana hablaba con la mirada; una mirada sin tiempo. No hacía falta llenar vacíos. Los ojos lo dicen todo. Acunada por el viento, susurrando sin sonidos, todo quedaba inmóvil. Unas seleccionadas y austeras viandas, agua fresca al gaznate, ideas y pensamientos varios, meditación contemplativa (¿dónde estabas? Tres años...) y recoger bártulos para continuar camino. Con las baterías en plena carga.

Deshice en parte el camino andado, aunque buscando hacerlo por nuevos vericuetos. Me dejaba guiar. La vista cambia mucho en descenso; es distinta y nueva. Tantas veces yendo a una cima a salto de mata, como si fuera la vida en ello, y ahora... disponía de tiempo ¡Qué dulcemente embriagador! Al verme pasar, la Forca de Remuñe empezó de nuevo a agitar sus encantos. Bueno... la carne es débil, ¿verdad? Y, a la par, el espíritu está pugnando por subir, en busca de sublimes metas. La xiana me respondió con un guiño de complicidad. Así que, la decisión ideal fue... hacer cumbre en la Forca (2.945 m), tras una última trepadita, amena y resultona. Y allí estaba, a las 17:15 horas (una hora menos en la Comunidad Canaria, muyayo). La diferencia de tiempo entre ambas cumbres, pese a su cercanía, da idea de las luengas meditaciones que la anterior había requerido. ;-)

La Forca son un par de cumbres (una horca), con algunos riscos bastante interesantes. El plan fue recorrer un poco la zona cimera, viendo su hechura, admirando las vistas, trepando, sintiendo el viento. Pisando de manera tal, que ni se inmutara el suelo; procurando no mover piedras, cuánto menos una simple planta. Y la despedida, cuando hubo que dejar la Forca atrás.

Por en medio del canchal, la bajada fue corta y rápida, hacia el Portal de Remuñe, nuevamente. Mientras bajaba, iba sopesando la posible ruta de regreso. ¿Retornar por el mismo valle de subida, cambiando de ladera? ¿O conocer el Valle de Lliterola? El único inconveniente que tenía esta última opción, era la tiradita posterior sobre carretera, de regreso al coche. Poco más de 2 kms de subida asfaltada. ¿Y qué? A saber cuándo podría volver y adentrarme por Lliterola. La xiana no tenía dudas: esa era la vía, la lección. Y... como no sé decir que no (ni a Lliterola, ni a la mi Ubiña lleonesa), los pies por sí solos, a su tran-tran, fueron bajando hacia el desagüe del Ibón Blanco. Con especial cuidado en sortear las grandes grietas, sin quitarle ojo al hermoso blanco azulado del lago. Unas fotos más, un pensamiento olvidado.

Y empezar a perder altura, hacia donde la nieve termina; en este caso, en cotas algo más altas que en el vecino valle. Tras algunos destrepes, y por un camino que no tiene nada que ver con lo reseñado en el mapa, pero bien evidente, se pudieron alcanzar las orillas del Ibonet. A las 18:00 horas. La luminosidad de la tarde aunada con la coreografía que aleatoriamente (o no) delineaban las nubes, dotó de una magia inexplicable el entero escenario. En mi torpeza expresiva, me remito a las fotos (que tan solo captan una mísera parte de toda la grandeza) como sombra locuaz de lo que allí había. Miré a la xiana; sus ojos, cuajados de melancolía, se fundían con la montaña. Era parte de ella.

Foto: Javiere  
Camino de regreso
 
La gente (seres humanos, digo) volvía a aparecer. Grupos de montañeros que bajaban; grupos de montañeros (los más) que subían, con los bártulos para pernoctar. No podía ser de otra forma, habida la hora que era. El valle, surcado por el impetuoso río, se iba a abriendo y modificando su paisaje. Algunos saltos de agua, más encajonamientos, remansos... Aproveché para quitarme las botas de nieve y regresar a las Chirucas más flexibles y acordes con el terreno, donde la piedra iba dejando paso al verde de los prados, salpicados por su cortejo de flores. Hito tras hito. Lazo a lazo.

Más abajo, los prados sobrepastados, sobreabonados por pintorescos 'regalos vacunos', mostraban otra clase de vegetación, más nitrófila. Otras dimensiones; en tránsito hacia el bosque de pinos, que le ponía altivo cendal al valle.

Tras bajar la sinuosa senda del pinar, finalmente apareció el Valle de Benasque, la carretera y la vista del Hospital al fondo. Antiguo y noble hospital venido a menos. De lugar de salud y parada, a escaparate del consumismo. Serían las 19:25 h cuando el duro asfalto me salió a recibir. Avanzaba, ganando parte de la altura perdida, con la vista fija en la cuneta (por no ver el gris del suelo), en los sedum, orquídeas... En lo que estaba dejando atrás, para regresar en cambio al mundo de los motores de combustión, el hormigón y los valores cambiados.

¿Qué tuvo de especial esta ruta? Más bien se podría decir, ¿cuándo una ruta de montaña, sea de la extensión que sea, no tiene algo especial? Con cumbre o sin ella. La montaña, en soledad acompañada, descubriendo lo ya descubierto. Reencontrándose uno consigo mismo, con sus deseos y sueños; liberando toxinas, ampliando horizontes. Viviendo.

En el regreso a por los 'niños' (reconozco que echaba de menos a los guajes, trasgos de inquietos culines), una paradita en la Fuente de Pallá, a recoger agua 'bendita'. Porque solo puede estar bendecida una agua que trae tanto y deja tan buen sabor de boca. Inolvidable y adictiva.

Y la xiana regresó, a su tierra, junto a las piedras de las que saliera, en su barrio, dentro de una torre.

Y hasta aquí puedo leer...

Texto: Javiere




Más fotos en este enlace

El mapa de la ruta (en un futuro) aquí

NOTAS

Accesos: Como ya es costumbre en este apartado y dada la flexibilidad que tiene, solo nos limitamos a indicar que la ruta hasta Benasque se puede consultar a medida de cada uno en Guía Campsa o Vía Michelin. Una vez que sabemos cómo llegar a Benasque, no es más qu seguir la carretera hasta que se termina. No tiene salida. Hubo un viejo proyecto, de unirla con Francia; por suerte, no prosperó (merimé).

Mapas: De Editorial Alpina: Maladeta Aneto. Valle de Benasque (a escala 1:25.000).

Material: Ropa adecuada, según la época del año. Crampones y botas según esas mismas condiciones. Si no se va a hacer alguna de las cercanas cumbres, más aéreas, no hace falta otro material específico (cuerdas, casco o similar). Algo de comer siempre viene bien. Y de beber, por supuesto. ¿Bastones? Mi menda nunca usa bastones. Y como aquí iba en solitario... ;-)

 
 
 
 
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