MONTAÑEROS.POP
 
 
ULTRA TRAIL DEL ANETO, MÁS QUE UN RETO
 

Julio de 2008. El Aneto con sus 3.404 m. de altura constituye la cumbre más elevada de los Pirineos y, por ende, la más deseada entre todos los pirineistas; e incluso entre los que sin ser montañeros buscan conseguir la “hazaña” de encaramarse a su cima. Para mí no lo ha sido menos y hasta en cuatro ocasiones he conseguido subir a su cima. Así que, cuando empecé a oír hablar de una prueba de ultrafondo, la Ultra Trail del Aneto, que daba la vuelta al macizo, aunque dudé en un principio, cuando vi el recorrido no hubo manera de quitarme de la cabeza que tenía que participar.

Por poco me quedo con las ganas de hacerlo, porque cuando tomé la decisión de participar, ya tenía pagados los billetes de avión para ir a Tenerife de vacaciones; la vuelta la tenía cerrada para el día 18 de julio, con llegada a Madrid a las 19:00 h., a poco menos de 16 horas del comienzo de la prueba. Busqué distintas posibilidades para tratar de llegar a Benasque el día 19 de julio, dentro del margen para poder recoger el dorsal. La que al final elegí, aunque no era la mejor pero sí la más factible, fue salir desde Madrid a eso de las 4 de la madrugada para llegar a las 10 a Benasque. A realizar la prueba también se apuntó Santi y, sin mucho esfuerzo, convencí a Javiere para que nos acompañara y ejerciera de chófer, librándonos al menos de la dura tarea de conducir durante toda la noche, con la esperanza de poder dar alguna cabezadita en el viaje. Con todo planificado, me marché a Tenerife y, cuando quedaban 4 días para regresar, me enteré que la organización había adelantado una hora la salida, además de cambiar el sentido de la marcha. Si ya íbamos pegados de tiempo, ahora un poco más.

El día 19 de julio a las 8.30 de la mañana estábamos en Benasque, después de haber viajado durante toda la noche, pegando una pequeña cabezadita de no más de media hora, que a mí me supo a gloria. No se por qué pero, a pesar de no haber dormido prácticamente en toda la noche, en cuanto nos metimos en la vorágine de ir a recoger los dorsales y empezar a charlar con los conocidos, que también iban a participar, al cuerpo se le olvido la falta de sueño y se puso a funcionar como si me acabara de levantar. A las 10:30, después de haber dejado las cosas en el hotel, ya estábamos con todo preparado, haciendo cola para pasar el control de material obligatorio. El sol ya castigaba de lo lindo y no dejaría de hacerlo hasta la caída de la noche.

  Foto: Uno
 
Limpitos y sin usar

Al poco de pasar el control dieron la salida y nos pusimos en marcha, prácticamente a cola del pelotón que, perezoso, todavía le costaba estirarse al paso por las estrechas calles de Benasque. En cuanto abandonamos las calles del pueblo y enfilamos hacia el fondo del valle, por un camino paralelo a la carretera llamada "de Francia” (aunque se termina sin poder conectar con el país vecino), empezamos a ir cogiendo ritmo con un trote poco elegante, debido en parte a la mochila que llevábamos en la espalda. Hasta que llegamos al Cámping Aneto y pasamos bajo el puente de San Jaime, el sol nos dio de plano. Agradecimos cambiar de vertiente del valle y entrar a zona boscosa; a pesar de que también las cuestas hicieron su primera aparición. Hasta esta zona, Santi y yo fuimos juntos. Pero él se fue descolgando, esperando que su cuerpo reaccionara a pesar de la vigilia.

Pasamos el control de Senarta y entramos en el valle de Vallibierna, siguiendo el trazado del GR-11, que salvaba las primeras lazadas de la pista en fuerte subida por el medio del bosque. Al volver a la pista comencé a alternar el trote con la marcha. El pico Vallibierna, con su cumbre bicéfala, hacía las veces de hito gigante marcándonos hacia dónde teníamos que ir. La ultima vez que pasé por aquí, en compañía de ese grupo de amigos que hemos dado en denominar 'montañeros-pop', íbamos con la intención de coronar el Aneto y hacer la travesia Sur-Norte; esto es, entrando por Coronas y volviendo por Aigualluts. Mira tú por dónde, esa actividad sirvió de inicio a la pagina web, que hoy recoge casi todas nuestras actividades. A mi memoria venían los recuerdos de aquél maravilloso día de montaña y echaba de menos a mis compañeros de aquella ocasión que, por circunstancias, hoy no estaban aquí; aunque Javiere no andaba muy lejos.

Tan absorto estaba en mis pensamientos que, sin darme cuenta, llegué hasta el segundo control de paso en el Puente de Coronas. Aquí se acababa lo suave y comenzaba la alta montaña. La pista forestal primero se convirtió en un camino empedrado y, más tarde, en una estrecha senda que sorteaba bloques de piedras y arroyos que bajaban repletos de agua. Alcanzamos los lagos de Vallibierna e iniciamos la subida al collado del mismo nombre, unas veces entre canchales y otras pisando algún nevero. La parte final se endurecía y además el terreno era de piedra suelta, que resultaba incómodo para mantener un ritmo. Durante este tramo coincidí con una pareja de valencianos del club CXM. Él iba sobrado, e incluso en alguna ocasión me obligó a ir más deprisa de lo deseado, pues manteníamos una conversación y no era plan de dejarle con la palabra en la boca... Llegando al collado, no tuvo más remedio que detenerse para esperar a su compañera pues, según el reglamento, tenían que pasar el control juntos.

Foto: Otro  
Verde regado con sudor
 
Primera subida dura del recorrido superada; ahora se nos ofrecía una bajada que resultó disfrutona, al menos para mí. La hice buscando los neveros y deslizando unas veces con el trasero (cuando era más empinada) y otras con los pies, como si llevara unos esquís cortos. Lástima que el camino cambiara de orientación y no pudiéramos seguir bajando por los neveros. Después del momento divertido con la nieve vino el 'trabajo sucio': la bajada, sin ser muy complicada era trabajosa, con muchas piedras que te obligaban a bajar con sumo cuidado para no tropezar y caer. Después de pasar una cabaña, dimos vista al inmenso embalse de Llauset y ganamos su cola por una bajada mucho más comoda que la anterior.

El calor estaba haciendo su efecto y, quizás, también la falta de sueño. Mientras afloraban a mi mente los recuerdos de mi paso por aquí (hacía unos cuantos de años, camino de los Picos de Vallibierna con la mente puesta en el terrorífico Paso del Caballo), las fuerzas empezaron a flaquear y tuve que reducir el ritmo. Aproveché una pequeña torrentera que cruzaba el camino para llenar el 'camelbak' y refrescarme un poco. Los viejos fantasmas de otras veces hicieron su aparición llegando al control de Llauset. ¿Qué hago yo aquí? Si esto me está haciendo mella, ¿qué pasará en la UTMB? Quizás el lugar junto a la presa, con algunas grandes máquinas que no sé qué estaban haciendo, pero que rompían totalmente la armonía del entorno; la visión de la gente subiendo hacia el Coll d´Anglos por unas rampas empinadísimas y, por supuesto, el calor que hacía, debieron hacer su efecto negativo sobre mí.

Me paré tranquilamente, saqué uno de los bocatas de jamón que llevaba y me lo comí. A la vez que digería tan exquisito manjar, trataba de hacer lo propio con mis pensamientos negativos; mientras, veía pasar la gente. Al paso de los dos equipos de Tronador, donde iban Choki y Chus (conocidos de otras muchas carreras), reinicié la marcha y traté de acoplarme a su ritmo. Aunque se me hizo duro, coroné el collado junto a ellos. Aún transité en su compañía hasta los lagos de Anglos pero, al iniciarse la bajada hacia el Puente de Salenques, les fui dejando atrás. No sé si es que pararon o es que recobré las fuerzas. La bajada era bastante complicada, entre barro y bloques de piedras y, según perdíamos altura, con una densa vegetación que aumentaba la sensación de calor. La senda zigzagueaba perdiendo altura sin dar ni un respiro. Pero después de los momentos difíciles anteriores, ahora me encontraba bien y con ganas ¡Hay que ver los milagros que hace el jamón! Era tal la sensación de calor y humedad que, antes de terminar la bajada, tuve que rellenar nuevamente el 'camelbak' porque me lo había bebido.

Sobre las 5 de la tarde llegué al control del Puente de Salenques. Con las fuerzas renovadas y pensando que al menos pasaría de día el Collado de Salenques, en esta ocasión no paré. Solo piqué la tarjeta de control e inicié la subida del valle, que era totalmente desconocido para mí; aunque por lo que había visto en los mapas, era bastante largo y se ganaba un importante desnivel: desde los 1.600 m a los que estaba el puente hasta los 2.800 m largos que tenía el collado.

  Foto: Ese
 
¿Un cementerio? :-)

El inicio de la subida era siguiendo la senda junto al río, entre una densa vegetación. Al principio traté de seguir al grupo que me precedía, pero tuve que desistir pues, según ganaba en inclinación, más me costaba seguir su ritmo. Estaba claro que mis fuerzas no daban para más y sería mejor tomármelo con calma. Al dejar atrás la vegetación y entrar en el valle propiamente dicho, la senda desapareció entre un caos de bloques de piedras que dificultaban un poco más el avance. Había que prestar especial atención a los hitos que marcaban el camino a seguir, e ir trepando y destrepando los bloques. La inclinación del valle había decrecido, pero el esfuerzo de superar este caos de bloques graníticos, suponía un trabajo que de seguro pasaría factura. En medio del caos fui alcanzado por una pareja de catalanes a los que me pegué, a pesar de ir perdiendo fuelle de manera ostensible. Algunas nubes tapaban el sol, lo cual se agradecía, y la tarde iba pasando más rápidamente de lo que nos creíamos. Las horas de sol estaban llegando a su fin y me planteé como objetivo tratar de llegar todavía con luz solar al Plan de Aigualluts.

Después de superar el tortuoso caos de bloques, empezamos de nuevo a ganar altura, pero sin rastro de senda. Muy al fondo todavía se podía apreciar el collado. Esta vez ganábamos con más facilidad altura y, poco a poco, el lejano collado se nos fue presentando como un paso complicado de salvar. Varios neveros le protegían y la inclinación parecía importante. En la última parte de la subida, además del cansancio acumulado, se me presentaron amagos de calambres en ambas piernas, así que tuve que reducir un poco más el ritmo y dejar que la pareja de catalanes me ganara terreno, azuzados por la presencia de la pareja de CXM que venía remontando a toda velocidad. Para rematar la difícil subida al Collado de Salenques, tuvimos que trepar por una chimenea los últimos metros, para salvar por la izquierda un nevero cuya inclinación desaconsejaba tratar de hacerlo por él. Por fin y después de 3 horas y 15 minutos desde el Puente, alcancé el Collado de Salenques. Había costado, pero estaba contento porque el escollo más importante estaba salvado; o eso me creía.

Para descender hacia Barrancs, la organización había dispuesto una cuerda fija que ayudaba a bajar los primeros metros desde el collado, por un empinadísimo nevero. No sin cierta dificultad y con bastante prudencia, hice este engorroso descenso. Una vez que solté la cuerda, continué perdiendo altura; unas veces deslizando por la nieve con los pies y algunas otras practicando el culo-ski. Después de las penalidades de la subida, un poco de diversión no venía mal. Sin darme cuenta, en poco tiempo había llegado al fondo del valle. Para evitar el paso del Ibón de Barrancs, la organización nos recomendó remontar hasta la colladeta del mismo nombre. Después del mal rato que pasé subiendo a Salenques, nuevamente me encontraba con las pilas cargadas y, espoleado por la idea de llegar abajo con luz solar, aumenté el ritmo. En esta zona había que andar con especial cuidado para no perder los hitos, pues confluían los distintos arroyos que bajaban desde el Glaciar del Aneto y, cruzarlos fuera de camino, podía ser harto complicado, como ya nos pasó a Justo y a mí descendiendo por el Salterillo en la travesia Sur-Norte del Aneto. Cuando más animado me encontraba, distinguí a lo lejos a mi amiga Mina y apreté un poco más el paso hasta alcanzarla. Ella que no se considera ultrafondista estaba empezando a renegar de la carrera. Una vez juntos, hicimos el tramo hasta Aigualluts y salvamos, sin mojarnos, el enmarañado de arroyos que discurrían por el Plan. El Aneto con su glaciar presidía la zona, aún iluminado por los últimos rayos del sol.

Foto: Alguien  
Las verdaderas 'barritas energéticas'
 
Seguimos juntos hasta La Besurta. Pero ahí yo decidí hacer un alto para comer y cambiarme de calcetines. Los pies, después del paso por los neveros y los arroyos, se habían quedado empapados y todavía quedaban muchos kilómetros que podrían ser una tortura en esas condiciones. Cuando decidí reiniciar la marcha, la noche había caído y su manto negro lo envolvía todo. Al tratar de seguir el camino ya en el Plan de Están, lo perdí, y tuve que volver sobre mis pasos para tratar de reencontrarlo. Me junté con otro grupo de gente que estaba como yo y, no sin cierta dificultad, conseguimos retomar el buen camino. Mi frontal no daba para este tipo de terreno y, al quedarme atrás del grupo, volví a tener problemas con el camino en un par de ocasiones. La ultima vez, ya llegando al Hospital de Benasque, lo perdí totalmente. Sabía dónde estaba el Hospital, pero no quería lanzarme fuera de camino pues, en esta zona, los arroyos discurrían por todo el llano y era mejor atravesarlos por los puentes que existían que volver a empaparme los pies. Nuevamente, ante mis dudas, me junté con un par de corredores que me seguían y al poco conseguimos retomar el camino y llegar hasta el Hospital. Desde aquí nos quedaban poco más de 17 kilómetros ya por terreno favorable, se suponía. Yo, para no volver a tener los mismos problemas de orientación, hice equipo con el par de corredores que me habían alcanzado y decidí continuar con ellos hasta el final.

Después del Hospital de Benasque nos quedaba un pequeño escollo para alcanzar Los Baños siguiendo el trazado de un PR y, aunque se nos hizo un poco pesado, tampoco fue demoledor. Desde Los Baños pensaba que podríamos trotar a ratos, pero mis compañeros no tenían las piernas para muchas alegrías y tampoco quise abandonarlos después de la ayuda que me habían supuesto. Así, a muy buen ritmo pero sin correr, fuimos devorando los últimos kilómetros. Alcanzamos el Plan de Senarta y, al poco de pasar por el Cámping Aneto, dimos alcance a Mina y a Jesús. Hice intención de quedarme con ellos, pero me animó a seguir a mi ritmo, pues ella no se encontraba muy bien. Ya en el tramo final, paralelos a la carretera de Benasque y con relámpagos iluminando en la lejanía, nos animamos a hacer un último esfuerzo y comenzamos a trotar. Ya no paramos hasta cruzar la línea de meta, después de 14 horas y 39 minutos desde el inicio. Un nuevo objetivo cumplido y un pilar más para tratar de cruzar la línea de meta en la carrera cumbre (Ultra Trail del Mont Blanc) un mes después, en Chamonix.

Cuando no hacía ni una hora que habíamos llegado a meta, la tormenta que veíamos en la lejanía llegó hasta nosotros y, en pocos minutos, se desató un autentico vendaval de lluvia y viento que se llevó por delante las instalaciones de meta. Y lo que es peor, pilló a muchos de los participantes que aún seguían en competición, endureciendo los kilómetros que les quedaban. Entre ellos, Santi, que llegó a meta en medio del vendaval empapado de la cabeza a los pies. Una vez más, los imponderables de la montaña acudieron para dejar aviso para navegantes de que, en cualquier momento, un día aparentemente apacible de carrera en zapatillas y mallas se puede convertir en un auténtico infierno.


Texto: Felipe Rodríguez




Más fotos en este enlace

El mapa de la ruta (en un futuro) aquí

NOTAS

Accesos: Como ya es costumbre en este apartado y dada la flexibilidad que tiene, solo nos limitamos a indicar que la ruta hasta Benasque se puede consultar a medida de cada uno en Guía Campsa o Vía Michelin.

Mapas: De Editorial Alpina: Maladeta Aneto. Valle de Benasque (a escala 1:25.000) y Mapa-guía de invierno. Macizo de la Maladeta (a escala 1:25.000). Este último de la serie "waterproof resistant".

Material: Calzado deportivo ligero y resistente (piedra, agua, pista, nieve...; alguna pequeña mochila donde llevar el material requerido por la organización (estricto y comprobado con detalle). El uso de bastones, según las apetencias de cada uno; hay buenas pendientes y pueden resultar útiles. Protección solar o contra la lluvia, dependiendo de las previsiones del tiempo.

 
 
 
 
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