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TEIDETÓN,
DE LA PLAYA AL CIELO |
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Julio
de 2008. Con cambios de horarios y altas temperaturas, el verano llegó
en toda su potencia. A Felipe le dimos permiso para irse de vacaciones
unos días a la playa, con la familia. El chico se había
portado bien (más o menos) durante el año y se merecía
una pequeña recompensa. Playa, chiringuito, música bailonga
y mucha arena en el ombligo. El prototipo de hombre de familia feliz.
Pero, como la cabra tira al monte... pasó lo que pasó.
Le cedemos la palabra y que sea él quien lo cuente. Para
evitar pérdidas innecesarias y aclarar dudas sobre el camino
a seguir en la primera parte del recorrido, que haría todavía
de noche, dos días antes había subido por la ruta hasta
el Mirador de La Corona. Para completar la logística,
en el Puerto de la Cruz también veraneaban unos
amigos que se ofrecieron a subir a mi mujer y mis dos hijos hasta la
estación inferior del Teleférico, utilizando el coche
que yo tenía alquilado durante mi estancia en la isla, solucionando
de esta manera también el regreso al Puerto de la Cruz. Con todo preparado, el día 12 de julio, a las 4 de la madrugada, sonó el despertador. A las 4:45 h. estaba ya listo para empezar en la Playa del Socorro (hasta donde había llegado en un taxi). Me sentía un poco nervioso por el hecho de ir solo, aunque pleno de confianza en mis fuerzas. Comencé desde la misma orilla del mar; por decirlo de alguna manera, empujado por las olas que allí rompían, remonté por la misma carretera por la que había llegado en el taxi hasta la carretera general, pasando la misma por debajo y transitando durante unos cientos de metros por su margen izquierda, en dirección hacia Icod de los Vinos. Abandoné la carretera por la primera pista que surgió a mi izquierda, para seguir ascendiendo hasta Tigaiga. Como referencia, en las primeras casas que me encontré había un cartel que indicaba 'Camino de la Cueva'. Al llegar al primer cruce, seguí ascendiendo en la misma dirección, adentrándome en el pueblo de Tigaiga. En la siguiente calle que me crucé perpendicularmente, torcí a la izquierda (como referencia, en ese cruce hay una especie de capilla). Según Google Maps, esa calle se llama 'de Tigaiga'. Transité por la solitaria calle durante unos cientos de metros hasta otra capilla, que estaba justo en el siguiente desvío que debía tomar; este a la derecha. La inclinación volvió y el asfalto primero se convirtió en cemento y, dejadas atrás las ultimas casas del pueblo, en un camino empedrado, en cuyo inicio había una especie de barrera metálica verde. El camino desembocó en otro con un cartel que indicaba “Camino Real de las Vueltas de Icod”. Le seguí por la derecha, ascendiendo en unas cuantas revueltas hasta la carretera que va desde Los Realejos hasta Icod el Alto. Una vez en la carretera, la seguí por la derecha; esto es, en sentido ascendente. Llegué a la entrada del pueblo dejando a la derecha una estatua dedicada al Mencey Bentor (un jefe guanche que se arrojó al vacío antes de caer en manos de los invasores castellanos) y un mirador junto a un restaurante. Pasada una curva de la carretera, la abandoné por la primera calle a la izquierda que figuraba como “El Lance”. Esta calle, después de una serie de curvas, enfilaba por la derecha directamente a la pendiente. Una vez dejada atrás la ultima casa del pueblo, la pista pasó a ser de tierra; giro a la izquierda en dirección a una casa blanca. La oscuridad nuevamente envolvió todo con su manto negro y ya no me abandonaría hasta el amanecer. Aunque, para sorpresa mía, al pasar por una construcción se encendió automáticamente un potente foco que me sobresaltó. Al poco llegué hasta el Mirador de la Corona donde, además de una capilla y un estupendo mirador sobre todo el valle de la Orotava, se alzaban una serie de antenas y, por lo que pude comprobar en mi primera inspección, una pista de despegue para parapentes muy bien acondicionada. La primera parte de la ascensión estaba superada. Casi 800 metros de desnivel en 6 km escasos, lo que me llevó 1 h 14 min., a un paso vivo, pero sin llegar a correr. Ahora me enfrentaba a terreno desconocido, envuelto en la oscuridad y la niebla que casi siempre estaba enganchada en esta zona. Una vista atrás y podía contemplar infinidad de luces a mis pies, que iluminaban los distintos pueblos que se diseminaban por todo el valle: Icod el Alto, Tigaiga, Los Realejos, La Orotava... y, por supuesto, el Puerto de la Cruz. En esta zona se iban sucediendo antenas. A la altura de una de ellas, tuve otro nuevo sobresalto, al encenderse a mi paso automáticamente otro potente foco. Llegué a la primera bifurcación importante en el camino, pero gracias a las fotos que pude ver en las reseñas de Internet, no tuve dudas: debía seguir la pista central de las tres que se abrían ante mi. A partir de la bifurcación empezó la densa vegetación y la niebla me envolvió, creando un ambiente un poco irreal. Al poco, a mi derecha, vi el cartel indicador de la Fuente de Pedro, junto a unas grandes flores que, al ser blancas, destacaban en la oscuridad. El rumor del agua me acompañaría durante un buen rato, pues una tubería iba paralela al camino. Ante una nueva bifurcación seguí la teoría que los primeros 'teidetistas' aplicaban: seguir el camino de máxima pendiente, sin separarse mucho del borde del valle de la Orotava. Y este me llevó hasta lo que se conoce como El Asomadero, otro magnífico mirador sobre todo el valle y lugar donde se sitúa la última y más grande de las antenas que, desde La Corona, se han venido sucediendo. Las primeras luces del día iban ganando terreno a la noche, pero aún era necesario llevar el frontal encendido. Al menos a mí, ese pequeño halo de luz blanca que proyectaba, me daba seguridad en la soledad de la noche. Con la claridad del día gané en confianza (el hombre no es animal nocturno y en mi caso mucho menos) y, mira tú que en la siguiente bifurcación importante cometí el primer error. Tomé la pista que venía indicada como Área de Chiganaja-Los Realejos, que salía hacia la izquierda (el nombre lo recordaba de la reseña, pero no me paré a mirar el mapa que llevaba). La pista bajaba suavemente y comencé a trotar. A pesar de las dudas que tenía, seguí durante algo mas de 10 minutos, hasta que me convencí que por ahí no podía ser, pues la pista bajaba y en las reseñas siempre se decía 'coger las de máxima pendiente'. Volví sobre mis pasos hasta la bifurcación y, esta vez sí tomé la de máxima pendiente, que era la central de las tres que se me ofrecían. Por primera vez en el recorrido, pude contemplar el Teide; espectacular, teñido de naranja por los primeros rayos del sol. Volviendo la vista atrás el espectáculo no era menor: un inmenso mar de nubes se confundía con el mismo mar y, de él, emergía en la lejanía la silueta de la Isla de La Palma. La pista muy polvorienta ahora ascendía por una ladera donde el devastador fuego había dejado su huella. Sin mayor complicación llegué hasta el Área de Recreo de Tiganaja (con cartel indicador) y continué sin detenerme con mi ascenso por la pista. Cada vez veía más cerca el final de la subida hasta Las Cañadas y, aprovechando un pequeño llano, troté hasta la Degollada (collado) del Cedro, a 2.085 m. de altitud. Habían transcurrido 3 horas y 40 minutos desde que me puse en marcha, así que decidí tomarme el primer respiro. Intenté llamar a mi mujer por el móvil, pero no había cobertura, así que estiré algo las piernas comí y bebí. A pesar de la temprana hora, el sol calentaba de lo lindo. Desde aquí ya no volvería a tener ninguna sombra en la que cobijarme. Ante mí se alzaba la imponente mole del Teide. Por medio, un llano de esos que quitan el hipo y cuyo nombre no traía precisamente buenos augurios: Llano de la Brujas. En alguna de las reseñas se hace referencia, al hablar de esta zona, sobre avistamientos de ovnis y cosas así. En cualquier caso, eran impresionantes las dimensiones que tenía todo. Dudé unos momentos sobre qué camino tomar. A la derecha, al pie de los riscos de la Fortaleza, salía uno (que resultaba ser, por indagaciones posteriores, el que bajaba a la Cañada de los Guancheros). Hacia la izquierda seguía inicialmente otro, pero desaparecía a los pocos metros y, justo enfrente, una trocha descendía hacia el llano. Se veía un sendero que se adentraba en la inmensidad del mismo, cubierto de coladas volcánicas y de grandes retamas. Sin consultar al mapa, me lancé por el camino que descendía al llano. Estaba recubierto de piedra pómez de color claro, de tamaño pequeño y resultaba un poco incómodo caminar sobre ellas. Una vez en el llano seguí un camino que aparentemente tomaba la dirección de Montaña Blanca. Inicialmente encontré huellas de algún vehículo pero, al poco, desaparecieron; y más adelante, los rastros de la senda también. Hago un inciso para indicar que, por lo que he leido, este camino existía no hace mucho tiempo, e incluso estaba señalizado como sendero del Parque con el nº 13. Pero no sé muy bien por qué, cayó en desuso. Me
había adentrado en esta zona al parecer de uso restringido y ahora
no sabía muy bien qué hacer. Opté por la de siempre:
tirar para adelante. Fui siguiendo rastros de retamas cortadas, pues estaba
más despejado, tratando de buscar la mejor opción al pie
de una pequeña depresión sin perder la dirección
hacia Montaña Blanca. Me sentía como John
Wayne en el Lejano Oeste, deambulando solo por el desierto. Después
de transitar durante un tiempo, por decirlo de alguna manera, campo a
través, me crucé con un sendero perfectamente definido en
la piedra pómez. Esto me tranquilizó pues, aunque no había
perdido la orientación, siempre era mejor caminar por sendero hecho
que hacerlo a libre albedrío y sin saber bien dónde pararía. Con el calor haciendo mella, llegué a entroncar con la pista que sube por la ladera de Montaña Blanca desde la carretera de las Cañadas del Teide. Aquí dejé de estar solo en la inmensidad y empecé a cruzarme con algunos excursionistas que, supongo, bajarían ya del Teide. Siguiendo la pista, procurando no caer en la tentación de seguir algunos de los atajos que evitan las curvas de las misma (recordad que todo el parque es zona de especial protección), se llega sin ninguna perdida hasta el inicio del sendero de subida al Teide, señalado con el número 7. Este sendero, usado en tiempos pretéritos por los que transportaban hielo desde la zonas altas de la montaña a las ciudades, perfectamente trazado, encara decididamente la pendiente y, en continuas lazadas, va ganando altura poco a poco, sin resultar incómodo. Del refugio no hay señal alguna, aunque en lo alto de la pendiente se aprecia lo que parece ser una antena. Mejor no mirar para arriba. Volviendo la vista atrás, se aprecia todo el camino andado desde la Degollada del Cedro y, por primera vez, en la lejanía se distingue la Isla de Gran Canaria. Continúo con mi caminar y, tras pasar un rellano conocido como la Estancia de los Ingleses y hacer fotos a algún ramillete de margaritas que, inverosímilmente florecen en esta zona de malpaís (coladas de lava negra) por donde discurre la senda, llego hasta el Refugio de Altavista, situado a 3.270 m. de altitud. Desde el inicio llevo 6 h 33 min. Me encuentro perfectamente y, de momento, no tengo síntomas de mal de altura. Desde
aquí consigo hablar por teléfono con mi mujer, que en coche
se encamina junto a mis hijos a coger el teleférico, para coincidir
en la estación superior conmigo. Mis previsiones de tiempo eran
más conservadoras. Voy con mucho adelanto, así que me tocará
esperar. Busco dentro del refugio la sombra, pues el sol no ha tenido
misericordia y estoy bastante agobiado con tanta luminosidad (a pesar
de llevar gorra y gafas). Aprovecho para comer algo y volver a estirar.
El lugar está solitario. Ni rastro del guarda ni de ningún
ocupante. Como casi todo el camino, mi único acompañante
en este caminar es la soledad. ¡Cómo echo de menos a mis
compañeros de otras ocasiones! Como resucitado, mi ritmo se aviva. El motivo no es otro que estar en la zona de La Rambleta, una especie de plato sobre el que se eleva la cúspide final del Teide. Me mezclo entre los numerosos turistas que transitan de un lado para otro, ansiosos por descubrir las mejores vistas ante la imposibilidad de subir a la cumbre. Llego a la Estación Superior del Teleférico y contacto telefónicamente con mi mujer, que está llegando ahora mismo a la estación inferior. A pesar de lo tardío de la hora, no hay cola para subir al teleférico, así que en poco menos de media hora, ellos también están arriba. Esperamos un tiempo prudencial a que los niños, dentro de lo posible, aclimaten a la altura y yo aprovecho para dar un trago al refresco de cola que han subido para reactivarme un poco. Héctor ya tuvo un mareo en la Aguille de Midi, al poco de subir en el teleférico desde Chamonix y no me gustaría que se repitiera la historia. Casi con puntualidad británica, a las 13:00 h. nos dirigimos hacia la cadena custodiada por un par de guardas que cierra el paso del Sendero Telesforo Bravo. Presentamos nuestra autorización conseguida via e-mail, acompañada de los DNI y franqueamos sin problemas el control. El
sendero está prácticamente enlosado con piedras volcánicas,
pero no resulta chirriante a la vista. Es más, parece que la naturaleza
lo puso ahí. Subimos tranquilamente, sin prisas, saboreando cada
paso. Parece que estemos subiendo por una escalera hacia el cielo y ¡qué
cielo! Hoy las vistas son impresionantes. No hay nada alrededor que haga
competencia al poderoso Teide (Echeide en la
lengua guanche, que quiere decir Infierno). Casi todo el archipiélago
alcanza a nuestra vista: Gran Canaria por el Sureste,
La Gomera y, un poco más atrás, Hierro
por el Suroeste y, por el Oeste, La Palma. Solo las más
lejanas Fuerteventura y Lanzarote quedan
fuera del alcance de nuestros ojos. Tenerife (palabra
formada por dos vocablos utilizados por los aborígenes de La
Palma, que quiere decir Montaña Blanca) está
a nuestros pies y aquí sí se aprecia, literalmente. La bruma
que otros días impide ver bien, no existe; solo nos vemos alterados
por el fuerte olor a azufre que desprenden algunas fumarolas que hay en
la zona del cráter. El camino lo bordea por su derecha y llegamos
a lo que se intuye como cima: unas piedras blancas en las que nos encaramamos
para inmortalizar el momento. Hay algunos turistas que conversan con un
joven que, por lo que comenta orgulloso, ha subido por la ruta normal
desde Montaña Blanca. Les parece un gran reto
y mis hijos, orgullosos, me miran y se sonríen, pensando que su
papá debe estar muy loco, porque ha subido desde la misma playa
en un poco más de tiempo. Texto: Felipe Rodríguez
NOTAS Accesos:
Hasta la Playa del Socorro se llega desde el Puerto de la Cruz por la
Autopista Norte TF-5, pasado el municipio de Los Realejos. Para acceder
a la cumbre del Teide, como he comentado, es necesario un permiso para
el dia y dentro de una franja horaria de 2 horas:
por correo electrónico
o por fax en el número 922 244 788. También se puede hacer
directamente en la oficina del Parque, en Santa Cruz de Tenerife.
Si se pernocta en el Refugio de Altavista y se hace la ascensión
de madrugada, no es necesario permiso; nos valdría con el justificante
de la pernocta en el Refugio. Mapas: Material:
Mochila
ligera de 20 lts con camelbak, linterna frontal, zapatillas
de trail, chaquetilla cortavientos, camiseta técnica
de manga larga, gorra y gafas de sol. Muy importante llevar en torno
a 4 l. de agua; no hay ningún sitio donde reponer, solo en la
Fuente de Pedro, pero esta muy cerca del inicio de la marcha. Los bastones
no los llevé por no incluirlos en el equipaje del avión,
pero dada la inclinación de las pendientes hasta la Degollada
del Cedro son aconsejables. |
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