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TEIDETÓN, DE LA PLAYA AL CIELO
 

Julio de 2008. Con cambios de horarios y altas temperaturas, el verano llegó en toda su potencia. A Felipe le dimos permiso para irse de vacaciones unos días a la playa, con la familia. El chico se había portado bien (más o menos) durante el año y se merecía una pequeña recompensa. Playa, chiringuito, música bailonga y mucha arena en el ombligo. El prototipo de hombre de familia feliz. Pero, como la cabra tira al monte... pasó lo que pasó. Le cedemos la palabra y que sea él quien lo cuente.

Era mi tercera visita a Tenerife en 20 años. Esta vez no podía dejar pasar la ocasión de subir al pico más alto de España. Desde que decidimos pasar las vacaciones allí, empecé a indagar en Internet sobre las posibles rutas para hacerlo. Al final me decanté por la denominada Ruta 0-4 que, partiendo desde la Playa del Socorro, asciende por el borde Occidental del valle de la Orotava hasta las Cañadas del Teide y se une a la ruta normal en Montaña Blanca. En 2003 los hermanos Arregi utilizaron esta ruta para subir en el día y, un año más tarde, Esteban Monje y Santiago Arnalich inauguraron la serie de subidas express utilizando esta ruta en poco más de 6 horas y la bautizaron como 'Teidetón', dejando la puerta abierta a nuevas repeticiones y, por supuesto, rebajas de tiempo. Aunque, como ellos mismos indican en su web, la idea no era nueva. Ya en el año 1928 se había publicado un artículo en la revista Pyrenaica sobre el tema y unos cuantos años después, allá por 1956, se publicó una nueva reseña de ascensión en el día.

Debo dejar constancia de que me guié por otra reseña que encontré en Internet, con buenas fotos sobre el recorrido, que había colgado Diego Lagüera Sarabia. Previamente, conseguí el permiso de ascensión a la cumbre para el día señalado y, en el tramo horario, entre las 13 h y las 15h, los últimos 200 metros de desnivel que conducen a la cumbre siguiendo el sendero Telesforo Bravo están restringidos por la normativa del parque y es necesario solicitar permiso.

Para evitar pérdidas innecesarias y aclarar dudas sobre el camino a seguir en la primera parte del recorrido, que haría todavía de noche, dos días antes había subido por la ruta hasta el Mirador de La Corona. Para completar la logística, en el Puerto de la Cruz también veraneaban unos amigos que se ofrecieron a subir a mi mujer y mis dos hijos hasta la estación inferior del Teleférico, utilizando el coche que yo tenía alquilado durante mi estancia en la isla, solucionando de esta manera también el regreso al Puerto de la Cruz.

Aunque ya he señalado que hay varias reseñas en Internet sobre el recorrido con fotos explicativas, e incluso tracks de GPS, no dejaré de hacer indicaciones del mismo por si pudieran ayudar a nuevos 'teidetistas'. Aunque he de reconocer que la incertidumbre sobre la ruta a seguir le da también su punto de emoción.

  Foto: Felipe
 
Niebla y luz

Con todo preparado, el día 12 de julio, a las 4 de la madrugada, sonó el despertador. A las 4:45 h. estaba ya listo para empezar en la Playa del Socorro (hasta donde había llegado en un taxi). Me sentía un poco nervioso por el hecho de ir solo, aunque pleno de confianza en mis fuerzas. Comencé desde la misma orilla del mar; por decirlo de alguna manera, empujado por las olas que allí rompían, remonté por la misma carretera por la que había llegado en el taxi hasta la carretera general, pasando la misma por debajo y transitando durante unos cientos de metros por su margen izquierda, en dirección hacia Icod de los Vinos. Abandoné la carretera por la primera pista que surgió a mi izquierda, para seguir ascendiendo hasta Tigaiga. Como referencia, en las primeras casas que me encontré había un cartel que indicaba 'Camino de la Cueva'. Al llegar al primer cruce, seguí ascendiendo en la misma dirección, adentrándome en el pueblo de Tigaiga. En la siguiente calle que me crucé perpendicularmente, torcí a la izquierda (como referencia, en ese cruce hay una especie de capilla). Según Google Maps, esa calle se llama 'de Tigaiga'.

Transité por la solitaria calle durante unos cientos de metros hasta otra capilla, que estaba justo en el siguiente desvío que debía tomar; este a la derecha. La inclinación volvió y el asfalto primero se convirtió en cemento y, dejadas atrás las ultimas casas del pueblo, en un camino empedrado, en cuyo inicio había una especie de barrera metálica verde. El camino desembocó en otro con un cartel que indicaba “Camino Real de las Vueltas de Icod”. Le seguí por la derecha, ascendiendo en unas cuantas revueltas hasta la carretera que va desde Los Realejos hasta Icod el Alto. Una vez en la carretera, la seguí por la derecha; esto es, en sentido ascendente. Llegué a la entrada del pueblo dejando a la derecha una estatua dedicada al Mencey Bentor (un jefe guanche que se arrojó al vacío antes de caer en manos de los invasores castellanos) y un mirador junto a un restaurante.

Pasada una curva de la carretera, la abandoné por la primera calle a la izquierda que figuraba como “El Lance”. Esta calle, después de una serie de curvas, enfilaba por la derecha directamente a la pendiente. Una vez dejada atrás la ultima casa del pueblo, la pista pasó a ser de tierra; giro a la izquierda en dirección a una casa blanca. La oscuridad nuevamente envolvió todo con su manto negro y ya no me abandonaría hasta el amanecer. Aunque, para sorpresa mía, al pasar por una construcción se encendió automáticamente un potente foco que me sobresaltó. Al poco llegué hasta el Mirador de la Corona donde, además de una capilla y un estupendo mirador sobre todo el valle de la Orotava, se alzaban una serie de antenas y, por lo que pude comprobar en mi primera inspección, una pista de despegue para parapentes muy bien acondicionada.

La primera parte de la ascensión estaba superada. Casi 800 metros de desnivel en 6 km escasos, lo que me llevó 1 h 14 min., a un paso vivo, pero sin llegar a correr. Ahora me enfrentaba a terreno desconocido, envuelto en la oscuridad y la niebla que casi siempre estaba enganchada en esta zona. Una vista atrás y podía contemplar infinidad de luces a mis pies, que iluminaban los distintos pueblos que se diseminaban por todo el valle: Icod el Alto, Tigaiga, Los Realejos, La Orotava... y, por supuesto, el Puerto de la Cruz.

Foto: Felipe  
Sol
 

En esta zona se iban sucediendo antenas. A la altura de una de ellas, tuve otro nuevo sobresalto, al encenderse a mi paso automáticamente otro potente foco. Llegué a la primera bifurcación importante en el camino, pero gracias a las fotos que pude ver en las reseñas de Internet, no tuve dudas: debía seguir la pista central de las tres que se abrían ante mi. A partir de la bifurcación empezó la densa vegetación y la niebla me envolvió, creando un ambiente un poco irreal. Al poco, a mi derecha, vi el cartel indicador de la Fuente de Pedro, junto a unas grandes flores que, al ser blancas, destacaban en la oscuridad. El rumor del agua me acompañaría durante un buen rato, pues una tubería iba paralela al camino. Ante una nueva bifurcación seguí la teoría que los primeros 'teidetistas' aplicaban: seguir el camino de máxima pendiente, sin separarse mucho del borde del valle de la Orotava. Y este me llevó hasta lo que se conoce como El Asomadero, otro magnífico mirador sobre todo el valle y lugar donde se sitúa la última y más grande de las antenas que, desde La Corona, se han venido sucediendo. Las primeras luces del día iban ganando terreno a la noche, pero aún era necesario llevar el frontal encendido. Al menos a mí, ese pequeño halo de luz blanca que proyectaba, me daba seguridad en la soledad de la noche.

Con la claridad del día gané en confianza (el hombre no es animal nocturno y en mi caso mucho menos) y, mira tú que en la siguiente bifurcación importante cometí el primer error. Tomé la pista que venía indicada como Área de Chiganaja-Los Realejos, que salía hacia la izquierda (el nombre lo recordaba de la reseña, pero no me paré a mirar el mapa que llevaba). La pista bajaba suavemente y comencé a trotar. A pesar de las dudas que tenía, seguí durante algo mas de 10 minutos, hasta que me convencí que por ahí no podía ser, pues la pista bajaba y en las reseñas siempre se decía 'coger las de máxima pendiente'.

Volví sobre mis pasos hasta la bifurcación y, esta vez sí tomé la de máxima pendiente, que era la central de las tres que se me ofrecían. Por primera vez en el recorrido, pude contemplar el Teide; espectacular, teñido de naranja por los primeros rayos del sol. Volviendo la vista atrás el espectáculo no era menor: un inmenso mar de nubes se confundía con el mismo mar y, de él, emergía en la lejanía la silueta de la Isla de La Palma. La pista muy polvorienta ahora ascendía por una ladera donde el devastador fuego había dejado su huella. Sin mayor complicación llegué hasta el Área de Recreo de Tiganaja (con cartel indicador) y continué sin detenerme con mi ascenso por la pista. Cada vez veía más cerca el final de la subida hasta Las Cañadas y, aprovechando un pequeño llano, troté hasta la Degollada (collado) del Cedro, a 2.085 m. de altitud. Habían transcurrido 3 horas y 40 minutos desde que me puse en marcha, así que decidí tomarme el primer respiro. Intenté llamar a mi mujer por el móvil, pero no había cobertura, así que estiré algo las piernas comí y bebí.

A pesar de la temprana hora, el sol calentaba de lo lindo. Desde aquí ya no volvería a tener ninguna sombra en la que cobijarme. Ante mí se alzaba la imponente mole del Teide. Por medio, un llano de esos que quitan el hipo y cuyo nombre no traía precisamente buenos augurios: Llano de la Brujas. En alguna de las reseñas se hace referencia, al hablar de esta zona, sobre avistamientos de ovnis y cosas así. En cualquier caso, eran impresionantes las dimensiones que tenía todo.

Dudé unos momentos sobre qué camino tomar. A la derecha, al pie de los riscos de la Fortaleza, salía uno (que resultaba ser, por indagaciones posteriores, el que bajaba a la Cañada de los Guancheros). Hacia la izquierda seguía inicialmente otro, pero desaparecía a los pocos metros y, justo enfrente, una trocha descendía hacia el llano. Se veía un sendero que se adentraba en la inmensidad del mismo, cubierto de coladas volcánicas y de grandes retamas. Sin consultar al mapa, me lancé por el camino que descendía al llano. Estaba recubierto de piedra pómez de color claro, de tamaño pequeño y resultaba un poco incómodo caminar sobre ellas.

  Foto: Felipe
 
Huevo

Una vez en el llano seguí un camino que aparentemente tomaba la dirección de Montaña Blanca. Inicialmente encontré huellas de algún vehículo pero, al poco, desaparecieron; y más adelante, los rastros de la senda también. Hago un inciso para indicar que, por lo que he leido, este camino existía no hace mucho tiempo, e incluso estaba señalizado como sendero del Parque con el nº 13. Pero no sé muy bien por qué, cayó en desuso.

Me había adentrado en esta zona al parecer de uso restringido y ahora no sabía muy bien qué hacer. Opté por la de siempre: tirar para adelante. Fui siguiendo rastros de retamas cortadas, pues estaba más despejado, tratando de buscar la mejor opción al pie de una pequeña depresión sin perder la dirección hacia Montaña Blanca. Me sentía como John Wayne en el Lejano Oeste, deambulando solo por el desierto. Después de transitar durante un tiempo, por decirlo de alguna manera, campo a través, me crucé con un sendero perfectamente definido en la piedra pómez. Esto me tranquilizó pues, aunque no había perdido la orientación, siempre era mejor caminar por sendero hecho que hacerlo a libre albedrío y sin saber bien dónde pararía.

Poco más adelante, siguiendo el sendero, en una de las rocas había una señal metálica con el número 6, indicativo del mismo (Senda Montaña de los Tomillos). Según avanzaba, ya por el buen camino, la vegetación fue desapareciendo y el impenitente sol, casi en lo más alto de su órbita diaria, me castigaba con sus rayos sin piedad. Según ascendía por el lomo de Montaña Blanca, a las retamas les sucedieron una suerte de piedras negruzcas y de tamaño considerable que rompían con la monotonía de la blancura de la piedra pómez. Estos grandes bloques se conocen como Huevos del Teide y su origen es la lava, producto de la últimas erupciones del Teide, que rodó por la fuerte pendiente, desprendiéndose de la colada principal y que fue creciendo, como lo hace una bola de nieve, llegando diseminados a depositarse sobre Montaña Blanca (esta es un cono volcánico de piedra pómez de color claro, con una altura de 2.750 m. de altitud y es el resultado de erupciones anteriores). Será mejor no profundizar mucho más en los orígenes de la zona porque, además de tener unos conocimientos mínimos, alargarían mucho el 'ladrillo' que estoy redactando.

Con el calor haciendo mella, llegué a entroncar con la pista que sube por la ladera de Montaña Blanca desde la carretera de las Cañadas del Teide. Aquí dejé de estar solo en la inmensidad y empecé a cruzarme con algunos excursionistas que, supongo, bajarían ya del Teide. Siguiendo la pista, procurando no caer en la tentación de seguir algunos de los atajos que evitan las curvas de las misma (recordad que todo el parque es zona de especial protección), se llega sin ninguna perdida hasta el inicio del sendero de subida al Teide, señalado con el número 7. Este sendero, usado en tiempos pretéritos por los que transportaban hielo desde la zonas altas de la montaña a las ciudades, perfectamente trazado, encara decididamente la pendiente y, en continuas lazadas, va ganando altura poco a poco, sin resultar incómodo. Del refugio no hay señal alguna, aunque en lo alto de la pendiente se aprecia lo que parece ser una antena. Mejor no mirar para arriba. Volviendo la vista atrás, se aprecia todo el camino andado desde la Degollada del Cedro y, por primera vez, en la lejanía se distingue la Isla de Gran Canaria.

Foto: Felipe  
Cumbre
 

Continúo con mi caminar y, tras pasar un rellano conocido como la Estancia de los Ingleses y hacer fotos a algún ramillete de margaritas que, inverosímilmente florecen en esta zona de malpaís (coladas de lava negra) por donde discurre la senda, llego hasta el Refugio de Altavista, situado a 3.270 m. de altitud. Desde el inicio llevo 6 h 33 min. Me encuentro perfectamente y, de momento, no tengo síntomas de mal de altura.

Desde aquí consigo hablar por teléfono con mi mujer, que en coche se encamina junto a mis hijos a coger el teleférico, para coincidir en la estación superior conmigo. Mis previsiones de tiempo eran más conservadoras. Voy con mucho adelanto, así que me tocará esperar. Busco dentro del refugio la sombra, pues el sol no ha tenido misericordia y estoy bastante agobiado con tanta luminosidad (a pesar de llevar gorra y gafas). Aprovecho para comer algo y volver a estirar. El lugar está solitario. Ni rastro del guarda ni de ningún ocupante. Como casi todo el camino, mi único acompañante en este caminar es la soledad. ¡Cómo echo de menos a mis compañeros de otras ocasiones!

Antes de seguir divagando en mis pensamientos, y a pesar de llevar tiempo de sobra sin demora, me encamino hacia La Rambleta, donde está situada la Estación Superior del Teleférico. No sé por qué me imaginaba que sería un camino casi horizontal, atravesando la base del cono final. Pero, a lo tonto, tengo unos 300 metros de desnivel que ahora sí me cuesta digerir. Transitando por el sendero, que está perfectamente construido en medio de la colada de lava, paso mi peor momento. Me cuesta coger ritmo y mis pasos se ralentizan. Es como si me hubieran puesto plomos en los pies. Me despiertan de mi semiletargo unos italianos que bajan hacia el refugio y me preguntan por el camino para llegar a la base del teleférico. Trato de explicarles que no existe tal camino y que tendrán que bajar hasta el pie de Montaña Blanca para luego subir 4 Kms por la carretera del parque. No sé si mi explicación les ha servido o no, pero continúan tan contentos para abajo. A partir de aquí se empieza a ver más gente y se llega a una bifurcación del camino. Hacia la derecha lleva hasta el Mirador de la Fortaleza y a la izquierda, hacia el teleférico. Se ve perfectamente el cono final del Teide y trato de adivinar en la ladera el camino que me llevará hasta su cima.

  Foto: Felipe
 
Un billete de 1.000

Como resucitado, mi ritmo se aviva. El motivo no es otro que estar en la zona de La Rambleta, una especie de plato sobre el que se eleva la cúspide final del Teide. Me mezclo entre los numerosos turistas que transitan de un lado para otro, ansiosos por descubrir las mejores vistas ante la imposibilidad de subir a la cumbre. Llego a la Estación Superior del Teleférico y contacto telefónicamente con mi mujer, que está llegando ahora mismo a la estación inferior. A pesar de lo tardío de la hora, no hay cola para subir al teleférico, así que en poco menos de media hora, ellos también están arriba. Esperamos un tiempo prudencial a que los niños, dentro de lo posible, aclimaten a la altura y yo aprovecho para dar un trago al refresco de cola que han subido para reactivarme un poco. Héctor ya tuvo un mareo en la Aguille de Midi, al poco de subir en el teleférico desde Chamonix y no me gustaría que se repitiera la historia. Casi con puntualidad británica, a las 13:00 h. nos dirigimos hacia la cadena custodiada por un par de guardas que cierra el paso del Sendero Telesforo Bravo. Presentamos nuestra autorización conseguida via e-mail, acompañada de los DNI y franqueamos sin problemas el control.

El sendero está prácticamente enlosado con piedras volcánicas, pero no resulta chirriante a la vista. Es más, parece que la naturaleza lo puso ahí. Subimos tranquilamente, sin prisas, saboreando cada paso. Parece que estemos subiendo por una escalera hacia el cielo y ¡qué cielo! Hoy las vistas son impresionantes. No hay nada alrededor que haga competencia al poderoso Teide (Echeide en la lengua guanche, que quiere decir Infierno). Casi todo el archipiélago alcanza a nuestra vista: Gran Canaria por el Sureste, La Gomera y, un poco más atrás, Hierro por el Suroeste y, por el Oeste, La Palma. Solo las más lejanas Fuerteventura y Lanzarote quedan fuera del alcance de nuestros ojos. Tenerife (palabra formada por dos vocablos utilizados por los aborígenes de La Palma, que quiere decir Montaña Blanca) está a nuestros pies y aquí sí se aprecia, literalmente. La bruma que otros días impide ver bien, no existe; solo nos vemos alterados por el fuerte olor a azufre que desprenden algunas fumarolas que hay en la zona del cráter. El camino lo bordea por su derecha y llegamos a lo que se intuye como cima: unas piedras blancas en las que nos encaramamos para inmortalizar el momento. Hay algunos turistas que conversan con un joven que, por lo que comenta orgulloso, ha subido por la ruta normal desde Montaña Blanca. Les parece un gran reto y mis hijos, orgullosos, me miran y se sonríen, pensando que su papá debe estar muy loco, porque ha subido desde la misma playa en un poco más de tiempo.

Texto: Felipe Rodríguez


“Dedicado a Justo Beltran (JB), que pocos días después, sin saber de mi ascensión express, subió hasta la Rambleta con el Teleférico. Por circunstancias pasajeras no se planteó subirlo en esta su primera visita, pero espero que esta crónica le anime a volver en años futuros a descubrir esta ruta y ascender hasta la cima.”


Más fotos de la ruta en este enlace

NOTAS

Accesos: Hasta la Playa del Socorro se llega desde el Puerto de la Cruz por la Autopista Norte TF-5, pasado el municipio de Los Realejos. Para acceder a la cumbre del Teide, como he comentado, es necesario un permiso para el dia y dentro de una franja horaria de 2 horas: por correo electrónico o por fax en el número 922 244 788. También se puede hacer directamente en la oficina del Parque, en Santa Cruz de Tenerife. Si se pernocta en el Refugio de Altavista y se hace la ascensión de madrugada, no es necesario permiso; nos valdría con el justificante de la pernocta en el Refugio.

Mapas:

Material: Mochila ligera de 20 lts con camelbak, linterna frontal, zapatillas de trail, chaquetilla cortavientos, camiseta técnica de manga larga, gorra y gafas de sol. Muy importante llevar en torno a 4 l. de agua; no hay ningún sitio donde reponer, solo en la Fuente de Pedro, pero esta muy cerca del inicio de la marcha. Los bastones no los llevé por no incluirlos en el equipaje del avión, pero dada la inclinación de las pendientes hasta la Degollada del Cedro son aconsejables.

Tiempo total empleado: 8 h. 40 min. (incluidos los casi 40 min. de espera a la familia y un par de paradas técnicas).

 
 
 
 
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