MONTAÑEROS.POP
 
 
MARBORÉ, SI TÚ ME DICES VEN...
 

Junio de 2008. No se trataba de una obsesión. Tan solo (tan mucho), de una cumbre que en la visita anterior no permitió ser visitada. Una tormenta con espectacular aparato eléctrico nos hizo retroceder al fondo de una cueva. Como se dice, es bueno dejar algunas montañas sin subir: así tenemos excusa para volver. Y hete aquí la excusa, la oportunidad y su realización.

Viernes 20. Salimos de la castellana provincia de Madrid, por la tarde. Cuando llegamos al aparcamiento de Ordesa (1.320 m aprox.), la oscuridad hacía un rato que se había hecho dueña del firmamento. Y la luna en ella. Localizamos un lugar propicio para vivaquear y colocamos planchetas, sacos y demás parafernalia. El despertador, ladrón del sueño, nos sacaría del seco saco a eso de las 5 de la madrugada. Tras frugal desayuno y los últimos atalajes y avíos, a las seis y ocho minutos empezamos la subida por la pista vertebral del valle de Ordesa.

Poco a poco la luz se fue imponiendo. La pista, aunque larga, nunca se hace monótona, con tanta frondosidad y riqueza en su derredor. Vamos ganando altura hasta la archiconocida Cola de Caballo (1.800 m aprox.), donde enfilamos las clavijas de Soaso. Richar pone especial cuidado en no echar mano de los hierros, en lo posible, para mantener una conciencia 'éticamente pulcra'.

Tras superar las terrazas siguientes, llegamos al Refugio de Góriz (2.200 m), después de unas dos horas de ruta. A la puerta del refugio, algunos grupos emprenden la marcha. Hay poco movimiento para lo habitual allí. Paramos unos minutos, comemos algo ligero y, tras adecuar el ropaje, seguimos ascendiendo, salvando los desniveles a pies de Las Tres Hermanas (Sorores).

Hasta aquí no hemos tenido nieve; nada. Unos metros más arriba del refugio de Góriz nos encontramos con las primeras alfombras blancas. Esperábamos que hubiera bastante más; eso indicaban las noticias recientes. Imaginamos que, el fuerte sol de estos últimos días, se ha encargado de reducir su extensión y alcance.

  Foto: Javier Rubio
 
Por el valle de Ordesa

Empezamos a sentir ese sol, reflejado en la blanca nieve. El calor, aún llevadero, se irá agudizando según avanza la ruta. Mientras, seguimos huella y continuamos ganando altura. Cuando la nieve se hace más presente que la roca y la pendiente se crece, cambiamos de calzado y nos ponemos las botas de suela rígida. Decidimos prescindir de crampones, al menos por el momento, pues no los encontramos necesarios; más bien, al contrario; nos serían rémora. La nieve se holla bien; demasiado bien.

Unos minutos más y llegamos al punto donde nuestro camino se separa de la huella mayoritaria, aproximadamente la cota 2.900. Nos desviamos a la izquierda, bajo el Pitón Sudoeste, rodeándolo, siguiendo la Faja Roya, mientras el resto de personal visible continúa hacia la cumbre más renombrada y solicitada, el Monte Perdido. Allá arriba se ve la célebre Escupidera, paso obligado por esta vía a la cima, transitada por montañeros más madrugadores. Pero ese no es nuestro objetivo esta vez. Continuamos.

Vamos rodeando el macizo rocoso que encierra al Pitón Sudoeste (3.194 m) y El Cilindro (3.325 m). Sus ennegrecidas paredes rezuman cantarinas aguas desheladas. El sol se hace cada vez más fuerte, y la nieve, menos dura. No llegamos a encontrar una nieve 'papa' pringosa, pero se nota la dificultad de su tránsito. Seguimos huella, pero hacemos también huella; los pies se hunden más de lo deseado.

Al frente ya vemos con definición nuestra meta: el Pico de Marboré. En la ocasión anterior, frustrada visita, no se veía nieve; solo roca. Ahora apenas se ve roca; casi solamente nieve. Nos dirigimos hacia una hoya previa, con una leve pérdida de nivel y empezamos la subida final, en fuerte pendiente. A los pocos minutos, la niebla se adueña del entorno y nos vuelve todo blanco, con escasos clareos: poco más podemos ver que no sea la huella justo delante nuestro; huella que seguimos.

Foto: Javier Rubio  
Esto, aunque no lo parezca, es la cumbre
 
Unos minutos más y... la cumbre; el final de la huella. Llegamos a eso de las 12:40. ¿La cumbre? ¡Leches! Pero si no se ve nada: ni hitos, ni puntos de referencia, ni siquiera un policía urbano. Blanco de nieve y... niebla. ¡Qué chasco! Desconcierto y dudas. ¿Habremos llegado o aún nos queda más por subir? ¿Subir? ¿A dónde? Desde el punto en el que nos hallamos no se ve nada que suba más, pero... Echamos mano de la lógica: el grupo que estuvo antes que nosotros no tenía niebla, y su huella se termina aquí. ¿Que no vale? Un GPS (espurio aparato) dice también que la cumbre anda ahí, en algún lugar bajo la nieve. Dejamos que pase cerca de una media hora, en tontunas de abrigarnos, comer algo, tirarnos fotos... y esperando por ver si la niebla despeja y nos hace una gracia. Poco resultado tiene nuestro afán. En dos o tres instantes fugaces conseguimos ver el cresterío al Sur y Oeste; poco más. Finalmente, tras un ejercicio de empirismo montañero y deducción propia del CSI Gil Grissom, decidimos y declaramos solemnemente que estamos en la cumbre del Pico de Marboré (3.252 m), la anhelada (y algo helada) cumbre.

Pues, hale, ya estamos servidos. Con la satisfacción del deber cumplido, empezamos a bajar, con más facilidad que la subida (curiosa la fuerza de la gravedad, oye). La niebla se queda arriba, volvemos al sol. Al rato, considerando que el Pico Oriental de la Cascada (3.161 m) lo tenemos a tiro, y que es visible, decidimos hacer cumbre en él. ¿Por qué no? Está ahí, a mano. Pero al llegar al pie de la cúspide, nos encontramos con un delicado paso: al lado derecho, una cornisa de nieve de la que desconocemos su vuelo; a la izquierda, una pendiente vertiginosa para la que no valdría ninguna técnica de autodetención; en medio, una nieve bastante licuada por tantas horas de sol. Como no llevamos cuerda, tras una breve deliberación decidimos retroceder.

  Foto: Javier Rubio
 
Regresando al valle

Quizá... si lo hubiéramos atravesado, habríamos encontrado que el paso era firme; quizá no. Con el paso de los años conoces cada vez a más gente que fue a la montaña... para no volver. Montañeros con amplia experiencia, circunstancias adversas. La montaña sin embargo seguirá estando ahí; así que, ya tenemos una nueva excusa para volver en otro momento por aquí; ahora no hay prisa. Regresamos a la ruta de bajada.

Tras una media hora de marcha, localizamos un hueco sobre roca y paramos a comer y descansar pies y piernas. Embutido, queso, almendras y otras delicias hicieron acto de presencia fugaz: del envase a la garganta. Y vuelta a la huella, bajo un sol que no dejaba de enseñorearse del trayecto. El agua empezaba a escasear.

Dejamos atrás la nieve y llegamos al Refugio de Góriz donde paramos otro breve rato. A cambiar el calzado y algo de ropa, atalajarnos una vez más, y a reponer agua. Teníamos tiempo de sobra y apetecía disfrutar del entorno. Innumerables especies vegetales salpicaban valle y laderas con colores engarzados en verde; ocasiones más que sobradas para sacar las cámaras de fotos e intentar captar una pizca de tanta exuberancia. Si solo fuéramos a la montaña a subir una cumbre y bajarla, con el tiempo medido en cuadrículas inflexibles, ¿de qué valdría todo esto? ¿Una muesca más en una lista siempre incompleta? 'Nuestra' montaña tiene algo más, mucho más. Hay que saberlo ver, apreciarlo. Quizá... con los ojos de un niño que se asombra y admira sin reparos.

Tras Góriz, seguimos perdiendo altura. Eludimos las clavijas de Soaso para tomar la Senda de los Cazadores, una manera de variar el camino de regreso. Pero el sol no dejaba de hacerse notar de manera imperiosa; nuestras caras ya estaban fritas y no era plato de gusto seguir bajo su imperio. Así que, en el último momento, tomamos la variante hacia la Cola de Caballo y optamos por regresar por la misma pista de ascenso, aprovechando la generosa sombra de las hayas y el frescor del cercano río. Nada como meter los cocidos pies en las gélidas aguas.

Cuando llegamos al coche, en el aparcamiento, el reloj nos marcaba un total de trece horas y media de marcha (incluyendo paradas). Habíamos sudado la gota gorda, nos habíamos quemado, teníamos las piernas cansadas y las fuerzas estaban un tanto mermadas (las neuronas, también, mi amol). Pero había merecido la pena: los prolegómenos, el desarrollo, la cumbre y el entero regreso. Ahora solo nos restaba recoger bártulos, buscar un cámping (una buena ducha es mano de santo), cenar y elucubrar acerca de lo que haríamos al día siguiente. Cansancio, sí; pero también la alegría y satisfacción de haber comulgado en estrecha unión con la montaña y su entorno. Estar vivos.

P.D.: El domingo... En principio habíamos sopesado subir a Peña Tendeñera, desde Linás de Broto. Pero hicimos un cambio de última hora, para adaptarnos a las circunstancias. No llegaríamos a cumbre, pero aprovecharíamos para reconocer la mayor parte de la ruta, de cara a una próxima visita. ¿Quieres saber en qué consistió el paseíllo? Pues pincha aquí y te lo contamos, con floridas fotos. ;-)


Texto: Javiere

"Si quelqu'un aime une fleur qui n'existe qu'à un exemplaire dans les millions d'étoiles, ça suffit pour qu'il soit heureux quand il les regarde. Il se dit 'Ma fleur est là, quelque part...' Mais, si le mouton mange la fleur, c'est pour lui comme si brusquement toutes les étoiles s'éteignaient ! Et ce n'est pas important, ça !"

(Le Petit Prince - Antoine de Saint-Exupéry)



Más fotos en este enlace

 

NOTAS

Accesos: Bueno, ya es algo habitual poner las referencias de Guía Campsa o Vía Michelin. Pero, ojo al dato: a nosotros, una de estas guías en línea nos señaló una carretera más corta desde Sabiñánigo... que, según nos dijeron después, no estará terminada hasta dentro de lo menos año y medio. Al parecer ese fallo lo registran varios gps. Más vale lo 'malo' conocido...

Mapas: Nosotros es que somos muy de Alpina, quizá por lo fácil que es conseguir de esta editorial por tierras castellanas. Por eso utilizamos Ordesa y Monte Perdido (escala 1:40.000). También consultamos alguno de la Editorial Sua, a escala mucho más detallada; pero no tengo su referencia a mano.

Material: Los archiperres apropiados para la nieve (en esta temporada): botas de suela rígida, crampones, piolet, polainas, protectores solares y, como en otras ocasiones, bastones. Aunque de los tres que fuimos esta vez, solo dos llevaban bastones; el tercero en discordia es una especie de extremista convencido que no los usa nunca; y no le va mal. ;-)

Adenda: Cada salida con nieve surge la misma discusión. Personalmente me niego a llamar 'gûetre' a una pieza que en castellano se conoce como 'polaina'. Si esa palabra no existiera en nuestro idioma, de acuerdo; la adoptamos y adecuamos, como marca la costumbre. Pero innovar e introducir giros en el lenguaje en lugar de términos válidos que ya poseemos... pues va a ser que no.

Curiosamente, la palabra 'polaina' es también de origen francés [poulaine]; pero lleva con nosotros desde antiguo, la hemos adoptado, adaptado y ya tiene su rinconcito. ¿Para qué discriminarla en aras de un renovado esnobismo galo?

La cultura y exactitud lingüística no están reñidas con la montaña.
Da igual lo extendido que esté el error.

 

 
 
 
 
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