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A
LA MONTAÑA DE CLEHASS |
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Entre
tantas montañas con nombre, sin nombre; valles y ríos;
de agua y de piedras. Montañas que ves, al pasar; a las que no
regresas... salvo cuando canta invitadora. Te evoca. Entonces, la brisa
se alía con ella, en impulsos. Montañas que tienen sueños,
que buscan. Se maravillan, mantienen la cualidad de la sorpresa. Montañas
que existen desde antes de los tiempos, custodiadas por bellas xianas
y atávicos arcanos. Miran con curiosidad, esperanza. No, no hay cacareos. Es la libertad de hablar, aunque sea lo último que se permita; o que no se permita (porque no se permite). Libertad tomada por la mano. Libertad de dejar que sean torpes dedos los que ahora hollen un teclado inerme, portando... actividad. Vida, que es movimiento. Libertad, por soñar y creer en la posibilidad de hacerlo real. Abriendo recuerdos, cerrando aberturas (nunca se cierran del todo). Lo que no se haga ahora, ¿cuándo? Saltar, aun cuando debajo se haya retirado la red; aunque la oscuridad impacte. Sin decir 'no' a una sonrisa... ¿sincera? Pongamos solo 'sonrisa'. El camino iba a ser largo, expectante. La montaña de Clehass está en un valle... cuyo nombre -ahora- no es lícito pronunciar. Siquiera el nombre de la cumbre, femenina, norteña, debería estar velado, candado. Pero... las transgresiones, una parte inherente de la vida, son. Andar es dejar huella, maculada. Decisión personal, que nadie juzgue. ¿Para qué? Honni soit qui mal y pense. Clehass... Era (es) una de esas montañas que se admiran, imaginando, pensando que nunca se subirán. Caen fuera de ruta, en otros valles. Esbeltas torres, profundo val. Azabache feraz y salvaje; vetas de marfil y profunda luminosidad de mares (sí, en la montaña), bordada de frescas urces. Una empresa embriagadora que aturde, emborracha... descoloca, sí. Miedo, a perder lo que no se tiene. Cuando el Norte deja de ser Norte; cuando lo que era de piedra se torna en agua, que fluye, impetuosa, pasional. Y el 'nunca más' se cambia por un 'adelante'. Por 'ahora o nunca'. Vale la pena. ¿Vale? Subir fue tarea grata, exultante, descubriendo una senda carente de hitos; deleite natural del que descubre, sin guías. Cada peña, encerrando secretos prestos a ser desvelados; cada esfuerzo, recompensado. Ascenso libre, a vista, sin chapas. Un paso que conduce a otro, en medio de sonrisas [benditas sonrisas] perladas y amplias; jalonadas de pliegues. Sudor y jadeo, cansancio descansado. Adelante. Tantas
veces soñamos montañas, travesías, itinerarios,
que bullen en mentes activas; reiterativos; oasis donde buscamos refugio:
aridez del día a día. Y otro día. Tráfico,
tensión [pretensión], horarios y tareas rutinarias. Palabras
cruzadas, se atropellan, vacías, opacas, hueras. Quedan en nada,
tan solo... por la imagen de ese sueño. Con el ánimo presto y la complicidad de la montaña, llegó la cumbre. No, no es posible describirla. Una vez más. Alcanzas el pináculo apenas soñado, se hace real; para ti. Te clavas las uñas. ¡Sigues vivo, despierto! Y contemplas desde allá arriba el mundo, sabiendo que nada vuelve a ser igual. Todo y nada. Horizontes puros, amplios, lejanía que torna a cercana. Las horas se funden con los minutos; no se lanzan a su loco devenir; porque ya no hay hálito que les impulse; lo desechan. Se detienen a observar, como uno solo. La vida se vuelve del revés. Lo otrora importante, pierde relevancia (¿acaso la tuvo?) Vuelta a la infancia, sin tabúes ni muros, ni verjas, ni murallas, ni malecones... Un niño, un tierno y vulnerable niño. Complicidad compartida. La montaña dentro del corazón, el corazón en la montaña. Los toboganes. La cumbre, esbelta y magnífica, en apariencia recia, ahora revela fragmentos de inestabilidad [ya era inestable]. Las piedras bajo los pies se cambian a inseguras [ya eran inseguras]. Un movimiento, asaz doloroso, que destapa tu caja de Pandora: muestra que, los viejos temores (la montaña te pide abras la caja, que mires dentro y le cuentes, "¿qué ves? Dime; dame."), los familiares fantasmas, no están olvidados. Se revuelven, despiertan y acuden prestos a la ingenua invocación. Tempestades del pasado que vuelven al presente. Montaña inestable, montañero en equilibrio inestable. ¿Dónde asirse? La mano se esconde. Sismos. Se multiplican, retroalimentan. Toboganes, inútil pugna por mantenerse en pie. La montaña, trastabillando, se escandaliza. "¿Dónde fue tu firmeza, dónde tu arrojo, oh, montañero? ¿Qué pasó con tu firme paso?" "Montaña, te lo di cuando lo tuve". Ahora no hay apoyo y el movimiento sigue. Se expande. La montaña... se sacude. Primero con un cierto reparo. Ojos tristes que no saben hablar, hablando. Perdió el interés y miró atrás, a las cosas que dejaba; a la seguridad de una cárcel de papel, de plata. Sin cielo. Gomorra en destrucción. ¿Espejismo? A la montaña se ha ido con respeto; se regresa con él. El descenso se torna largo y tortuoso; doloroso. Cada piedra en el camino recuerda cuán frágil eres, en realidad. ¡Y allí arriba, te creías tan importante...! ¿Todo o nada? Llegó. ¿Sí? El tiempo de la... nada. Vuelta a casa. No; la casa ya no está. Pero la vuelta es. A los primeros pasos, tras oscuros farallones, se muestra esquiva, mientras se aleja. Te aleja. Ahora, por fin [necio], ves la nube en su cumbre; la que no supiste reconocer. Estúpido soñador, la viste formarse. Esa nube que, en tu torpe embriaguez cimera, te negaste. No eran las gafas empañadas de caluroso vaho; la mirada triste de la montaña. Sabía que te estaba diciendo adiós, sin saberlo decir. Aún. Cobrando fuerzas. Atrás quedó La Cumbre. La Única Cumbre. El valle se abrió amplio e inhóspito, receptivo en apática inmensidad. ¿Dónde fuiste, esquivo verdor? Ya... no me resultas presente. Los cauces de alegres arroyos, menguados a cauces secos, áridos, desprovistos de vegetación, de vida. Dunas cubriendo las urces sin contemplación. Delante, la amplitud. Detrás el abandono. Xianas, os invoco, pero... me dejáis. ¿Qué mal os hice? Enseñadme allá donde fallé. Silencio. Una última mirada a la cumbre... caminando atrás, había regresado a su valle sin nombre, mostrando una gélida espalda, desconocida hasta entonces. En ella, los corredores helados se mostraban oscuros, cerrados. Con nueva orientación, el sol brilla en otra cara, anterior. Había sido un día, una luz, quizá un sueño. Y había pasado. Botas que no se volvieron a usar; las cuerdas, enterradas en banal holocausto. El raído morral, cubierto de moho, arrinconado, donde ni las cucarachas recordaban mirar. ¿Para qué? Un niño, abandonado, no valorado. Contemplando viejas estampas, sabe, siente, que la montaña existió. Es real. Que existe; también, que decidió dejar de existir [des/abrazo de dolor]. Pechó sus valles, sus cancelas, sus ventanas de color miel y, con severo índice sobre labio, sentenció: "No; no más palabras, no más viajes a mis tierras, no más recuerdos". No más vida. No
hay más montañas como aquella. Es una certeza asumida,
aun sin expresarla; cuando regresas a casa y vacías la mochila.
Cuando vacías el alma. Ahora,
el viento trae clamores severos, repudios que hieren. La voz espeta,
"montañero, ¿cacareas de nuevo?" No,
bella montaña. Me lo diste todo, me lo quitaste todo. Bendita
seas, montaña. Deja ahora, por favor, que el agua me lleve en
paz, mientras dibuja ondas cada vez más leves, casi en silencio,
sin murmullos, sin brillos. En paz, tan solo en paz. Pechaste corazones
donde otros tendemos puentes eternos. Los seguiremos tendiendo, por
los siglos de los siglos. "No me odies más, montaña;
tienes lo que querías. Ve en paz; pero no me olvides. Yo no te
olvido."
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