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MONCAYO
CUASI ESPIRITUAL |
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Hace años encontré una página en Internet donde un grupo de amigos relataba una ascensión invernal, a primeros de marzo, al Moncayo. Se quedó grabada en mi mente una foto que titulaban “plumas de nieve helada”. Era increíble ver las extrañas formas, en capas superpuestas, que la nieve y el hielo formaban en el suelo. Más que plumas, yo las denominaría ”flores de hielo”; cubrían la totalidad del terreno de la cumbre del pico San Miguel, dando la impresión de ser un blanco mar con sus olas de hielo. Quién
conozca el Moncayo sabe que, pese a su apariencia,
no es una montaña que te permita acceder a sus cumbres cuando
lo desees. Debido a su situación geográfica y a su altura,
la sierra del Moncayo capta las nubes atlánticas y detiene la
humedad que éstas llevan. Por tanto su meteorología es
casi impredecible y extremadamente cambiante. El
pasado día 13 de enero encontré, junto a Gonzalo, la otra
cara del “dios” del Moncayo. En este caso, el tiempo en
el valle del Ebro era horrible; el día anterior las nevadas en
las sierras cercanas a Zaragoza y en los Pirineos habían
sido importantes. La ciudad vivía, como es habitual en estos
días del año, bajo la niebla y con un intenso frío.
Pero en el Moncayo, y salvo un molesto viento, el sol, lucía
esplendoroso.
Bien
pertrechados contra el intenso frío que pese al sol hacía,
y con los imprescindibles crampones y piolet en la mochila, tomamos
el camino que parte por encima del Santuario y hospedería
(1.620 m. de altitud) y que, pasando por un maravilloso bosque, nos
deja en algo menos de una hora en el circo u hoya de San Miguel,
también conocido como el Cucharón,
a unos 1.900 m. de altitud. Una vez allí nos pusimos los crampones,
sacamos el piolet y atacamos directamente la empinada pendiente cubierta
de nieve y hielo que, por un amplio canal que surge a nuestra derecha,
nos deja cercanos a la cumbre. El desnivel superado es muy duro y
hay que ir con extremo cuidado de no resbalar en las placas de hielo
existentes. Es fundamental asegurar cada paso. Andando
por el hielo se llega al Morca (2.283 m.), que desde
la cresta no es más que una pequeña elevación y,
posteriormente y desde el collado que une el Morca con el Lobera,
a Peña Negra, que no deja de ser una cota muy
secundaria. Por una suave y corta pendiente accedemos a la plataforma
donde se encuentra la cima del Lobera (2.226 m.); en
esta cima nos encontramos con otro vértice geodésico completamente
cubierto de hielo. El tiempo empieza a empeorar y vemos como las nubes
entran desde el pico San Miguel, hace mucho frío y el viento
es cada vez más fuerte. Nos da tiempo para un par de fotos y
rápidamente iniciamos el camino de regreso. Texto: Daniel Cama NOTAS
Accesos:
Nada como 'autoservirse' y buscarla en Guía
Campsa o Vía Michelin. Material:
Para el tiempo descrito, crampones, piolet, guantes y... sentido común
(el menos común de los sentidos, dicen los malpensantes). Hay
que taparse bien las orejicas y dedicos, que luego los sabañones
no resultan ser un recuerdo típico de Sabiñánigo,
sino algo que pica mucho. ;-)
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