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REGRESO
A LA BRECHA |
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27 y 28 de octubre de 2007. Decidir a dónde ir un fin de semana para hacer montaña no es tarea fácil. Hay innumerables destinos, infinitas posibilidades. En principio miramos hacia Sierra Nevada; pero las previsiones de mal tiempo nos hicieron volver la cabeza a Pirineos. ¿A dónde? ¿Y qué más da? ¡A la montaña! Bujaruelo y algunos planes esbozados para Marboré era lo que teníamos. Y muchas ganas de ponernos las botas. Bujaruelo se hallaba ya anochecido. El frío pirenaico se dejaba sentir en la vacía llanura del cámping, a tan solo 1.330 metros de altitud, sitiado entre clavadas laderas. Al extremo, fuera del recinto, se veía movimiento y luz en el albergue. Pero dentro del redil, la zona de acampada, ni una sola tienda. Fuimos al extremo opuesto del prado y, tras ubicar el coche como paravientos, sacamos los bártulos y empezamos a montar la tienda de campaña, con premura. El fuerte contraste de temperatura se dejaba notar. Sin mayores demoras, terminamos de colocar los avíos dentro de la tienda y nos introdujimos con presteza en los correspondientes sacos. Tras un buen rato de aclimatación, nos terminamos durmiendo, al calor de conversaciones varias y planes para el día siguiente. Bujaruelo nos recogía en su ventral regazo, con su fría y cercana oscuridad. Detrás, el arrullo del Ara, con sus jóvenes aguas viajeras La mañana siguiente no fue de especial madrugar. Dejamos que la pereza nos invadiera por algunos minutos más de los previstos y, tras un ligero desayuno (que no habría aprobado ninguna madre), iniciamos la marcha, bien abrigados, en dirección al puerto de Bujaruelo (o Gavarnie, como estilan llamar nuestros vecinos galos). Eran alrededor de as 8:30 de la mañana. Paramos tras unos 20 minutos de marcha, para aligerarnos de ropa, una vez metidos en faena ascendente. Subíamos por el sinuoso camino del puerto, entre pinos, tejos, hayas, rosales, bojes, algún majuelo... El otoño deja huella desigual en sus hojas, dotando de variado colorido, desnudez y abrigo, a la vegetación circundante. En un par de horas estábamos en el puerto (2.270 m.); prado pardo cubierto de hielo y escarcha. Variamos
hacia el camino de la HRP. En aproximadamente una hora (desde el puerto), habíamos atravesado el Collado de Sarradets y estábamos a los pies del Refugio de la Brecha (2.587 m.) En estas fechas se halla cerrado, aunque dispone de una parte abierta (no atendida). En un principio, antes de partir a la zona, sopesamos la posibilidad de hacer noche aquí, y adaptar la ruta a esta base de operaciones. Pero al no poder confirmar plazas disponibles, desechamos la idea. Esta vez, tan solo lo tomaríamos como un alto en el camino, nada más. Un punto donde parar unos minutos a comer, observar la siempre llamativa Brecha, y continuar viaje. La subida a la Brecha no reviste dificultad alguna, si bien ahora consistía en ese tipo de terreno 'tonto' donde no sabes bien si calzarte unos crampones o ir a bota limpia. Nieve cubriendo parcialmente la huella, más o menos dura, con algunos canchales al descubierto. Poca gente transitando, en comparación con otras visitas. Al cruzar la Brecha de Rolando (2.807 m.) el viento empezó a cantar. Al ver su paso limitado por tan altas paredes, su premura por seguir camino hace que el montañero note su indudable presencia. Viento frío, presuroso, que invita a buscar cobijo tras las rocas. Y hacer una nueva y breve parada.
Tras cruzar el Cuello de los Sarrios, giramos al Norte y empezamos a subir por el camino jalonado de hitos. Pasamos junto a algunas simas, abiertas al cielo como bocas que esperan algo que comer. Sus fondos, oscuros e insondables, apenas dejan oír el sonido de la piedra que cae en su interior. Da que pensar lo que sería encontrarse con ellas tras una reciente y copiosa nevada que las ocultara someramente. Subiendo al Casco, conviene tener en cuenta las marcas del camino y los hitos. No tiene pérdida, y siendo zona despejada, se puede acceder a cumbre casi por cualquier trocha. Tan solo que, aparte de la erosión innecesaria que se provocaría en las laderas, se hace más duro luchar con ese empinado canchal si no nos beneficiamos de la senda que otros abrieron antes. Y llegamos. La cumbre del Casco de Marboré (3.006 m.), pelada y extensa. La habitual acumulación de piedras señalando su punto culminante. Y una niebla en nuestro derredor que jugaba con las amplias vistas del lugar, ocultándolas la mayor parte del tiempo. Al norte, el valle asaeteado por las casas de Gavarnie; al Este, la ya conocida mole de la Torre (3.009 m.); al Sur, Ordesa muestra sus estribaciones. Y al Oeste... el camino de vuelta. Desde la Brecha a la cumbre del Casco habíamos tardado del orden de una hora; sin prisas. En unos 30/40 min. estábamos de vuelta en la Brecha. Nuestra siguiente meta era la cumbre del Taillón. Pero Daniel y Felipe, que ya habían estado en su cima, acusando el cansancio de la marcha, optaron por bajar al refugio y esperar allí. El resto del equipo optó por seguir hacia el Taillón. Se
trata literalmente de un "camino de vacas", aunque no por
ello mneos apreciable. La única dificultad que reviste este tramo
es (en este tiempo) la inesperada caída de trozos de hielo desde
lo alto de las paredes de Pointe Bazillac. Avanzamos
junto al Dedo y por la larga y suave (y algo pesada)
loma, atravesando el canchal, llegamos a la diáfana cumbre del
Taillón (3.144 m.) Esta vez el cielo estaba
despejado dejando otear los horizontes con generosidad. Cumbre solitaria,
vacía y llena a la vez. Minutos para meditar. O, sencillamente,
dejarse llevar. Muchas maneras de sentir. Tras
tomar un par de bocados, juntos de nuevo, con rapidez iniciamos el retorno
a Bujaruelo. La tarde va cayendo, y con ella llegan sus sombras. El
frío aumenta. Los tonos oscuros vuelven torvas las paredes. Cuando
andamos el último kilómetro a Bujaruelo, lo hacemos en
casi completa oscuridad. La luna llena nos está vetada por la
espesura de la vegetación. El domingo no amanecía con planes definidos. Nos hubiera gustado hacer Peña Tendeñera, pero el tiempo que restaba, según estimamos, no nos daba para más. Optamos por realizar una travesís de pleno disfrute, sin ataduras fijas que no fueran el poder marchar a una hora prudencial. Desde Bujaruelo, remontamos por el señalizado GR-11 hasta la cabaña de Ordiso. No siempre se 'puede' disfrutar de la montaña de esta manera. Y este domingo se apartó para tal fin. Avanzamos por un suelo cubierto de escarcha, entre bojes, abetos, hayas, acebos, avellanos, arces... Dulce orgía de colores otoñales, de variedad y riqueza como en pocas partes queda. Nada que ver con el bosque monotemático que las nefastas políticas de gestión forestal han favorecido por décadas en este país. Árboles, arbustos y herbáceas, salpicados en su medio, sin apenas alteraciones. Un mundo en el que lo único que sobra es... el hombre y sus acciones discordantes. Ascendimos por el valle de Ordiso, tras cruzar el puente, hasta la cabaña de pastores que lo remata. De ahí, giramos dirección Sur, en busca del Collado de Ordiso (2.232 m.) Pero íbamos sin mapa y un poco a tientas. Voluntariamente. Así que erramos el camino. Era una de esas ocasiones en las que 'perderse' es lo que menos importa. Quizá, incluso fuera lo buscado. Todo lo que nos rodeaba, incluso arriba, en medio del prado, merecía la pena ser recorrido. llegamos casi al Ibón de Ordiso, y de ahí, una vez conscientes de nuestro desvío, remontamos a las alturas que separan ambos valles, el de Ordiso y Otal (a donde queríamos ir). Desde ese punto no es posible bajar caminando hacia el Sur, pues las cumbres rematan en una pared cortada en la roca. Retrocedimos cresteando hacia el Collado de Ordiso y empezamos a descender hasta encontrar la variante de GR-11 que surca este valle de Otal. Nos dejamos caer por el amplio y luminoso valle. Enlazamos con la pista y, tras reponer agua en la Fuente de Oncins, hicimos parada final en Bujaruelo. Recogimos la tienda, intercambiamos pareceres y con ligereza, emprendimos el camino de regreso a casa. A Daniel y Felipe les esperaban con el rodillo en la mano, y esa demora no sería caldo de cultivo deseable en la convivencia marital. Decir
que fue un fin de semana bien aprovechado será tal vez caer en
los típicos tópicos. Pero es a la vez expresar lo que
sentimos. Un par de buenas cumbres el sábado, y una magnífica
travesía el domingo. ¿Qué más se puede pedir?
Sí. Que estos parajes, montaña y valles, sean preservados
y nunca se permita su masificación, su explotación y menos
aún su destrucción. Que sea la herencia que puedan contemplar
y disfrutar los nietos de nuestros nietos. Texto: Javiere
Y
el mapa de la ruta (en preparación) aquí NOTAS
Accesos:
Sí, lo sabemos. Nos hemos vuelto cómodos. Para saber
cómo llegar, por favor, consulta con Guía
Campsa o Vía Michelin. Mapas: De Ed. Alpina, Vignemale. Bujaruelo. Valle del Ara (a escala 1:30.000). Material:
Salvo en tiempo de invierno, no es ruta que precise material especial.
Buenas botas por los canchales que se atraviesan; quizá unos
bastones puedan ser útiles. Es aconsejable llevar crampones
y piolet en tiempo otoñal avanzado, invierno, o inicio de primavera.
Vamos, que ante la duda, mejor llevarlo.
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