MONTAÑEROS.POP
 
 
LAS TRES MARÍAS
 

Agosto de 2005. No hacía muchas semanas habíamos intentado ascender a los Eristes, sin conseguirlo. Nos quedamos en el Comajuana con el tiempo agotado. Esta vez regresamos con otras perspectivas, nueva línea de ataque y con más tiempo, muuuucho tiempo.

Día 6. El despertador sonó temprano; demasiado. En sábado. Tenía que existir alguna Ley que prohibiera semejante despropósito. ¿Madrugar? ¡Arrghhh! Mientras tanto, habrá que apechugar; a las 05:30 entonó su cantilena. Teníamos que preparar los avíos, desayunar y después, un buen trecho de carretera por delante. Desde el pueblo de Benasque, en unos 40 minutos nos situamos en lo más alto del Puerto de Saunc/Sahún (1.999 m), lugar de partida a pie.

Eran las siete y cuarto cuando, mochilas a la espalda, comenzamos a andar. Perdimos altura por la pista hacia la cascada de la Aigüeta de Llisat, para iniciar a continuación el escalonado ascenso a los ibones de Barbarisa, por sendero bien visible y marcado (hitos y pintura). Sabíamos de otro camino desde el puerto, manteniendo altura a media ladera. Pero desconocíamos su estado y optamos por lo conocido. La cascada también merecía una visita.

  Foto: Javier Rubio
  Por la pista desde el puerto de Saunc

Llegamos al pie del ibón de Barbarisa, el grande. En la ocasión anterior, desde este punto habíamos accedido hacia el Collado de la Ribereta, lanzándonos a un largo y lento cresteo que consumió nuestro tiempo. Esta vez decidimos cambiar de ruta: iríamos al fondo del valle, hacia el ibón Chelau (2.820 m aprox.) Tras un breve descanso, continuamos. De alguna manera, fuimos ganando altura a la par que desviándonos hacia el Oeste, de manera que terminamos enlazando con un camino señalizado que nos llevó al Collado de Barbarisa (2.577 m). Todo, por no parar y consultar mapa y brújula. Una vez hicimos esto último y nos situamos en el mapa (excepto Daniel, que se mantuvo "perdido" en toda la jornada), rectificamos yendo a media ladera hacia el ibón Chelau, al pie del Eriste Central.

Según las reseñas que habíamos consultado, desde ahí parten rutas que acceden a cumbre. Pero Felipe, que llevaba la cabeza de la marcha, no lo vio demasiado claro y, tras varios minutos de indecisión, optamos por buscar otras alternativas. Dejamos a nuestro lado dos diferentes caminos marcados con hitos, que ascendían por grietas y terrazas hacia lo alto, y llegamos a la Brecha de Bagüeñola. En este punto se abre una pedrera de fuerte inclinación e inestable suelo, que nos dio algo más guerra de la esperada. Al final del corredor, un tapón de roca nos animó a trepar por el lateral derecho en dirección al pico de Bagüeña o Tuca de Comajuana, un viejo conocido.
Estábamos ya casi en cumbre cuando Daniel de pronto supo qué pico era. Montó en cólera; no quería repetir su ascensión. ¿En qué estaría pensando? Al acceder por la brecha de Bagüeñola, por narices teníamos que pasar junto al Comajuana. No hubo manera. A escasos metros de su cumbre tuvimos que descender directos hacia los Eristes. Felipe se quedó con las ganas de hacer una cumbre a la que nunca había subido. Peeeero, Daniel es asín. ;-)

A media ladera, por interminables pedreras, llegamos al pie de la cara Este del pico Eriste Sur. Hay más de una vía de acceso, marcadas con hitos y evidentes. Optamos por la que nos pareció más cómoda, con alguna ligera trepada, nos alzamos a la larga cumbre del pico y fuimos cresteándolo hasta el hito que marca su punto culminante, 3.045 m.
Echamos un rápido vistazo hacia el otro extremo. Teníamos nociones de que bajar por allí suponía un rapel de cerca de 15 metros. Al final desistimos de comprobarlo. La cumbre es muy larga y el tranvía había pasado ya. Retrocedimos y descendimos por la misma vía de subida. A la sazón, Felipe se encontraba mal, algo descolocado, y tomó la dura decisión de retirarse. Bajaría hacia La Ball, junto al ibón, y nos esperaría allí.

Foto: Javier Rubio  
El Rey de la Montaña  

Mientras, nosotros continuamos con el siguiente objetivo, el Eriste Central. Visto desde el Sur parecía accesible por la misma cresta, salvado el rapel. Pero según nos fuimos acercando por la pedrera, encontramos que era de difícil acceso y que nos merecía la pena cambiar y dirigirnos al punto habitual de subida, en el medio de la pared Este. Coincidimos con un grupo de montañeros vascos, con los que iniciamos esta parte de la aventura.

La vía de acceso consiste en una brecha o canal aterrazado que asciende en diagonal, de derecha a izquierda, bien marcada con hitos. Algún tramo algo expuesto, pero accesible. Nos deja en la cresta, que superamos e iniciamos un corto descenso por la otra cara, la Oeste. A continuación, una canal nos dirige en constante y corto ascenso hasta la misma cumbre, 3.065 m. Todo ello bien evidente, sin que haya que memorizar requiebros.

Cumbre. Una meta más. El gato de peluche quería hacer un pis. Nos paramos unos minutos, contemplando el entorno. El cielo claro del día y la plena luminosidad solar invitaban a ello. Inmenso. A un lado, nuestra anterior parada, el Eriste Sur. Al otro extremo, el Eriste Norte, al que ya sabíamos que no íbamos a poder acceder. Habíamos consumido la mayor parte de nuestro tiempo en dudas y pedreras. El Eriste Norte nos hubiera supuesto posiblemente un par de horas más, y esas las necesitábamos para el largo descenso por la Aigüeta de la Val.
(Por cierto, nos negamos en redondo a llamar Pico Beraldi a esta cumbre; es uno de los arbitrarios re-bautismos de Buyse y su cuadrilla.)

Regresamos descendiendo por el mismo camino. Al pie de la pared nos despedimos de nuestros amigos vascos y nos fuimos en busca de Felipe. La pedrera no parecía terminarse nunca. Las piernas cada vez se mostraban más cansadas. Íbamos perdiendo altura a la par que nos desviábamos al Sur, para no meternos en los cortados del frente. Asustamos, sin desearlo, a unos sarrios que remoloneaban ajenos a nuestra presencia. Y tras larga travesía, llegamos al pie del ibón de Bagüeña donde nos esperaba Felipe plácidamente al sol. Teníamos los pies destrozados de tanta piedra. Las horas seguían pasando y el sol comenzaba a declinar.

Nos dirigimos más al sur, para encontrar la ruta marcada con hitos que nos permitiría descender el fuerte desnivel. De frente, cascada e impresionante cortado. Hacia el sur, fuerte y empinada bajada, pero marcada y accesible.

  Foto: Javier Rubio
  El Chapulín Colorado y su ayudante

Al llegar abajo, junto al río, paramos unos minutos a descansar. Felipe, como apenas había dado caña a las botas, se encontraba fresco y reluciente. Se cambió al calzado ligero y empezó a bajar por el camino como alma que lleva el diablo. Como es habitual en él, nos dejó atrás como si no nos conociera de nada. A veces da la impresión de que le han metido una guindilla por... ¡Ejem! Pasemos página. :-)

El camino de bajada era largo, casi inacabable. Pero el paisaje que nos íbamos encontrando daba motivos más que sobrados para hacerlo con ganas, animados. La Pleta de la Ball, pese al gran destrozo que el alóctono ganado vacuno hace en estas montañas, mostraba un aspecto idílico. En casi constante bajada, con algunas agradecidas subidas, nos fuimos acercando a nuestro destino final, el Santuario de Guayente/Guayén (1.100 m), donde habíamos dejado previamente un coche. Al llegar, el de la guindilla... esto... Felipe, llevaba un rato en nuestra espera. Nosotros no queríamos casi ni mirarnos los pies. Había calcetines que mostraban la puntera empapada en sangre acuosa.

Solo nos quedaba acceder de nuevo al Puerto de Saunc, recoger el otro vehículo y regresar a Benasque a lamernos las heridas. Veamos... echemos cuentas. Eran las nueve y cuarto. Habíamos salido a las siete y cuarto. ¿Tan solo dos horas de travesía? Mmm... Algo no cuadraba. Recapitulemos en otros términos: habíamos salido a las 07:15 y habíamos llegado a las 21:15 horas. ¡Ah! Ahora sí. En total, catorce horas de montaña. No está mal.

Catorce horas de tesón y placer. De paisajes limpios, de inmensas pedreras, de amplios y luminosos cielos. Catorce horas de camaradería. Había merecido la pena. ¿La guinda? Dejamos uno de los picos sin subir. Ya tenemos la excusa necesaria para regresar otro día... ;-) A ser posible, con un amplio manto de nieve que cubra las piedras.

¡Hey! Nos falta la coletilla. El día siguiente, domingo, había que hacer algo. ¿Cómo dejar pasar un día espléndido cerca de la montaña sin sentir de nuevo las piedras bajo los pies? Algo ligerito. Optamos por subir al siempre visitado y cercano pico de Salvaguardia, en el valle de Benasque, a la par que tropecientos montañeros más, de todos los niveles. Solo por las vistas merecía la pena. Unas dos horas y cuarenta y cinco aprox. de subida desde el aparcamiento de Hospital de Benasque, y dos horas y media de bajada, dejando que los pies sangraran a su sabor. ¡Qué bella es la montaña! :-)

Texto: Javiere

Más fotos de la ruta en este enlace

NOTAS

Accesos: ¿No sabes cómo ir? Échale un vistazo al enlace de la Guía Campsa para calcular la ruta. Recuerda que la pista que sube al puerto de Sahún sale desde el pueblo de Chía.

Mapas y Bibliografía: De Editorial Alpina (coedición con Geoestel), Pica d'Estats - Mont Roig (a escala 1:25.000). También Pica d'Estats, Vallferrera - Monteixo - Certascan - Salòria, de Ediciones Sua, mapas a escala 1:25.000 y 1:50.000 (de lectura algo dificultosa). Incluye guía con reseñas de Miguel Angulo y Nuria García.

Material: Para esta época del año, con ausencia total de nieve, nada de crampones ni piolet; solamente prestar atención especial al calzado. Son muchas pedreras y muchas horas de transitarlas. También hay que llevar suficiente agua; como mínimo, toda la que estimemos que podamos necesitar para el entero día. Protector solar.
En esta travesía hay que recordar la necesidad de llevar dos coches, dejando previamente uno en el punto de fin para poder regresar a recoger el primero.

 

 
 
 
 
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