MONTAÑEROS.POP
 
 
LA DAMA DE BLANCO
 

Julio de 2005. Fernando siempre está buscando nuevas "aventuras" con las que ocupar el tiempo. Como rabo de lagartija, no se sabe estar quieto. Esta vez su vista se había posado en el Mont Blanc, la cumbre más alta de la Europa occidental. Muy visitada, exageradamente concurrida, pero con la suficiente emoción como para echarle un vistazo. Lo propuso. Ante una invitación tal, ¿quién se iba a resistir? Era casi un deber. :-)

Este es uno de esos planes que se fragua por meses: días disponibles, horarios, transporte, previsiones del tiempo, alternativas, alojamiento... En fin. Las cosas que le dan sal a la vida. El día uno de julio, la fecha finalmente asignada para la partida, se acercaba inexorablemente y solo quedaba por rematar algunos flecos. Iríamos Fernando (País Vasco), Kako (Cataluña) y Javiere (Castilla la Nueva). Sí, otra vez como en los chistes: un vasco, un catalán y un castellano... :-)))
¡Hey!... Olvidaba decir que esta vez nos acompañó a la cumbre una nueva mascota: un gato de peluche de nombre Garfield, que hizo cumbre como un jabato. Nuevos tiempos, nuevas mascotas. ;-))

  Foto: Kako
  Fin de trayecto del teleférico. Vista al Mont Blanc

Nuestro punto de encuentro iba a ser el aeropuerto de Ginebra (Suiza). Optamos por ir en avión al ser este el medio más barato (unos 100 euros ida y vuelta) y rápido. El tiempo del que disponíamos era escaso. Mientras llegaba Kako, cuyo vuelo era el más tardío, Fernando y yo aprovechamos para hacer turismo por la ciudad de Ginebra (circunstancialmente había un campeonato de voley playa...) y localizar coche de alquiler. En el aeropuerto fue imposible: no había un solo vehículo disponible. En la ciudad tuvimos más suerte. Tras preguntar en un par de sitios, acabamos alquilando un Nissan Micra. Con él, esa misma tarde noche partíamos dirección Chamonix (Francia), donde pasaríamos la noche en un albergue de las afueras (Chamoniard Volant). Un poco cutre, pero barato.

La mañana siguiente, temprano, marchamos hacia la población de Les Houches, a escasos kms al Oeste de Chamonix. Tomamos el teleférico (salva un desnivel de 1.020 m a 1.800 m) que nos subiría hasta el tren cremallera (Tramway du Mont Blanc); este a su vez nos acercaría a Le Nid d'Aigle (2.372 m), estación terminal. ¿Por qué tomar medios de transporte mecánicos y no subir totalmente a pie? Eso nos planteamos también, quizá buscando la "pureza" del contacto pleno con la naturaleza. Pero la realidad y el tiempo del que disponíamos nos hizo preferir ascender este desnivel inicial de más de 1.350 metros de una manera más cómoda y rápida. Como el 99% de los que suben al Mont Blanc. Nos solidarizamos con ellos. :-)))
Tampoco sabíamos cómo andaríamos de fuerzas para el ataque final, y preferimos reservarnos; así como no gastar un día más de los escasos que teníamos.

Nada más bajar del trenecito, tras cargar las pesadas mochilas, iniciamos el ascenso, esperando no juntarnos con el tropel de montañeros que también emprendían marcha. Por ruta bien señalizada, atravesando pedreras y caminos excavados en la roca, llegamos al glaciar de Tête Rousse y nos desviamos al Refugio del mismo nombre (3.167 m). Llevábamos 1h 45m, yendo a paso normal "de mochilón". Paramos en el refugio para comer algo a resguardo, reponer líquidos y a continuación reemprendimos la marcha.

Foto: Kako  
Ascenso a los refugios  

El ascenso, tras el glaciar, volvió a convertirse en una trepada por roca, bastante expuesta en no pocos pasos, con roca algo resbaladiza, cubierta de nieve y hielo por tramos. Pasamos el afamado Grand Couloir, La Bolera, al parecer el lugar donde más accidentes se producen en todo el itinerario. Un ancho corredor de casi constante caída de piedras, imprevisibles. Un cable metálico cruza el paso, pero a tanta altura que carece de utilidad alguna. Tal vez en el pasado, con más nieve...
Seguimos con el ascenso/trepada, cruzándonos constantemente cordadas que bajaban. Ninguno de los que preguntamos había conseguido hacer cumbre. El clima del sábado allá arriba estaba siendo sido peor de lo inicialmente previsto, y habían tenido que darse la vuelta bajo fuertes vientos, completamente blancos del frío. ¿Tendríamos nosotros mejor suerte?

Por fin alcanzamos el Refugio de Goûter (3.817 m), en cerca de 2 horas desde el anterior; aquí pasaríamos la noche. Goûter (CAF), uno de los refugios más saturados y peor atendidos que pueda haber en el mundo. Una auténtica cueva de salteadores donde los guardeses hacen y deshacen lo que se les antoja. No había sitio para dormir, a pesar de que intentamos hacer la reserva con meses de antelación. Allí, in situ, vimos que a pesar de ello alojaban, según llegaban, a guías con clientes, montañeros federados de la francesa y amigos suyos. Para comer y cenar, igual. Poco y caro. Un detalle más: uno de los guardeses nos intentó robar un par de mosquetones mientras "limpiaba la mesa". ¿Será posible?
Finalmente pudimos quedarnos a dormir, previo pago, en bancos y mesas del comedor; también aquí había que pelearse por encontrar un hueco disponible. Hubiera sido una aventura bonita, una anécdota más a contar, de no ser por la mala, muy mala, imagen que nos dieron los piratas, eeeeeh, digo, guardeses. }:-)

A la 1:30 de la madrugada nos despertamos. Como no éramos de "los elegidos", tuvimos que esperar a que desayunaran todos los que estaban en la lista del refugio, y entonces nos dejaron comer algo. Por "suerte" Kako se encontraba con el estómago revuelto y pudimos repartirnos Fernando y yo parte de su desayuno. :-))) Salíamos del refugio, pertrechados, encordados y listos, a eso de las 3 de la madrugada, linternas frontales en ristre. La noche estaba calma, casi sin viento, con no demasiado frío. El tiempo ideal.

  Foto: Kako
  Atardecer desde Goûter. Mar de nubes

Impresionante. Abajo en el valle se veían las luces de Chamonix. Arriba, algunas estrellas y la leve luz de una luna en avanzado cuarto menguante. Solo el blanco velo de la nieve en las montañas multiplicaba su tímido resplandor. Y al frente, ascendiendo hacia el Domo de Goûter, una vistosa serpiente-luciérnaga zigzagueante formada por numerosas cordadas dotadas de linternas frontales. Era imposible no parar siquiera unos breves segundos y embeberse de todo cuanto nos rodeaba. Respirar hondo, sentir. Por esto, por todo esto, era por lo que habíamos venido hasta aquí. Por esto merecía la pena cualquier sacrificio.

Adoptamos un paso cómodo, pese a los intentos de Fernando por acelerar; puro nervio. Fuimos ganando altura, siguiendo una huella, clara y difusa a la vez, bajo las luces de los frontales. Adelantábamos a algunas cordadas que paraban a recuperar el resuello, o a recolocarse el equipo. Unos pocos se daban la vuelta sin hacer cumbre. ¿Molestias por la altura? Esa era nuestra mayor preocupación. Kako se seguía encontrando mal; estómago y cabeza. No las tenía todas consigo. Al llegar a la caseta Vivac de Vallot (4.362 m), tras haber dejado atrás el descansado llano del Domo, paramos unos instantes y sopesamos. Habíamos echado mano de las aspirinas desde mucho antes, como medida precautoria. Bueno. Ahora Kako parecía no ir a peor, se mantenía estable. Nos dio su conformidad. Continuamos avanzando. Subiendo.

Fuimos enlazando por las aristas, siguiendo la ahora muy marcada huella, adelantando a algunos pocos. Había que tomárselo con calma. Enfilamos la arista final, estrecha, que parecía no acabarse nunca, siempre en constante subida. Imposible parar a hacer fotos. Nos obligaban a hacer filigranas en precario los grupos que empezaban ya el descenso, con prisas. A ambos lados de la nevada arista los patios eran de impresión. Un paso en falso y... o bien se era muy rápido y diestro en la autodetención, o el fin podía ser muy negro (sobre blanco). El ir encordados era tanto seguro como arriesgado. Quizá mayores posibilidades de detención o... el riesgo de arrastrar en la caida al resto.

Foto: Kako  
En la cumbre del Mont Blanc  

¿Hacer el Mont Blanc en solitario? En las fechas "habituales", imposible. Nunca se está solo. O tan solo como se pueda estar en medio de una carrera popular, con gente alrededor, delante y detrás. Ir al Mont Blanc es ir de romería, como parte de una larga estela siguiendo el blanco camino. La ventaja es que siempre va a haber gente a tu alrededor, a quien pedir apoyo, si preciso fuera. La pena es que hay que pedir turno para subir y poder siquiera respirar. ;-)

Y llegamos a la cumbre. Altanera y soberbia, como solo una mujer lo sabe ser. Ninguna otra le hacía sombra. Nada enturbiaba su belleza, impoluta pese a la gran cantidad de montañeros llegando y marchando. Habíamos tardado cuatro horas y diez minutos desde el Refugio de Goûter para encontrarnos con una cima soleada, con no excesivo viento, aunque gélido. Ni un solo hito, ni una estaca, ni un vértice marcando el cenit. Pero, ¿en realidad hacía falta? La auténtica belleza no necesita de abalorios.

Arriba nos encontramos con Miquel Ángel y Josep, dos montañeros catalanes, de Lérida, que habían subido desde la Aguja de Midi. Intercambiamos opiniones, y optamos por bajar todos juntos por aquella ruta. Por una parte, hacíamos más interesante y diversa la travesía. Por otra, preferíamos evitarnos el penoso descenso desde Goûter, destrepada incómoda y precaria. Nos asombraba haber visto en la madrugada, a oscuras, subir gente desde el refugio de Tête Rousse. ¿Cómo se arriesgaron a cruzar por La Bolera sin tener visión? ¿Cómo, para trepar por entre las rocas heladas? Enigmas de la montaña; o de la mente humana.

Y empezamos el descenso. Mientras observábamos cómo algunos optaban por la vía rápida y bajaban en parapente (hubo no pocos esa mañana), nosotros comenzamos a perder altura en dirección a Mont Maudit (4.465 m). No nos desviamos hacia su cumbre; la dejaríamos para otra ocasión. Nos entretuvimos con bajar su collado, Col du Mont Maudit (4.345 m), pared cuasi vertical equipada con una poco confiable cuerda fija. Íbamos con la idea de cierta estaca en la parte superior, que nos habría permitido bajar rapelando. Pero no había rastro de ella. Tan solo el anclaje de la cuerda, oculto bajo la nieve y nada presto a ser utilizado en otros menesteres. ¿Se la habría llevado un vampiro? Como le tienen tanta querencia a las estacas...

  Foto: Kako
  "Mira, aquello es la Tour de Eiffel"

La pared en sí no es especialmente dificultosa. Lo que complica su tránsito es la masificación. Cordadas que se empeñan en bajar y subir al mismo tiempo, sin ceder el paso (en especial los prepotentes "guías profesionales" de la zona) y una traza pisada por múltiples crampones, con tramos de hielo "granizado", de difícil clavada. Había que tantear bien dónde se ponían crampones y piolet. Al no poder asegurar, optamos por bajar desencordados, para no comprometer la integridad de la cordada. Si alguno se caía... problema suyo. :-))) Señores gobernantes de la zona, ¿para cuándo un semáforo que regule el tráfico aquí? Y ya puestos, una azafata ofreciendo dulces refrescos para mitigar la espera...

Tras este paso, continuamos perdiendo altura, entre seracs a ratos, para luego subir hacia el hombro del Mont Blanc du Tacul (4.248 m). Tampoco nos desviamos a su cumbre (¡Sniff!) Bajábamos con una cierta prisa. Josep y Miquel Ángel nos iban a acercar a Les Houches, donde habíamos dejado el coche, y no podíamos demorarlos. Ya habría ocasión para hacer cima en otra visita.

En poco más de cinco horas desde la cumbre del Mont Blanc, con vertiginosas bajadas entre enormes grietas y cavidades, llegamos a la Aguja de Midi. En las cercanías del Refugio des Cosmiques (3.613 m), en la explanada del Col du Midi (3.532 m) había varias tiendas plantadas sobre la nieve. Ascendimos por la vertiente Este, donde se halla la cueva de acceso y, tras una aérea arista nevada, con nada que envidiar a la postrera del Mont Blanc (los patios no dejaban lugar a dudas), llegamos a "zona civilizada". Dejamos tranquilamente que nos atracaran con el precio del teleférico, y descendimos casi directos (hay un trasbordo a mitad de camino) hasta el mismo corazón de Chamonix (¿de dónde salían tantos japoneses?)

Había merecido la pena. Habíamos tenido suerte, mucha suerte. Dimos con un día espléndido, ideal. El sábado nos hubiera sido imposible alcanzar la cumbre, por el mal tiempo. El lunes siguiente, que lo habíamos dejado como día de reserva o para otra actividades, estuvo lloviendo la mayor parte del tiempo. La elección era clara, sin dudas: tuvimos que dedicarnos a hacer turismo por Chamonix, de tiendas y bajo los soportales.

Foto: Javier Rubio  
Kako equipándose para la montaña  

De un viaje como este, de casi cualquier viaje, surgen mil anécdotas que sería enfarragoso narrar con pormenores. Esas quedarán para las tardes de otoño, a la luz de un astro que fenece. Esta vez, la montaña se dejó amar. Y la amamos, con pasión, hasta el final. Llenamos cada poro con su esencia, con sus infinitos horizontes y su sempiterno espíritu. Nos dejamos embelesar por ella, y fue mutuo.

A ti, montaña, que nunca nos abandonas, que siempre nos cobijas y das amparo. Que recoges nuestros cuerpos con dureza a veces, pero también con infinita dulzura. Con amor y cariño. A ti y por ti.

Epílogo: Conducíamos camino de Ginebra cuando nos dieron la noticia: nuestro amigo y compañero Alejandro había dejado su vida al caer junto al Argualas, en el Pirineo aragonés. Iba acompañado de su inseparable cámara; se rezagó del grupo para sacar unas fotos. Era un buen amigo, montañero experimentado, corredor, consocio de club.
Al camarada caído, a Alejandro, vayan dedicadas estas líneas. Te echamos de menos.

 

Texto: Javiere

Las fotos en el siguiente enlace

Ruta marcada sobre el mapa (en preparación)

 

NOTAS

Acceso y otros datos de interés: Viajar en avión desde Madrid a Ginebra salió por unos 110 euros (ida y vuelta). Unos 80 desde Barcelona. En coche habríamos gastado más (combustible, peajes, falta de sueño, tiempo...)

El teleférico de Les Houches-Bellevue abre a las 8 de la mañana. No merece la pena madrugar más. Está en combinación con el tren cremallera, para que la espera no sea larga. Todo un detalle. :-)))
El precio del teleférico de Les Houches (ida y vuelta) es de unos 12 euros. El tren cremallera (Tramway) supone otros 12 euros aprox., ida y vuelta. El teleférico que baja desde la Aguja de Midi a Chamonix city cuesta 30 euros. Si es ida y vuelta, 32. Increible, ¿verdad? Por esos precios ya podían servir bebidas en el trayecto. (¿Por qué damos precios de ida y vuelta? Porque en un principio pensábamos subir y bajar por el mismo sitio y así sacamos los billetes. Hay muy poca diferencia de precio. El clima favorable nos hizo cambiar de opinión.)

El refugio de Goûter. Arbitrario, caro y desorganizado. Nos cobraron 11 euros por dormir en el suelo del comedor. Habíamos enviado por fax con mese de antelación el fax para la reserva, pero nos dijeron que les había llegado tarde (!!) Luego vimos que acomodaban en camas a quienes les daba la gana. Cuestión de amiguismo. La comida es mala, escasa y cara. Nos dieron la excusa de que se habían quedado sin suministro. Por casualidad vimos la puerta del almacén abierta, y estaba surtido hasta el techo. Nos dijeron que se les habían acabado los huevos. Tenían varias docenas. Se ve que lo reservan para los "elegidos". Las latas de refresco, nos las cobraban a 4,20 euros cada una.
Un dato triste y esclarecedor de su concepto de montaña: los inodoros del refugio dan directamente a la ladera rocosa. No tiene tratamiento alguno. Todo el excremento, tal como sale, cae directamente por el agujero a la ladera desnuda.

El precio del tren desde el aeropuerto a la ciudad de Ginebra (tarda menos de 5 min) es de unos 3 francos suizos. Ojo al dato: en los expendedores automáticos hay que saber buscar, pues no aparece en la lista común. Si uno, acompañado de su buena fe, le pregunta al revisor incluso en el andén, este amigablemente le animará a subir al tren (no problem!) y le cobrará... con recargo. Unos 9 francos suizos.

Para alquilar coche, es preferible buscar con antelación ofertas y contratar por la Internet. Es necesario comparar precios de la diferentes casas, pues varían mucho.

Mapas y bibliografía: Entre algún otro, utilizamos el mapa de "Alpes sans frontières", Petit Saint-Bernard, Mont Blanc (nº 16 de la colección), del Institut Géographique National, francés, a escala 1:25.000. Se puede encontar fácilmente en tiendas especializadas en cartografía en España.

Material: Imprescindible portar crampones y piolet. Muy recomendable el uso de casco. La altitud se hace bien patente, el frío es intenso, y es necesario llevar buenas prendas de abrigo. Gafas y protección solar. Aspirinas u otro analgésico será algo a llevar siempre, se use o se tenga solo por precaución. De este detalle puede depender toda las ascensión.
Cuerda, arnés, algún mosquetón HMS; no estaría de más llevar un par de cintas y algún maillón. Solo lo imprescindible, pues el peso es otro factor crucial. Ojo: no es imprescindible ir encordado, fácilmente se puede ir sin cuerda. Pero en ciertos momentos puede tal vez servir de ayuda, física o psicológica.
Saco de dormir si se va a pernoctar en alguno de los refugios sin disponer de cama o enchufe.
Y dinero. Muuuucho dinero. En efectivo, en tarjeta de crédito, en Bonos del Estado (no; los billetes del Monopoly no valen). Eso, o una navaja lebrijana para ir consiguiéndolo por el camino. }:-)

Un último apunte. Subir al Mont Blanc no es difícil. Todos los años suben montañeros con muy desigual formación: desde el experimentado hasta el ocasional y neófito. Es casi una cita obligada; al alcance de muchos. Evidentemente el rendimiento va a evidenciar una cosa u otra. La experiencia tal vez no se note demasiado si las cosas salen bien. Pero ante un imprevisto (caída, mal estado de la nieve o del tiempo, etc.), el tener nociones de montaña, de avanzar en cordada, autodetención, uso del material, puede ser decisivo. Los riesgos, cuanto menos y más controlados, mejor.

 
 
 
 
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