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PICOS
COMAJUANA Y MALADETA |
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Abril de 2005. Era hora de salir de nuevo a "las grandes aventuras del mundo mundial". Los tres Eristes, cumbres no demasiado visitadas, eran el plan inicial. Como otras veces, el grupo se vio reducido por imprevistos familiares (¿verdad, Felipe?). Pero el objetivo estaba claro; la ocasión, a la vista; y el ánimo... ¡por las nubes! La peculiar versión de Daniel lo narra: "Si
escribe, sin haber subido, no puede hacer nada. Además
de injusto sería mentira porque, y ya lo señalo desde
un principio, nos desviamos y no nos dimos cuenta de ello; nunca llegamos
a la cima del Eriste sur y mucho menos a la del Eriste
central. Y lo más extraño: cuando nos percatamos
no quisimos, no nos hacía falta, enmendar nuestro error y subir,
al menos, al pico de los tres Eristes más cercano. Simplemente
hubieramos estropeado el día, lo habríamos cambiado por
otro distinto al que vivimos y nunca nos lo hubiéramos perdonado. Dejar el coche en el Puerto de Sahún/Saunc (1.999 m), en lo más alto de la pista que une Chía con Plan. Coger el camino que baja a nuestra derecha hasta la cascada del barranco de Surri y tras la cabaña d‘es Prats (o Barbarisa) parte un evidente sendero de pequeño recorrido (marcas verdes y blancas) que nos llevará primero hasta el ibón inferior de Barbarisa, luego al ibón de Barbarisa y subiendo por inclinadas palas de nieve –no he señalado que había mucha, que todo era blanco, a partir del ibón inferior– llegar al collado de la Ribereta (2.538 m) y ... a partir de ahí es recomendable no perderse, ¿o quizás lo contrario? Quién sabe; depende del día. El
caso es que unos metros antes de llegar al collado nos desviamos a nuestra
izquierda y ascendimos por un inclinado y duro corredor nevado a las
primeras estribaciones de una cresta que, evidentemente, llevaría,
sin perder altura en casi ningún momento, hasta la cima del Eriste
sur. Hacía calor, lucía un sol impresionante
y todo estaba cubierto de nieve y hielo. El panorama a derecha e izquierda
de la cresta era sublime, inmaculado; solo el reguero de nuestras huellas
y el de un solitario montañero que nos encontramos rompía
el espejo de nieve que nos envolvía. En lugares así te
das cuenta de lo insignificante que eres. Somos solo parte de la tierra
y asimismo ella es parte de nosotros: las escarpadas montañas,
ese pino solitario y perdido, el águila que otea desde lo más
alto, las rocas, las piedras, los diminutos insectos y el hombre, todos
pertenecemos a la misma familia. Me vienen a la mente las palabras de
Noah Sealth que describen perfectamente el sentimiento que te embarga
en esas alturas:
También yo me siento a veces como 'un salvaje que no comprende nada'. Pero solo es a veces y cada vez son menos las veces y me duele profundamente que sea así, que no me sienta más a menudo y, por qué no siempre, como un salvaje que ni comprende, ni quiere comprender nada. La cresta no es nada fácil para mí. Es estrecha, muy aérea, está llena de rocas que requieren continuamente el uso de las manos y no parece nada segura pues está cubierta de nieve que forma, junto con el hielo, traidores aleros. Poco a poco vas entrando en ella y a la vez, poco a poco, te das cuenta que sólo tienes una salida: seguir hacia adelante; no hay marcha atrás. Solo sabes que por aquí no debes de retornar, tienes que buscar un camino distinto para volver; es como la vida misma: no hay retorno por el mismo sitio, hay que buscar otra senda. A mi derecha el patio impresiona. Abajo está el ibón de Barbarisa, completamente helado y nevado; a mi izquierda, en una vista algo menos aérea, se distingue el valle de la Ribereta, también completamente nevado. Hay un ibón absolutamente helado y, más lejano, otro con forma de amatista, negro y también congelado. Enfrente, los inaccesibles Eristes; hacia la derecha, la cresta que nos lleva desde el Espadas al Posets. A lo lejos se distingue perfectamente todo el macizo de la Maladeta, con su cumbre principal: el Aneto; el macizo del Turbón, el Cotiella, la sierra de Cha, el Gallinero... ¿Por qué le ponemos tan bellos y sonoros nombres a estas cumbres y luego somos incapaces de respetarlas? Retornan a mi cabeza las palabras de Noah Sealh: "Deben
enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas
de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está
enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan
respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado
a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra
a la tierra le ocurriría a los hijos de la tierra. Si los hombres
escupen en el suelo, se escupen a sí mismos. No deseo extenderme más, no es dónde llegamos, qué pico subimos, qué cumbres hicimos. No quiero saberlo, me es indiferente. Me basta con tener las imágenes grabadas en mi retina para siempre. Solo quiero compartir una mínima parte de los sentimientos que me embargan en este momento recordando ese día. Segundo día Domingo
6:00 AM; suena el dichoso despertador, estoy cansado y noto las piernas
cargadas. Las once horas empleadas en la excursión de ayer pasan
factura, como era de esperar. Aún así no me cuesta levantarme.
Nos espera otro gran día. Hoy vamos a intentar coronar
La Maladeta, uno de los grandes tresmiles de nuestro Pirineo. Como debía
haberme imaginado, y más después de lo de ayer, la pista
de Llanos hasta La Besurta está nevada; no hay un gran espesor,
pero sí el suficiente para que la gente vaya esquiando y los
coches, por supuesto, no puedan pasar. Allí las cosas empiezan a complicarse. Hay mucha nieve, con bastante espesor; no se ve el camino habitual de subida al refugio de La Renclusa y debemos tirar hacía arriba como podemos; en muchos lugares nos hundimos hasta la rodilla en la nieve. Nos lamentamos y quejamos pese a que desconocemos que esto no es nada en relación a lo que nos espera. ¡Quién hubiera tenido unas buenas raquetas en ese momento! Es culpa de Javier, ¡seguro! Tanto cursillo y no aprende nada. Eso que hace años que va conmigo y con Felipe; pero no aprende. Tampoco
es para quejarnos tanto pues, en una hora y tres cuartos desde que salimos
de Llanos del Hospital (1.750 m), estamos en La
Renclusa (2.140 m). 'Desde aquí no se ve, está ahí detrás. Subes toda esa pala de nieve por donde va la gente, llegas al Portillón Superior y desde allí comenzarás a ver el pico. De todas formas no tiene pérdida; es todo recto para arriba, por donde va todo el mundo.' ¡Todo el mundo! Está bien empleada la expresión. Miro y hay una verdadera multitud subiendo por la nieve; parece una interminable fila de hormigas que va reptando montaña arriba. Hay muchos chavales con la tabla de snow a la espalda; otro tanto de montañeros como nosotros. Pero predominan los esquiadores de montaña que van subiendo poco a poco, formando innumerables eses por la huella bien marcada que existe.
Hay bastante espesor de nieve y está húmeda y blanda. No en vano ayer hizo un día veraniego y son ya las nueve de la mañana; pero subir todo recto hacía arriba no ofrece demasiado problema. Ha pasado mucha gente antes que nosotros y se trata de seguir sus huellas. En el fondo es como ir subiendo escaleras. Afortunadamente, no hace hoy un día como ayer; está nublado y a rachas sopla un aire frío procedente del Oeste. Pero el esfuerzo es notable y en poco tiempo te sobra casi toda la ropa que llevas puesta. Paso a paso, escalón a escalón, llegamos al Portillón Superior (2.908 m), donde vemos la primera roca en toda la ascensión. Allí, como era de esperar, un buen montón de gente. La mayoría, se desvía a la izquierda camino del más grande, ¡que no del más bello! (no me cansaré de repetir que ese es el Midi d’Ossau). La atracción “del más alto” seduce a las “masas”; y no es que eso sea malo; siempre y cuando uno sepa dónde, cómo va, si está preparado. Y sobre todo que no es el único e imprescindible pico a “conquistar”. Me sigo quedando sin palabras cuando te dicen: “ten en cuenta que yo me he hecho el Aneto”, o frase similar, queriendo dejarte claro que son unos expertos montañeros pues han subido al “más alto”. Uno no puede entrar en el paraíso sin haber pasado anteriormente por el purgatorio... digo yo. Unos metros más arriba empezamos a ver el escarpado pico de La Maladeta (3.308 m). El acceso a su cumbre es evidente: hacia la derecha se distingue un empinado canal nevado por donde vemos otra “fila de hormigas” trepando. Cruzamos el peligroso, en época estival y otoñal, glaciar de La Rimaya (de la Maladeta) por el centro. Ni rastro de sus renombradas y numerosas grietas y llegamos al pie del canal de acceso. Tampoco ni rastro de la famosa y peligrosa rimaya. La nieve lo tapa todo. Dejamos mi mochila, Javier no quiere, dice que no se siente montañero si no lleva algo a la espalda... ¿Y cuando no lleva nada? ¿Qué será Javiere cuando no lleva nada a la espalda? Empiezo a subir el empinadísimo canal. Hay muchos agarres y el único problema son las bolas de nieve y hielo que me caen en la cabeza y la cara procedentes de las personas que me preceden. El canal es muy aéreo y da cierto vértigo si miras al vacío; “bajando será peor”, pienso. En pocos minutos estamos en el pequeño Collado de la Rimaya donde desemboca el canal. Para acceder a la cumbre nos quedan apenas diez minutos de camino por una ancha y nevada loma que no ofrece la más mínima dificultad. La vista es espléndida. Me llama la atención abajo el Lago de Cregüeña, todo helado y nevado. El pico Aragüells, las agujas de Cregüeña, el Alba al fondo a mi derecha, la Muela y el Diente de Alba, tantos y tantos picos conocidos y tantos otros o más por conocer; necesitaría varias vidas para poder decir que conozco tan solo este increíble valle de Benasque. Mientras caminamos sorteando rocas hacía la cumbre se levanta un fuerte y frio viento. Voy poco abrigado y empiezo a tiritar, tengo ganas de bajar y ponerme el abrigo que llevo en la mochila. En pocos minutos, y cinco horas después de nuestra partida, estamos en la cumbre (3.308 m). Hay unas grandiosas vistas del Aneto, su glaciar, del Pico del Medio, del Pico Coronas, de tantas y tantas montañas... Apenas unos minutos para hacernos unas fotos, dejar que Javier se suba por unos peñascos y saque de paseo a su tortuga y cogemos camino del corredor de subida. Bajar, como intuía, se me hace más difícil; voy poco a poco, asegurando cada agarre y clavando una y mil veces el piolet. Sufro de vértigo y en muchas ocasiones me he preguntado a mí mismo qué narices hago dando tumbos por estas montañas. Por suerte me olvido rápidamente de esos repentinos miedos que me entran de cuándo en cuándo. Nos tomamos un merecido descanso comiendo unos bocatas y unas peras (que pena me da cuando veo a montañeros “alimentarse” de barritas energéticas, ¡puagggg, qué asco!) mientras observamos a toda la “fauna” que pulula por aquí arriba. Hay de todo: jóvenes, mayores, veteranos, con esquíes, con tablas de snow, hombres, mujeres.... A todos se les ve contentos, de buen humor, felices de estar aquí; eso es una de las cosas, de las muchas cosas, que la montaña consigue cuando nos muestra su cara más amable. Bajar casi corriendo, alargando la zancada, y hundiéndose hasta el ombligo en la nieve es al principio muy divertido. Cuándo no te has roto la pierna que se ha quedado atrapada en la nieve pero has estado cerca, cuando te has ido de narices contra la nieve, cuando, y pese a llevar puestas las polainas (imprescindibles), tienes los pies mojados, la cosa ya no es tan divertida. Al final, cansados de tanto hundirnos y del esfuerzo que supone sacar toda tu pierna del agujero que se forma a cada paso que das, lo único que deseas es llegar al coche. Con envidia vemos cómo los esquiadores y los surferos pasan a toda velocidad a nuestro lado. Para ellos seguro que este descenso no se está haciendo interminable. El año que viene voy a intentar hacer de nuevo este pico, subirlo y bajarlo con las tablas en los pies; seguro que lo consigo, solo me falta dominar algo más –mucho más– la técnica del esquí.
Después
de nueve horas nos encontramos de nuevo en Llanos del Hospital,
quemados por el sol de ayer y por el reflejo de la luz en la nieve,
cansados, famélicos pero felices y contentos como críos. Apostilla
(de Javiere): Me he comprometido a no censurarle a Daniel lo que
escribe, y así se lo dejo. Mi esperanza es que se lo coman los
demonios el Día del Juicio final, por malo. :-))) Para la
ruta al Pico de la Maladeta, no hay dificultad alguna.
Acceder al Refugio de la Renclusa (buena parada para
aprovisionarse de agua) y continuar en una constante subida casi en
línea recta dirección SSO. La picuda cumbre destaca sin
lugar a dudas, con su bloque granítico de cúspide. En
tiempo cálido mucho mucho cuidado con la rimaya del glaciar.
Conviene entonces buscar otra ruta alternativa; por ejemplo, cruzando
al otro lado del Portillón Superior y llegando por el pico
Abadías. Texto: Daniel Cama Más fotos de la ruta en este enlace NOTAS Accesos: Bueno, como estilamos últimamente, ya que es más cómodo, remitimos al enlace de la Guía Campsa para que cada uno se calcule su ruta. Hay que recordar que el pueblo donde se toma la pista al Puerto de Saunc es Chías, no el pueblo del mismo nombre (Saunc/Sahún). Ojo al dato: la pista de acceso es de hormigón, en un "aceptable" estado. Pero en invierno es habitual ver amplios tramos cubiertos de nieve. Hay que estar preparados a tener que dejar el coche antes de lo previsto. Algo similar ocurre para la ruta al pico de la Maladeta, con acceso por Hospital de Benasque. Puede estar la ruta cortada desde el aparcamiento previo, o permitir el paso hasta el Plan de Senarta, o tener disponible un autobús lanzadera... Pero, ¿a quién no le gusta la aventura? Mapas y Bibliografía: De Editorial Alpina ambos. Posets Perdiguero. Valles de Benasque y Estós (a escala 1:25.000) para la zona de los Eristes. Maladeta Aneto. Valle de Benasque (a escala 1:25.000) para el macizo de la Maladeta. Son consecutivos. Material: Crampones y piolet. Los cresteos descritos por la Tuca de Comajuana no precisan siquiera de cuerda. No olvidarse los guantes, como le pasó a "uno". Buenas polainas y protección solar. Habría que habernos visto a los dos días de las rutas: se nos caía la piel de la enrojecida cara a tiras. :-))))
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