MONTAÑEROS.POP
 
 
EL SUR TAMBIÉN EXISTE
 

Enero de 2000. Actividades invernales por Sierra Nevada.

Viernes 12. Nieves Durán, Javier Valle y yo mismo, conformamos el reducido grupo que decidió desafiar a la lluvia que, hasta esta misma mañana, nos había venido acompañando durante toda la semana. Nuestro destino, Sierra Nevada; más concretamente la zona del Refugio Poqueira.

Después de un cómodo viaje hasta Granada nos dirigimos a las Alpujarras. Atravesamos pueblos de marcado acento andalusí: Lanjarón, Orgiva, Bubión y, por último, Capileira, que nos recibe con un fondo de montañas blancas, un cielo lleno de estrellas y una luna de las que anuncian una gélida noche.

Sábado 13. El despertador ha sonado a las 7:30, pero la noche lo envuelve todo aún, y hay pocas ganas de abandonar el cálido refugio que nos dan los sacos. Después de remolonear un rato, hemos tomado un copioso desayuno y posteriormente enfilamos carretera para arriba. Pero poco podemos avanzar, porque a la vuelta de una curva, a escasos kilómetros del pueblo, tenemos que retroceder debido al hielo que cubre la carretera, y yo no he realizado el curso acelerado de conducción sobre hielo. Aparcamos el coche en la desviación de la central eléctrica. Según un paisano que pasaba por allí, hay escasamente 3 km hasta el punto donde habría que dejar el coche. Lo que quiere decir que tendremos que portear otro tanto los esquís.

  Foto: Felipe Rodríguez
  Pista y nieve

Por suerte para nuestras espaldas, ha sido un alivio poder plantar los esquís sobre la nieve en un corto plazo, y esto nos hace crecernos ante el espectáculo que nos brindan las montañas, que podemos ver a la vez que foqueamos. Destacado y fácilmente reconocible está El Veleta. Vamos deslizándonos por la carretera cubierta de nieve hasta una curva pronunciada donde se encuentran unas casitas. A partir de aquí, abandonamos la carretera y seguimos unas trazas que suben por la raya de los pinos; suponemos será el cortafuegos del que nos habló el guarda del refugio. Pero después de superar una cuesta empinada estamos de nuevo en la carretera.

Siguiendo las huellas de nuestro desconocido guía, volvemos a dejar la carretera para subir acortando una curva de la misma. Pero para nuestra sorpresa, nos corta el paso una acequia de agua que no sin algún que otro problema conseguimos sortear. Como dice la canción, "de nuevo en la carretera" y esta vez vamos a seguirla hasta que no tengamos claro que es más ventajoso abandonarla. Mientras subimos, el paisaje que nos rodea se vuelve mas nórdico. La carretera, totalmente cubierta, sin ninguna huella; los pinos retorcidos por el peso de la nieve; un silencio invernal que lo envuelve todo... Para romper los tópicos, al volver la vista atrás los rayos del sol iluminan en la lejanía el mar, consiguiendo que el paisaje casi parezca irreal. Al cabo de un tiempo, no sabría precisar bien cuánto, pues he perdido la noción envuelto en este ambiente, nos encontramos con el referido cortafuegos, que sube empinado. Ahora sí debemos dejar la pista, o carril, como la llaman por aquí, pues nos ahorraremos bastante tiempo y ganaremos altura con más rapidez. Después de más de dos horas de marcha solo estamos a 1.800 mts.

Ya no subimos tan alegres. La cuesta se nos atraganta y no tenemos más remedio que zigzaguear para hacerla más llevadera. Se acabó el tiempo del paseo bucólico por el pinar. Ahora toca agachar la cabeza y empezar a sudar la camiseta. Nos ha llevado casi una hora llegar hasta una caseta que hay en lo alto de unas piedras. De nuevo la carretera se cruza ante nosotros y nos hace dudar el camino a seguir. Al fondo vemos toda la cuerda de Sierra Nevada: Elorrieta, Loma Púa, Veleta, Cerro de los Machos y Mulhacén y, al pie de este, adivinamos el Refugio, una pequeña mancha oscura en la ladera blanca; realmente está lejos. Llamamos al guarda para confirmar que llegaremos y nos dice que estamos en Puerto Molina y que tenemos dos opciones: o seguir por la pista, lo que nos supondría unas tres horas y media, o hacer una media ladera en dirección al refugio. Optamos por la segunda opción, ya que nos ahorraremos una hora y parece bastante factible, a pesar de que no vemos por ningún lado el carril que, según el guarda, sale de la última curva que da la carretera y que nos llevará directos al refugio.

Aquí si que estamos sudando la gota gorda. La susodicha media ladera nos está suponiendo abrir huella en nieve fresca pero muy pesada, y más con los zuecos que se nos hacen en las pieles de foca. Algunas veces parece que voy con las alzas puestas y que llevo un lastre de varios kilos. Para mas inri, hemos agotado casi nuestras existencias de agua. El Refugio sigue ahí, en el horizonte, pero parece que no nos acercamos ni un poquito. A partir de la última parada, que hemos utilizado para reponer fuerzas y tratar de poner los calcetines en su sitio, para que no sigan produciendo las malditas rozaduras, casi he ido con el piloto automático; el calor y la falta de hidratación están haciendo de las suyas. La verdad es que el día tan maravilloso de sol que hace es lo único que a estas horas me da ánimos para seguir. Si hiciera un día de perros, nublado, con aire y frío, estaría más hecho polvo de lo que estoy. Parece que no llega el final, pero ya debe de estar cerca, porque ahora el refugio se ha ocultado tras una loma, que es el último escollo que nos falta por salvar para llegar a él. Llegados a la loma contemplamos el Refugio, que se nos ofrece con una suave bajada para resarcirnos de la paliza que llevamos encima; pero no todo el campo es orégano y la “bajadita” se convierte en una remada sin pieles y a talón suelto que nos remata.

Foto: Felipe Rodríguez  
Acarreo de esquís  
En el porche del Refugio nos recibe el guarda. Nos ha estado siguiendo desde que le llamamos y no se explica cómo hemos tardado casi tres horas en recorrer la “media ladera”. Antes de nada nos despojamos de las botas y de la ropa empapada por el sudor y practicamos un poco de “Sol y Nieve” en las escaleras del Refugio. Hay que aprovechar los rayos del sol porque cuando se vayan nos vamos a pelar de frío.

Un poco más tarde llega un grupo de andaluces que ha subido desde la central eléctrica a pie y en tan solo 4 horas y media. Su intención es subir a dormir al vivac de La Caldera, pero según pasa el tiempo y el sol se va ocultando, un ligero viento del norte empieza a soplar, lo que termina de enfriar los ánimos de estos aguerridos montañeros. Y digo esto porque nosotros parecemos unos señoritos a su lado, con esquís y con un macuto pequeño, la cena reservada y una cama calentita (bueno, eso es otra parte de la historia). Ellos, a pie, hundiéndose hasta la rodilla, con un armario por macuto y dispuestos a subir en medio de la noche y con alegría.

El refugio, a pesar de ser de nueva construcción, es frío como una nevera. Nos pasamos el tiempo hasta la hora de la cena alrededor de la chimenea del comedor que acaba de encender el guarda, para tratar de calentar nuestros cuerpos y sobre todo los pies. La cena por lo menos ha sido abundante y variada. Antes de meternos en la cama nos tomamos un Cola-Cao y nos pertrechamos para no pasar mucho frío: tres mantas per cápita y bastante ropa puesta.

Domingo 14. Después de una noche no muy calentita, hemos bajado a desayunar y a preparar todos los bártulos para ponernos en marcha con los primeros rayos de sol, que apenas calientan nuestros cuerpos. Desde el refugio seguimos unas huellas que se adentran en el barranco del Mulhacén y, llegados a este, las abandonamos para buscar el fondo del barranco y separarnos un poco de la ladera oeste del Mulhacén, que vemos un poco amenazadora sobre nuestras cabezas. Después de superar varios resaltes llegamos a una especie de falso llano iluminado por el sol; desde aquí optamos por seguir ganando altura hacia el collado del Ciervo y desde allí, siguiendo la cresta, pero un poco alejados de ella, hasta la cumbre. Hemos ganado altura con rapidez pero la nieve no nos da confianza para seguir con esquís, dada la inclinación que tiene esta ladera y la aparición cada vez más frecuente de placas de hielo. En una pequeña repisa que nos fabricamos con los piolets cambiamos las tablas por los crampones y proseguimos con la ascensión. En menos de una hora que se nos hace interminable estamos pisando la cima más alta de la Peninsula. La soledad es absoluta. Nos encontramos solos, pues el grupo de andaluces ha subido más directo y por tanto ha tardado menos.

  Foto: Felipe Rodríguez
  Parada

Son las 13:30 y en nuestras mentes planea la idea de un largo y tortuoso descenso. Además, como colofón, el viaje de regreso a Madrid. Así que decidimos no perder más tiempo en la cumbre e iniciar el descenso, esta vez por la Loma del Mulhacén hacia El Chorrillo. Se nota que es el primer descenso de la temporada y los primeros giros son titubeantes. Por suerte en esta zona la nieve no está mal; más adelante conseguimos encadenar una serie de giros decentes pero, en cuanto vamos perdiendo altura, la calidad de la nieve pasa a ser costra, y esto nos hace tensar un poco más nuestras cansadas piernas y emplear la técnica del 8º de cuña para asegurar en los giros. Más adelante, una zona de piedras nos corta el camino. Pero no tenemos más remedio que atravesarla, porque de lo contrario perderíamos demasiada altura. Con giros no demasiado ortodoxos conseguimos superar esta complicada parte y, con una larga diagonal, llegamos a un llano que por la señalización que hay medio enterrada en la nieve es El Chorrillo.

Desde aquí optamos por seguir la pista pero, para nuestra desgracia, se acaba el descenso y continuamos a talón suelto pero sin poner las pieles. En un abrir y cerrar de ojos las nubes nos envuelven y convierten el paisaje antes blanco y luminoso en gris y apagado. Este cambio repentino de tiempo nos ha dejado un poco fríos y, para colmo, hemos perdido las referencias que nos servían de guía. Incluso la pista que antes adivinábamos entre la nieve ha desaparecido. Por suerte para nosotros nos hemos cruzado con unas huellas que descienden de una cumbre cercana; las seguimos con la esperanza de que nos lleven hacia algun sitio conocido. Envueltos en una pequeña nevada alcanzamos la caseta por la que pasamos a la subida y, aunque ya es muy tarde, las 16:00, recobramos la esperanza de llegar con luz al coche: Por un momento hemos pensado en un descenso nocturno sin saber muy bien a dónde vamos.

Esta parte del camino ya nos resulta conocida. Mientras bajamos malamente por el cortafuegos nos cruzamos, primero, con un grupo de surfers que posiblemente sean de la zona; y más adelante, con tres esquiadores de montaña que a pesar de la hora y el tiempo tan malo que hace están empeñados en subir al refugio. Son del equipo andorrano de competición, y no creo que tarden mucho en llegar si siguen nuestras huellas de subida. Al poco llegamos a la pista y desde aquí deslizamos relajadamente hasta que la nieve se convierte en negro asfalto y debemos continuar con los esquís en la chepa, hasta el coche. Para nosotros este fin de semana ha sido completo y nos ha demostrado que EL SUR TAMBIÉN EXISTE.

Más fotos de la ruta en este enlace

Texto: Felipe Rodríguez

NOTAS

Accesos: Autovía de Andalucía, desde Madrid-Granada. Luego, Lanjaron-Orgiva-Capileira 512 km (desde aquí, tomar la carretera del Pico Veleta hasta donde sea posible por la nieve o el estado de la misma).

Mapas y Bibliografía: Sierra Nevada con Esquís (Lorenzo Arribas, Edit. Desnivel).

Material y Notas: Equipación de invierno, esquís de travesía, fieles de foca, crampones y piolet. Útil llevar teléfono móvil. Refugio Poqueira (2.500 mts) Tfno. 958 343349. Hace mucho frío en el refugio por la noche. Si es factible, subir saco de dormir es recomendable.

 

 
 
 
 
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