MONTAÑEROS.POP
 
 
APROXIMACIÓN A LAS DOLOMITAS
 

Agosto de 2004. El plan se llevaba fraguando por varios meses. En principio, un grupo relativamente numeroso; al final por diversas circunstancias, quedamos solo Enrique y yo. Sopesamos de nuevo las opciones y posibilidades; el esquema había cambiado. Los gastos del viaje iban a ser mayores a los inicialmente calculados. Un vehículo, y solo dos personas para sufragar combustible y peaje. Pero, ¡qué caray!, si "París bien vale una misa", las Dolomitas bien valían el esfuerzo. ;-)

Día 10. Salimos de madrugada desde Madrid al norte de Italia en coche, el robusto Renault 5 amarillo-piolín de Enrique. Nos turnamos al volante atravesando paisajes cambiantes, zonas interiores y costeras. Viendo cómo cambiaban topónimos e idiomas. Dedicamos toda esta jornada a conducir, con escasas paradas (la mayoría, para pagar los abundantes peajes). Nos desviamos al Norte antes de llegar a Génova, en dirección a Alessandria y Milano/Milán. Localizamos en la cercana población de Ovada un cámping y pasamos la noche.

Día 11. Llegamos al pie del grupo de la Marmolada, junto al embalsado Lago di Fedaia, a eso de las 13:00 aprox. El viaje había sido agotador, pero las ganas que teníamos de aprovechar el día eran mayores que el cansancio. Desde el Refugio de Fedaia (uno de los tres que hay abajo, junto a la presa), por teléfono, reservamos plaza en el refugio de Pian de Fiacconi, ubicado arriba, al pie del glaciar. Subimos andando (nada de teleféricos) por ruta bien marcada, la 606. No muy transitada, pues la mayoría de turistas que vimos aprovechaban el teleférico para subir, desdeñando la caminata. Tras llegar, hicimos un pequeño paseo de reconocimiento por los alrededores, y pernoctamos en el refugio.

  Foto: Javier Rubio
  Mar de nubes. Marmolada

Día 12. Madrugamos, retomando la ruta 606. Entre niebla, rodeamos por el Oeste hacia el Sur, en dirección a la Forcella (collado) della Marmolada, para entrar a la antigua vía ferrata, de la I Guerra Mundial. Pasamos junto a restos de viejas posiciones militares, cuevas excavadas en roca, herrajes antiguos junto a otros más recientes. Abajo, el valle se escondía, cubierto bajo un extenso mar de nubes. Tras hacer el cresteo cimero, pasamos junto a un pintoresco refugio chabolista, e hicimos cumbre con algo de niebla en Punta Penia (3.343 m), la cima más alta de Marmolada. Cruz de estructura tubular metálica junto al antiguo vértice geodésico. En España los hacen con un tubo de hormigón; allí son columnas triangulares metálicas, pardas de óxido, con escudo y año de colocación.

Disfrutábamos de las vistas cuando la niebla nos lo permitía. Allí coincidimos con unos montañeros vascos de la zona de Zegama, lo que nos alegró especialmente. Tras las fotos de rigor y conversar un ratillo, comenzamos a bajar en dirección Norte, al glaciar. Pasamos un destrepe rocoso, equipado con algunas clavijas; Sobre el glaciar nos encordamos por causa de las grandes grietas que tuvimos que saltar. No todas eran bien visibles. Y llegamos al refugio, en cuyos alrededores la marabunta de turistas rompía la bella soledad de la montaña. Tras recoger el resto de impedimenta que allí habíamos dejado, bajamos directos hacia el coche. Marchamos a la zona de Àlleghe, por el Passo di Fedaia, hacia la población de Caprile, buscando localizar un cámping donde pasar la noche. Lo encontramos un poco más al Sur de Àlleghe, en Masaré (aunque el cámping tiene el nombre de Àlleghe); plantamos la tienda y nos fuimos a recorrer la población principal, a orillas del lago (zona céntrica muy turística; alrededores con interesantes muestras de arquitectura popular). Aprovechamos para ver por dónde salía la pista que deberíamos recorrer al día siguiente camino de nuestra siguiente meta. Algo decisivo para ganar tiempo.

Día 13. Temprano en la mañana subimos con el coche hasta algo más arriba del pueblo de Coi, desde dentro de Àlleghe. Nos evitamos así una larga caminata de fuerte pendiente. Era mucho lo que teníamos previsto andar aún. Allí aparcamos cerca de una vacía estación de esquí, donde termina la pista, en Piani di Pezzé. E iniciamos la subida a través del bosque, entrando luego en una tortuosa canal para subir hasta el bello Lago Coldai, cruzar el collado del mismo nombre, y tomar la ruta 557. Queríamos rodear al macizo de Civetta desde el Norte, para, girando hacia el Sur, completar su contorno. La primera parte incluía subir por la Vía ferrata Alleghese, pasar por Punta Civetta (2.920 m) y hacer cumbre en Monte Civetta (3.220 m). Lo que conseguimos en medio de caprichosa niebla y algo de llovizna. A pesar de las nubes que nos hacían dudar (¿es juicioso iniciar una expuesta travesía aérea en esas condiciones?), no nos invadió el "efecto felipe", y conseguimos completar etapa sin darnos la vuelta. Estábamos completamente solos. Muy a la zaga nuestra descubrimos a un montañero solitario con quien luego coincidimos en la cumbre. Austríaco. Nadie más. Bajamos después al chiquito y acogedor Refugio M. V. Torrani, del CAI, a unos 20 minutos de la cima, donde cenamos e hicimos noche. Muy buena comida y buenos compañeros de alojamiento. Nos dijeron no haber tenido españoles allí alojados antes. En esto al menos conseguimos hacer una "primera". :-) Algo que nos resultó sorprendente de nuestro viaje a Italia fue que encontramos más fácil comunicarnos en inglés con la población autóctona. En contra de lo que se piensa, el español y el italiano, aún teniendo raíces comunes, son harto diferentes. A veces usando incluso las mismas palabras para significados distintos. Una pena.

Foto: Javier Rubio  
Ferrata entre niebla. Civetta  

Día 14. Continuamos la circunvalación al macizo de Civetta, en el sentido de las agujas del reloj, con un rodeo mayor al calculado, pues la primera vía alternativa, ferrata A. Tissi, más directa, estaba obstaculizada en su inicio por un gran y empinado nevero. Enrique, por ahorrar peso, en esa etapa no se había llevado los crampones. O pasábamos los dos, o ninguno. Tuvimos que bajar por otra ferrata, más sencillita, hacia el Este; lo hicimos a pelo. Disfrutamos de paisajes impresionantes, es verdad. Pero ese desvío no calculado nos llevó por una pedrera agotadora, subiendo hacia la Forcella delle Sasse, para acceder a la cuenca del mismo nombre, y nos hizo dudar acerca de si podríamos completar el circuito a tiempo. En la bajada nos adelantaron dos corredores de montaña, entrenando; gran alegría de ver más locos de la zapatilla. Uno se pegó un buen trompazo ante nosotros. Pero se levantó y siguió corriendo como si no hubiera pasado nada. ¿Cuántas veces no habremos visto o vivido la misma escena? :-)

Seguimos por el sendero 558, pasando junto al Refugio Vazzoler (ya en la senda 560). Poco antes, habíamos parado a la orilla del río, para comer, refrescarnos y lavar algo de ropa (solo con agua; un quitasudoresacumulados). Nos adentramos por la Sella di Pelsa en Val Civetta, el valle superior que hay al Oeste del grupo Civetta. Lo recorrimos en toda su extensión, subidas y bajadas, hasta llegar de nuevo junto al Lago Coldai y completar así el circuito que habíamos iniciado el día anterior. Bajamos por la canal para finalizar en Coi, con holgura, y regresamos a pasar noche al mismo Camping Àlleghe.

Día 15. A madrugar otra vez. Salimos en coche, subiendo de nuevo por la carretera a Caprile, hacia el Paso o Forcella de Staulanza, para iniciar la vuelta al aislado y soberbio Monte Pelmo; lo que haríamos también en dos jornadas. Ruta 472 enlazando luego con la 480. Atravesando bosques, explorando neveros, llegamos a la altura del Refugio Venezia al Pelmo (al otro lado del imaginario círculo), donde luego haríamos noche. Sin parar más que para respirar unos minutos, iniciamos la subida, con las mochilas casi a tope. No caímos en la cuenta de descargar parte en el refugio, al que no llegamos ni a entrar. Un error que luego lamentaríamos.

  Foto: Javier Rubio
  Cornisas en Monte Pelmo

Al Monte Pelmo se sube desde detrás del refugio, por un camino empinado que entra en una pedrera y termina en pared rocosa. Al verlo por primera vez, pensé que nos habíamos equivocado. Pero no. El sitio está marcado con pintura. Se trepa un tramo hasta llegar a las cornisas. La primera hora de ascensión consiste en eso: cornisas aéreas que recorren rodeando el monte hacia el Sur, ganando altura muy lentamente; con algunos pasos delicados, sin asegurar (y las mochilas pesaban...) Una ascensión libre de ferratas. Especialmente hay dos puntos muy delicados. En uno de ellos, la clásica plaquita metálica con el texto de "En memoria de..." Y ese fue el del susto: iba en cabeza y pasé primero, con algún esfuerzo (no hay que olvidar que llevábamos las mochilas cargadas). A continuación venía Enrique. No las tenía todas consigo, y no cesaba de repetir que no lo veía claro. Aún así, seguía tanteando los agarres de la grieta y avanzando dubitativo, paso a paso. Perdió pie y en un momento se halló solo pendiendo de unos escasos y temblorosos dedos, con todo el cuerpo colgando en el vacío. Un escalofrío recorre el cuerpo, pensando que la suerte está echada. Nunca había visto algo así tan de cerca. No íbamos encordados, ni llevábamos material en esta ocasión. La ruta no lo hace imprescindible.
Por suerte se consiguió mantener, terminó de lanzarse al otro lado del paso y... seguimos avanzando. Aunque el encogido estómago ya no volvería a ser el mismo...

El siguiente paso tenía como dificultad un torrente bajando por él, empapando la roca a su alrededor. No era dificultoso en sí, a pesar del patio que se observaba abajo. La precaución estaba en pisar con el debido cuidado para no resbalar sobre la mojada caliza. Y luego, librarse lo antes posible de la humedad en las suelas. Lo superamos sin mayores complicaciones y continuamos avanzando.

Pasadas las cornisas, el resto era de subida, por unas muy empinadas pedreras, llenas de zetas para, posteriormente, salvando aterrazamientos (mucha atención a los hitos), acceder a la nevada planicie que precede a la cumbre. En poco más de cuatro horas de ascenso conseguimos llegar a la cima de Monte Pelmo (3.168 m), dejando atrás la ocasional niebla y disfrutando de buen tiempo. Dedicamos unos minutos para comer, descansar, firmar en el libro de cima, y para abajo a toda pastilla. Queríamos aprovechar la bajada de otros grupos para no perder la ruta, no muy clara en las terrazas. Concluimos sin novedad. Esa noche la pasamos en el Refugio Venezia, del CAI, donde conocimos a Giuseppe y esposa; trabamos amistad, compartimos cena y habitación. Mantuvimos con ellos una agradable y larga conversación... en inglés.

Foto: Javier Rubio  
Monte Pelmo, vista Suroeste  

Día 16. Dejamos temprano (bueno, no muy temprano) el refugio para completar el rodeo a la mole del Pelmo. Una buena y larga subida, cruzando el collado, Forcella Val d'Arzia, entre niebla y pedreras de árduo tránsito; y otra prolongada pedrera de bajada por toda la Val d'Arzia; evidente ruta, pero algo pesada y de incómodo paso. Tras la pedrera final, atravesamos un agradable bosque, terminando en el punto de partida del día anterior: el Paso de Staulanza (hay un refugio, pero parece más un restaurante de alto copete, lleno de turistas), donde recogimos el aparcado coche y marchamos hacia nuestro nuevo campamento base, la población de Cortina d'Ampezzo. Localizamos un cámping en los alrededores (hay tres; tienen las mismas tarifas; lo preguntamos) y allí establecimos la base para el resto de estancia. Cortina, una ciudad pija y muy cara, con calles céntricas llenas de tiendas de moda de renombre.

Día 17. Iniciamos la subida al Grupo de las Tofanas en medio de niebla y tiempo inestable, partiendo del aparcamiento junto al teleférico y al restaurante Pietofana. Andando, desde luego. Al llegar junto al Refugio de Ra Vales, la niebla era tan espesa que tuvimos que dar la vuelta. No fuimos los únicos. Tras varios intentos encontramos que era casi imposible orientarse sin conocer la zona y con visibilidad nula. Como no íbamos a dar el día por perdido, revisamos el mapa, las alternativas posibles y marchamos al cercano Paso de Falzarego, desde donde subimos al masificado Monte Lagazuoi. Hicimos cumbre (muy concurrida de turistas que subían andando o en el teleférico) por la sencilla ruta clásica y bajamos por las antiguas galerías subterráneas que atraviesan la montaña rocosa. Excavadas durante la I Guerra Mundial, son un auténtico laberinto que horada la montaña. Equipadas con cable pasamanos (hay mucha humedad y agua), están musealizadas rememorando los acontecimientos bélicos que dieron lugar a su excavación. Más de un kilómetro de longitud la galería principal. Un auténtico museo de la guerra, con trincheras, nidos de ametralladoras, posiciones austríacas e italianas, y otros restos de la Gran Guerra. Para recorrerlas es imprescindible llevar linterna y muy recomendable el casco. No hay ninguna clase de iluminación artificial en el interior.

  Foto: Javier Rubio
  Cuartel de Alpinos en ruinas. Tofanas

Día 18. Segundo intento a las Tofanas. ¿Acaso íbamos a desistir? Esta vez, sin apenas niebla. Aparcamos de nuevo en Pietofana, y subimos hacia la Forcella de Ra Vales. Con visibilidad, el camino era bien evidente. Seguimos un antiguo sendero militar, el restaurado por la A.N.A. y ahora llamado Camino de Voluntarios Alpinos (parte del sendero 407) junto a viejos cuarteles y barracones en ruinas. Nos desviamos al Norte para hacer la Cima Formenton (2.830 m), rodeada de trincheras y oxidados alambres de espino. Luego, pasando junto al muy bien habilitado Bivacco Baracca degli Alpini, seguimos camino hacia el pico Tofana di Dentro (3.237 m). Paramos unos instantes en su limpia y venteada cumbre. Tras equiparnos con arneses y material, recorrimos, bajando y subiendo por el siguiente collado, la vía ferrata Lamon/Formenton que nos llevaría a la cumbre de la Tofana di Mezzo (3.244 m). Hasta allí mismo sube un teleférico que, partiendo desde el Refugio Ra Vales, pone la cumbre saturada de turistas. Se pierde parte del encanto de hacer cumbre.

Como en principio íbamos bien de tiempo, intentamos seguir hacia Punta Anna y hacer la famosa y dura vía ferrata Olivieri. Tras unos 15 minutos de recorrido, encontramos a un par de grupos que venían en sentido contrario. Les preguntamos. A ellos, nos dicen, les ha llevado hacer esa ruta de subida unas cinco horas. Dicen que es dura y difícil, con algunos tramos en los que hay que pasar colgados solo de las manos por un cable metálico. Y que bajando es aún más difícil. Como para eso ya se nos ha hecho tarde, y no estamos muy seguros de que nuestro nivel sea todo lo bueno que sería menester -tampoco las previsiones del tiempo son buenas- decidimos deshacer camino y regresar a la Tofana di Mezzo. Enrique ya va tocado, con problemas serios en una rodilla. Está aguantando mucho. Optamos por bajar en el telecabina hasta el siguiente refugio. Habíamos intentado por todos los medios no tener que hacer uso de artilugios mecánicos, a pesar de que las Dolomitas están plagadas de ellos; pero en este caso era necesario. Desde allí seguimos a pie otra ruta hacia el Sur, con ferrata sencilla incluida, que nos dejó junto al Refugio de Pomedes. De ahí, hacia el Refugio Duca d'Aosta, llegando finalmente por el sendero 405 al lugar donde dejamos el coche, en Pietofana. Regreso al cámping, reorganización de material, limpieza y a dormir. ¡Uaaaah!

Día 19. Enrique sigue con la rodilla tocada. Se impone día de descanso para él; día que aprovecha para hacer compras y recados varios. Se ofrece a acercarme en coche al Paso de Falzarego. Así puedo dedicar el día a una ruta (sendero 441) que enlaza las cumbres de Averau (2.648m, sencilla vía ferrata para acceder a su cima); Nuvolau (2.574 m, con refugio muy concurrido, en la misma cumbre), y una corta y sencilla ferrata de bajada; y finalmente Ra Gusa (2.592 m), bajo llovizna y más alejado de la marabunta que inundaba las otras montañas. Mientras estoy allí arriba disfrutando de las vistas, empieza a asomar una cordada que sube escalando por su vertiente sur. Si aprieta la lluvia, mal asunto eso de escalar. A continuación, cumple regresar hacia el Este, por otra ruta que incluye la pequeña ferrata Ra Gusa, pasar por el sendero 443 junto a Cinque Torri (y su refugio), Refugio Scoiattoli, ruta 440, Refugio Col Gallina y fin de itinerario subiendo de nuevo al turístico Paso de Falzarego, donde me recoge Enrique. Ya ha conseguido las botellas de grappa. :-)

Foto: Javier Rubio  
Antiguo barracón, actual Vivac Buffa di Perrero. Ferrata Ivano Dibona  

Día 20. El compa, Enrique, tiene especial interés en hacer la vía ferrata Ivano Dibona, en el grupo del Cristallo, que al parecer es bien famosa. Las guías recomiendan hacerla de descenso, desde el Cristallo. Y aunque la idea de subir en telecabina a una montaña nos parece pecado, a la vista de cómo tiene la rodilla, y de la larga pista que de todas maneras nos toca recorrer, así lo hacemos. Llegamos en coche hacia el Norte desde Cortina, hasta Refugio Ospitale, donde aparcamos. Desde allí seguimos la bien señalizada ruta por el sendero 203, en continuo ascenso y con pendiente muy notable en algunos tramos. Nos adentramos en la Val Grande/Padéon. Llegamos al Refugio Son Forcia y nos acercamos al telecabina junto a él. Son cabinas de dos plazas que parecen sacadas de una película de los años 70. El tránsito es lento y largo. Arriba, terminal del telecabina y Refugio G. Lorenzi; nos equipamos, y empezamos la ferrata que está muy muy concurrida, especialmente de grupos de jubilados (!!!) Tenemos que adelantar a un montón de ellos como buenamente podemos, y vamos pasando por lo que fuera línea de frente en la I Guerra. Empezamos atravesando un puente colgante de unos 30m. A continuación, las cimas de Cristallino d'Ampezzo y Cresta Bianca. No reparamos siquiera en su altura, pues el haber subido por medios mecánicos las "inhabilita". Trincheras, cuevas, puestos de vigías y francotiradores, barracones militares, puestos de artillería... En mitad de la ruta está el Bivacco Ric. Buffa di Perrero, aprovechando un antiguo barracón rehabilitado. Una paliza de caminata con tramos desiguales, en este sentido mayoritariamente de bajada, que no nos dejó buen sabor de boca. Una montaña subida de manera "reprobable", mecánica. En fin, hicimos turismo bélico. Pasamos por el Monte Zurlon, yendo a parar al mismo sendero/pista de subida, y con fin en Ospitale. De repetirla en un futuro, buscaríamos hacerla en sentido contrario o subiendo a pie la penosa y muy vertical pedrera que asciende por el mismo canal que el teleférico; sin grupos folclóricos por medio.

Día 21. Pronóstico de mal tiempo. Tormentas y nieve a partir de los 2.500 metros. Aún así nos acercamos al pie de la siguiente meta, un plan en el que habíamos depositado buena parte de ilusión, el Monte Antelao; pero es inútil. El cielo no se ve nada claro. Decidimos tomarlo como día de descanso y nos vamos a hacer turismo a la cercana Venecia, ciudad sorprendentemente muy cutre, sucia y descuidada; decepcionante. Lo más vistoso: los variopintos turistas de todas partes del mundo, lo carísimo del aparcamiento, y la tromba de agua que nos cayó. Eso sin olvidar que allí hay que pagar hasta por ir al baño. ¡0'60 euros!

Luego nos enteraríamos de que un par de montañeros intentaron hacer ese día el Antelao, pese a las malas previsiones. Había nevado. Resbalaron y cayeron. Cinco horas tardó el helicóptero en sacarles de allí, por causa de las malas condiciones del tiempo y el difícil acceso a la zona.

Día 22. De nuevo vamos al Antelao, el mítico tresmil de cima picuda y escarpada. Nuestros amigos del Refugio Torrani nos lo recomendaron como una de las cumbres inexcusables de las Dolomitas. Un montañero de la zona nos advierte de que ahora hay mucho hielo ("ghiaccio come vetro") y nieve; que es peligroso. Aún así, nos decidimos a verlo por nuestros propios ojos, con la idea de dar la vuelta si se pone crudo. El tiempo está despejado y, a pesar de la ocasional niebla en la cumbre, hace un día de sol. Hemos elegido subir andando desde la misma carretera, aparcando el coche en Chiapuzza, un poco antes de San Vito di Cadore. Salvaremos en total un fuerte desnivel, aprox. 2.200 m. Pero consideramos que esta joya la hemos de subir desde su misma base, sin artificios ni atajos.

Junto a un viejo hotelito al pie de la carretera, nace el sendero 225, el cual nos lleva en ascenso por medio del bosque hasta el Refugio S. Marco (1.823m). Desde ahí, la ruta 227 nos acerca a la Forcella Piccola, encrucijada de caminos. Tomamos la variante de la derecha, llegando por la ladera pedregosa hasta donde el camino se convierte en trepada para ir subiendo escalonadamente. Seguimos una especie de laberinto de cornisas, por camino marcado con hitos y pintura. Llegamos a la parte alta, la arista, donde nos encontramos con amplias pendientes cubiertas de hielo y nieve resplandecientes bajo el sol. Muy inseguras. Nos cruzamos a un grupo de montañeros que se ha dado la vuelta. No les gusta cómo está el suelo, y no llevan crampones. Seguimos subiendo con mucha cautela. Hacemos un tramo de subida con otro montañero al que nos encontramos en camino. Tras un rato decide darse la vuelta. No lo ve nada claro. Quizá debimos imitarle.

  Foto: Javier Rubio
  Monte Antelao

Enrique tiene alguna dificultad al pasar por ciertos pasos de trepada. En uno de ellos, pierde pie y cae de espaldas un par de metros; por suerte, sobre su mochila. Debimos haber dado la vuelta entonces. Al ver que yo tenía intención de seguir, él no quiso quedarse atrás. Nos expusimos más de lo que hubiera sido razonable para nuestro nivel. Pasamos junto al rojo Bivacco Piero Cosi, una caja metálica anclada en las alturas, pisando roca cubierta de nieve y hielo. Trepada, destrepada, y tras una falsa cumbre (una secundaria que la niebla en principio nos hizo confundir) llegamos al vértice geodésico del Monte Antelao (3.284 m), a cuyo lado, a resguardo de una gran roca, se hallaba una pequeña imagen religiosa y numerosas placas recordando a montañeros caidos en esta cima.

En mi caso, he de reconocer que no estaba del todo contento. La cumbre fue tal vez la más especial de todas las subidas en Dolomitas: la guinda ideal. Pero las circunstancias del ascenso, excesiva exposición y riesgo (para nuestro nivel con esas condiciones), hicieron que dejase el honor de la foto de cumbre a Chispita. Ella nunca se queja. Tras la firma en el libro, dimos media vuelta y comenzamos el descenso.

Vimos en la distancia a otros grupos de montañeros que daban la vuelta. Delante nuestro solo hizo cumbre una madrugadora pareja. Bajando, nos cruzamos con otro montañero veterano de la zona. Subió un poco más, y desistió de continuar. Deshicimos lo andado, charlando animadamente, llegando a la zona "fácil". Larga bajada, atravesamos finalmente el tupido bosque de pinos y llegamos al coche, cansados; con sensación agridulce. Lo habíamos conseguido, pero... En total fueron cerca de doce horas de marcha. La rodilla de Enrique estaba de nuevo dándole serios y molestos problemas. Pero avanzaba.

Junto al coche, mientras nos cambiábamos y recuperábamos fuerzas, estuvimos unos minutos departiendo con un anciano de la localidad, muy amable. Le agradó saber que éramos españoles. Su avanzada edad y el sorprendente saludo con que se despidió al marchar, nos hizo sospechar si no se trataría de un veterano del CTV...

Día 23. Recogimos la tienda, liquidamos en el cámping, y nos preparamos para algo muy difícil: decir adiós a las Dolomitas. Iniciamos el regreso a España, no sin parar a hacer turismo en Milán. Nos pillaba de camino. Bonita ciudad, muy pulcra e interesante. Monumentos, estilo, fortaleza, parque... ¡hasta tiene tranvía! Si la afamada Venecia estuviera la mitad de cuidada que Milán... Seguimos ruta y llegamos al mismo cámping de la ida, en Ovada. Como habíamos tenido buen trato a la ida, repetimos. A los gerentes les gustó ver clientes ya conocidos de nuevo por allí.

Día 24. Seguimos viaje, sufriendo una vez más los caros y fastidiosos peajes de carretera. En Italia, imposibles de evitar (no hay vías alternativas); en Francia, evitables a costa de carreteras secundarias de dudosa fluidez. Si se optaba por el peaje (lo que hicimos), se acababa hastiado de tanta parada para pagar por usar la misma carretera. En el trayecto, nos desviamos a la francesa Carcasona, donde visitamos y recorrimos la archiconocida ciudad medieval. Muy interesante, pero casi con más turistas que piedras; y eso que era un día laborable... Continuamos viaje, entrando en España por las tierras catalanas de La Junquera (de nuevo en casa) y seguimos de un tirón a Madrid, con parada en Complutum, adonde llegamos tarde en la noche.

Las Dolomitas siguen allí. Para recorrerlas, con o sin ferratas. Escalando, haciendo montaña o simplemente senderismo. Todas las maneras son válidas y apreciables. Para nosotros, fue nuestra primera visita. Esperamos que no sea la última. Solo tuvimos en pequeño vislumbre de todo lo que encierran. Y la verdad, encontramos más de lo que esperábamos.

Texto: Javiere

 

Más fotos de la ruta en este enlace

NOTAS

Accesos: Hay varias rutas posibles. En Francia se puede buscar eludir las autopistas de peaje, dependiendo del tiempo y el gasto que queramos hacer. En Italia, son ineludibles. No hay rutas alternativas. Para hacerse una idea, lo mejor es consultar en Guía Campsa o Via Michelin

Mapas y Bibliografía: Predominan dos editoriales: Tabacco y Kompass. También tiene publicada Editorial Desnivel una guía sencillita con una selección de ferratas y otros datos de interés.
Kompass tiene dos guías de bolsillo, Vie Ferrate Dolomiti Nord y Vie Ferrate Dolomiti Sud (solo en italiano y alemán). Itinerario, tiempo, dificultad y descripciones breves de la mayoría de ferratas, ordenadas por Gruppos.
De Tabacco hay multitud de mapas que abarcan toda la zona montañosa. La pega es que la mayoría se traslapan demasiado, y es habitual que un mapa tenga mucha sección en común con el consecutivo. Para las rutas indicadas: Nº 03, Cortina d'Ampezzo e Dolomiti Ampezzane (Tofane - Cristallo - Antelao - Novolau...); Nº 015, Marmolada - Pelmo - Civetta - Moiaza; y Nº 025, Dolomiti di Zoldo, Cadorine e Agordine (Pelmo - Antelao - Civetta...); (todos a escala 1:25.000). Fácilmente obtenibles en España en tiendas especializadas.
No queremos dejar de reseñar otro mapa que se puede conseguir en los refugios de la zona de Marmolada a muy buen precio. De Lagir Alpina, su Nº 10, Marmolada - Pelmo - Civetta - Nuvolau (a escala 1:25.000).

Material: Es un hecho: hay vías ferratas. Si se desea recorrerlas es indispensable llevar casco, arnés, disipador (ziper), guantes y mosquetones. Linterna frontal aun de día, si se desea echar un vistazo a las numerosas cuevas y galerías. Crampones, piolet y polainas (para los galos, guêtres). Nada de escatimar peso, salvo que se tenga la absoluta y total certeza de que no hay nieve. Luego, lo habitual para cualquier salida: saco de dormir, ropa suficiente (conviene cambiarse de vez en cuando), útiles de aseo... Vamos, que no nos enteremos de que hay gorrinillos sueltos por esas bellas montañas. ;-)

 
 
 
 
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