MONTAÑEROS.POP
 
 

DEL VALLE DE PINETA A BENASQUE

(2ª Parte. En Benasque)

 

Julio de 2004. Segunda parte de la travesía. Daniel toma la palabra (la hora en que se nos ocurrió dejarle...) y narra lo que aconteciera por aquellas tierras pirenaicas.

Martes 27, cinco de la mañana. Llevo tres días de descanso; nada de entrenamientos, ni correr, ni nadar, ni coger la bici. Casi ni caminar. He recuperado, aunque sea momentáneamente, el vicio o el placer, depende del momento, de juguetear con el mando a distancia tumbado en el sofá. El sábado pasado participé en mi primer triatlón; fue el broche final de toda la preparación que llevo enfocada de cara a este verano.

Después de una meditada táctica, un estudio concienzudo del sujeto y, por qué no decirlo, un golpe inesperado de suerte, he conseguido convencer a Javiere (no me ha costado nada; solo se lo he sugerido) para que después de pasarse sábado y domingo haciendo cumbres por el valle de Pineta venga andando a Benasque siguiendo el GR-11; este “paseo” le ocupará todo el lunes y lo pondrá en condiciones para disfrutar hoy del tranquilo día de campo que he preparado.

Me propongo caminar todo el valle de Barrancs, subir al collado de Salenques, crestear hasta el Mulleres, subir el pico Salenques, subir los dos bellísimos picos de la bicéfala Forcanada y volver a coger el bus bajando por el valle de la Escaleta. Tiempo estimado, entre 14 y 17 horas de pateo como poco.

Javiere, haciendo gala de su proverbial inconsciencia acepta encantado; ya veremos hasta dónde le dura la kriptonita a este supermán de pacotilla; esta vez pagará viejas deudas, ni olvidadas ni perdonadas, del pasado... y eso que no soy rencoroso. ¿O sí? Bueno, dejémoslo en que solo un poquito; lo justo.

  Foto: Javier Rubio
  Collado de Salenques

El autobús nos deja aún de noche en Plan de Besurta, hace frío y sopla un ligero viento. En pocos minutos ambos nos quedamos solos una vez todos los “aneteros” han tomado la “autovía” con destino al más alto. En una escasa media hora nos plantamos en Plan de Aiguallut. Bordeamos la pleta, cuidando de no mojarnos, y tomamos el camino que nace a nuestra derecha, no el de la izquierda como insiste Javiere. Al final debo imponerme y hacerle saber con firmeza que “yo NUNCA me pierdo”. Remontamos el barranco siguiendo el duro y empinado sendero. Javiere va buscando el bastón telescópico que perdió por aquí el año pasado; yo, nada, como si no existiera, a lo mío. Cuando iniciamos el descenso hacía el valle de Barrancs disfrutamos del esplendoroso espectáculo de ver amanecer en el Aneto. Ya en Barrancs, uno de los valles más salvajes y desconocidos del Pirineo, pisamos nieve y tenemos a la vista nuestro primer objetivo: el collado de Salenques (2.810 metros). Saltando de piedra en piedra ascendemos lentamente y observamos la cara norte de los picos vecinos del Aneto: Tempestades, Margalida, Russell y sus múltiples cimas, nos muestran su cara más agreste. Después de decidir si ponernos o no los crampones, cómo ponérselos, si son mejor los semiautomáticos o los de correas; si las Bestard o la Sportiva, si... !Dios, qué cruz la mía!; llegamos al vivac que hay en lo alto del collado de Salenques, punto de partida para realizar el conocido cresteo desde este punto hasta la cima del Aneto.

El panorama desde este collado es sencillamente sublime: a la derecha, las paredes norte del cordal del Aneto; enfrente, el salvaje y casi desconocido valle de Salenques; a mi izquierda, el Mulleres al fondo y la arisca cima del pico Salenques en primer plano; y a mi espalda el valle de Barrancs, con sus glaciares y su hermoso ibón al fondo. Todo perfecto, o casi. Iniciamos nuestro particular cresteo hacía el collado que hay a la derecha del Salenques, entre éste y el Mulleres. Cada vez el paso es más complicado, las losas más inestables y hay que usar continuamente las manos. Doy una ojeada y, por lo que veo e intuyo, la cosa no parece arreglarse; más bien al contrario. No estoy por la labor. No dejo de ser un senderista y no me apetece demasiado eso de enriscarme. Le propongo a Javiere dar media vuelta, bajar de nuevo al glaciar, cruzarlo hacia la derecha y probar siguiendo otro cordal. No se queja demasiado, cosa rara en él; pienso que igual tengo razón, o que es posible que esté fundido o que le haya entrado el juicio de repente, sin más. Craso error.

Nos hallamos de nuevo en el glaciar; otra vez que si crampones sí o no, que si piolet, que si... Jo, ¡qué habré hecho yo en otra vida que merezca tal castigo! Empezamos a subir por una pedrera inestable llena de tierra: un pasito palante y otro patrás; voy detrás de Javiere y cada vez me saca más distancia con lo que las piedras y la tierra que me va tirando se convierten ya en peligrosas, y no llevo casco. Sí, Javiere, ya sé: tampoco piolet. Una vez superada a duras penas esa pedrera nos situamos en sus losas bailonas que tienen la costumbre de romperse e irse para abajo llevándose consigo al que tenga la suerte de estar encima de ellas. Al fondo, ya cerca, veo una pared vertical, aunque no demasiado alta, que conduce a la cima de esta montaña desconocida; pienso que llegaremos hasta allí y luego media vuelta y para abajo. Pero “supermán” ha debido de tomar doble ración de kriptonita. ¿O serán las galletas Oreo? ¿Quizás los frutos secos y las tabletas de chocolate que lleva en todos y cada uno de los bolsillos que posee? Empieza a escalar la pared aprovechando sus largas piernas hasta que lo pierdo de vista. No me voy a quedar solo yo aquí ni de coña; mi miedo a la soledad supera mi miedo a subir esa pared y, por variar, tomo la decisión equivocada: subo.

Después de esa pared y cuando creía haber llegado a la cima, surge otra pared y otra antecima y, tal y como dice la ley de Murphy -que Dios no lo tenga en su gloria-, después hay otra pared más difícil y otra antecima. No sé cómo, pero llego a la cima. Mis primeras palabras son: “¡yo por aquí no bajo!” Javiere me mira con desdén, encaramado a horcajadas en una roca que está pensando si caerse al vacío por la derecha o por la izquierda (léase correctamente: quien piensa es la roca; Javiere, evidentemente no). Estoy tan acongojado pensando en cómo bajar que me olvido de sacarle una foto en actitud tan simiesca.

¿Qué hacen los humanos cuando llegan a un sitio nuevo y desconocido? ¡Empezar a discutir acaloradamente delante de un mapa para adivinar donde están! No nos ponemos de acuerdo, evidentemente; pero tengo razón yo, evidentemente también: estamos en la cima de la Aguja Este de Salenques, casi a tres mil metros, faltan setenta metros (je,je,je,je).

Foto: Javier Rubio  
Ibón de Barrancs  

Seguir por la cresta hacía el Salenques es imposible, al menos para mí; bajar por donde he subido, ni borracho. Decido bajar hacía el valle de Salenques, bordear por la falda de las montañas, e intentar buscar algún collado factible que nos deposite cerca del Mulleres. Javiere me sorprende proponiéndome que, dada la hora que es, sería quizás más prudente volver tranquilamente por donde hemos venido; por una vez estoy de acuerdo con él. Voy buscando por dónde bajar y encuentro una fácil pedrera donde se tienen que hacer equilibrios para no caerse. Pero al menos no es necesario jugarse el tipo escalando paredes de roca. Javiere, ¿por qué no hemos subido por aquí? Ni me contesta.

Volvemos a estar en el glaciar con los crampones puestos y disfrutando de una bajada que realizamos casi corriendo, resbalando. En el ibón de Barrancs nos zampamos unos bocatas de jamón y chorizo, algo de fruta y, por supuesto, chocolate y avellanas (nada de esas asquerosidades de barritas energéticas, actifós y demás guarrerias: ¡estamos en la montaña!)
En lugar de subir la fuerte pendiente que hay en el lado izquierdo del ibón, por donde hemos venido, cogemos y bordeamos el lago por su margen derecha, saltando de losa en losa.
Tenemos así el privilegio de observar sus nítidas aguas. Le voy diciendo a Javiere el nombre de las montañas que nos envuelven, enfrente la Tuca de la Mina, a nuestra derecha el Mall de l’Artiga... Con mucha tranquilidad nos tomamos el descenso por el sendero que va paralelo al río y, al llegar a Aiguallut y juntarnos con la multitud, nos damos cuenta de que hemos pasado casi doce horas sin toparnos con nadie; sin ver, ni escuchar a nadie. Cosas que tiene la montaña.

6:30 de la mañana, miércoles. Esperamos el autobús en el Plan de Senarta, que recorrerá en apenas media hora los ocho kilómetros de pista que nos separan del Refugio de pescadores, en la entrada del valle de Vallibierna. Son doce euros ida y vuelta y, ¡ojo!, que el último sale a las 18:30. ¿Que no le gusta? ¿Que es muy caro? ¿Que no hay derecho?... Pues coja la pista y vaya andando ¡A mí que narices me cuenta! Pos fale, tío. Hay lo que hay; o lo tomas, o lo dejas. Puro capitalismo democrático.

Hoy nuestro objetivo es más “alcanzable”. He programado una ascensión al Tempestades como plato fuerte y, ya que pasaremos por allí, pues podíamos subir el Margalida y después el Russell. Javiere acepta encantado, no en vano son tres tresmiles más para su escueta lista. El día se presenta desapacible, caminamos hacia la pleta de Llosás y luego tomamos el sendero que nos conduce al ibon de Llosás; continuamente escuchamos el agudo sonido que producen las marmotas anunciándose unas a otras nuestra llegada. Este año hay muchas más y se las ve bien alimentadas y lustrosas; son una verdadera plaga, no tienen depredadores y su numero aumenta exponencialmente año tras año desde que fueron introducidas, hace pocas décadas, provenientes de los Alpes franceses.

Tengo una nueva cámara digital y me dedico a tirar un montón de fotos a esas ratas grises, grandes, tripudas, dentonas y con pinta de simpáticas. “No te saldrá ninguna, ya verás cómo en ninguna foto se verán marmotas; debes de hacerlas desde más cerca...” ¡Oh, la lá. Mon Dieu! Ya empezamos a esta hora..... El ibón de Llosás es de postal; hay una tenue luz (aún no ha salido el sol) y las paredes grises que lo rodean se reflejan en el agua dándole un aire misterioso. Lo rodeamos por nuestra derecha y, siguiendo el cauce del torrente, llegamos en pocos minutos al ibonet de Llosás. Cruzamos el torrente y vamos rodeando el pequeño ibón ganando altura. En un determinado momento, los hitos se dividen. Unos llevan hacía arriba, directamente a través de la faja de rocas; otros conducen hacía el este. Javiere quiere seguir unos y yo los otros. Me impongo. Quizás el camino que he escogido es más largo, pero es más suave y evidente. Además, en la reseña que tengo sobre este recorrido dice que se va por aquí, y no hay más que hablar, ¡ea! Ganamos altura rápidamente y en poco tiempo debemos dar un giro de 180 grados y meternos de lleno en el glaciar de Tempestades. Este pico se yergue orgulloso en la lejanía delante de nosotros. Por encima de él, a su espalda, sobresale la cima del Aneto. Es una visión en un ángulo desconocido hasta el momento para mí. Está amaneciendo y el sol empieza a dar de lleno en las cimas. Saltamos de piedra en piedra conversando con un solitario montañero catalán que quiere ir al Russell. Nos pregunta cuál es el camino. Javiere le indica que el Russell debe de ser ese pico de la derecha y que el camino seguramente va directo por ahí. No he vuelto a tener noticias del buen hombre, espero que llegara.

  Foto: Javier Rubio
  Travesía por el nevero

Al poco rato decidimos ponernos los crampones e ir pisando nieve. Hay mucha, aunque tengamos que rodear alguna zona de rocas y alargar nuestra caminata. El desnivel poco a poco aumenta y se hace duro, aunque tenemos la suerte de que aún no nos da el sol. En todo momento tenemos a la vista nuestro primer objetivo, que se va agrandando poco a poco.

Estamos ya dentro del glaciar y todo lo que nos rodea es blanco. Vemos cómo un grupo de madrugadores baja del Tempestades y le digo a Javiere que se fije por dónde llegan al glaciar, pues es por ahí por donde tenemos que empezar a subir el último tramo de esta montaña. Estoy cansado y voy siguiendo a Javiere, mirando el talón de sus botas, “a rueda”; el sonido de los crampones cuando entran compactando la nieve y cuando salen rompiéndola me fascina: "crissss, crassss, crisss, crassss..." No se oye ni un solo ruido, solo el acompasado paso que llevamos. La subida es dura y empinada. En un determinado momento levanto la cabeza, miro a mí alrededor, y me doy cuenta de que nos estamos metiendo en un atolladero. Javiere, en lugar de tirar hacia el sitio que le indiqué, ha decidido darse una vuelta por la parte más dura y peligrosa del glaciar y en lugar de ir hacia el Tempestades ha tomado el camino directo del Margalida.

Monto en cólera y le reprocho su costumbre de meterse siempre por el camino más difícil y despreciar el más evidente y fácil. Se enfada y decide no hablarme. Ahí tienes a dos idiotas en pleno glaciar del Tempestades, pisando solo con la parte exterior del crampón derecho, en precario equilibrio, con un bonito tobogán de nieve y hielo que lleva directo a las amenazantes rocas que hay allí abajo, y sin dirigirse la palabra. ¡Todo un poema!

Después de unos agotadores veinte minutos logramos salir del embrollo y plantarnos al final del glaciar en la falda del Tempestades. Lentamente empezamos a subir. Es una fea ascensión; la roca es inestable y peligrosa, hay mucha tierra y piedras pequeñas. La cima queda empequeñecida por la visión de la espalda del Aneto y del Aneto mismo, aunque la sorprendente y aérea (más bien vertiginosa) vista hacia el glaciar de Barrancs (donde estuvimos ayer) lo compensa todo: es una caída libre, recta, hacia abajo, maravillosa. Charlamos brevemente con unos franceses que, llenos de cuerdas, mosquetones y demás abalorios, están haciendo la cresta del Salenques al Aneto. Les queda poco, aunque es la parte más difícil. Unas fotos y una corta conversación con ellos. Javiere sigue sin hablarme.

Bajamos haciendo esfuerzos por no perder el equilibrio, aunque en más de una ocasión me pego un culatazo, y una vez situados en el glaciar tomamos el camino, bordeando las escarpadas paredes de las crestas, hacia el Margalida. No lo veo claro. Hay que trepar y veo a gente que anda tirando de cuerda y no me apetecen estas subidas de adrenalina; no es lo mío. "Javiere, sube tú si quieres, que yo me voy hacia el Russell a ver cómo es". Me dice que si no voy, él no va. Y que cómo me va a dejar solo. Buen compañero este Javiere; ya lo sabía. Por eso voy al monte con él.

Cruzamos de nuevo el glaciar por su parte más expuesta, pegaditos a las paredes de granito. En esta ocasión me muerdo la lengua, aunque no me gusta nada eso de ver que parte de los pinchos de mis crampones no se insertan en la nieve; sufro de vértigo. Conseguimos dar con el camino que sube al Russell, me parece que es la única vía posible. Por otros sitios se tiene que tirar de cuerda. La ascensión es muy inclinada y un tanto aérea, pero fácil. Una gran piedra que tapona la chimenea de subida es la única dificultad reseñable. Javiere la pasa a la primera; a mí me cuesta unos cuantos intentos más, pero hago un esfuerzo, estiro una pata por aquí, coloco unos dedos en esta oquedad y consigo superarla.

Unos minutos más caminando por la gran plataforma cimera y me encuentro en la cumbre. Las vistas son más hermosas que las del Tempestades, aunque sigue llamando la atención la visión hacía Barrancs y los picos donde estuvimos y quisimos estar ayer: las agujas de Salenques, Salenques, Mulleres, Forcanada, los picos de la val d’Aran; delante de nosotros divisamos claramente los Vallibierna; mañana iremos allí; el Castanesa, las montañas del Ampriu: Tuca Basibé, Cibollés, el Gallinero; a lo lejos se ve el Posets, los Eristes... Me quedo en la cima principal haciendo fotos, descansando y comiendo un bocata mientras Javiere se dedica a subir los picos secundarios del Russell pese a que le digo que esos tresmiles “no cuentan”.

Foto: Javier Rubio  
Ibón de Llosars  

Bajamos por el mismo sitio. En esta ocasión la dichosa roca que obstruye la chimenea no supone ningún obstáculo para mí. En el glaciar disfrutamos como enanos resbalando con los crampones puestos. Llegamos a la zona de rocas y decidimos atajar directamente hacía el ibonet de Llosás, pese a que no encontramos los hitos que despreciamos en la subida. Un nuevo aunque pequeño error, puesto que el terreno no es fácil aunque tampoco presenta, afortunadamente, demasiada dificultad. Un pelo de cuidado, una manita aquí y otra allá, algún saltito y estamos en el ibonet de Llósas; ya solo queda desandar lo andado. Pero hay que hacerlo rápido, muy rápido, o corremos el riesgo de perder el último autobús y tener que bajar los ocho kilómetros andando hasta Plan de Senarta.

Me cuesta, sufro un poquillo pero llegamos al refugio de pescadores media hora antes de que salga el bus. Mejor dicho, los buses, puesto que han tenido que poner dos debido a la gran cantidad de gente que queremos bajar a esta hora. Luego dicen que no es negocio.

Jueves 29 de julio. Como ayer, nos encontramos en el plan de Senarta esperando el autobús, pero hoy son las 9:15 de la mañana; hemos dormido un poquito más.
“Que si, buen hombre, que ya lo sé. Que son doce euros ida y vuelta y que si no me gusta pues, hale, un ratito a pie y otro andando. Pero es que me gusta quejarme, qué le voy a hacer; es mi carácter.”

Media hora, tres cuartos, observando el magnifico barranco que nos ofrece el viaje en autobús por la pista y ya estamos de nuevo en el Refugio de Pescadores a la entrada de Vallibierna. Por cierto, para mí, el valle más bello de la zona de Benasque, que es como decir de todo el Pirineo sur.

Nuestro objetivo hoy son los picos de Vallibierna, subiendo por Culebres. Los tenemos ahí, enfrente de nosotros durante todo el trayecto. Tomamos, como ayer, el camino hacía la pleta de Llosás y un poco antes de llegar a la misma debe haber un hito grande que indica que te tienes que salir del camino principal y cruzar el río por una pasarela (juro que eso es lo que pone en mi guía). Nosotros nos debimos de salir antes de tiempo. Bajamos por un corto barranco, cruzamos el torrente (que por cierto, iba bastante crecido) por un inestable y estrecho tronco lleno de ramas que el río había depositado allí, y tuvimos que subir una muy empinada ladera agarrándonos a los pinos cercanos para acabar en un prado lleno de hierba, lógicamente mojada. Eso sí, enfrente siempre la Tuca de Culebres. Retomamos el camino y siguiendo los hitos ascendemos por largas y empinadas pendientes herbosas. En algunos lugares hay hermosas edelweiss, flores que no son muy fáciles de encontrar en Benasque debido a que no crecen en granito; precisan de terrenos pizarrosos. Javiere me dice que no se me ocurra ni tocar una sola de esas maravillas. Le hago caso, aunque tomo nota de la longitud y latitud donde se encuentran.

La montaña bicéfala se alza enfrente de nosotros. Es uno de los más bellos ejemplares de montaña, solitaria, ninguna otra le quita protagonismo y tiene, por esta cara, un aire de inconquistable y misteriosa con ese color grisáceo-terroso, esas raras vetas amarillentas que dibujan geométricas figuras en su ladera y esos neveros colgados que la adornan. Este pico junto con el Midi d’Ossau y la Forcanada siempre ha estado entre mis preferidos; he subido al pico Vallibierna en tres ocasiones, pero nunca por este recorrido. Nunca he pisado la cima de la Tuca de Culebres, el hermano menor del Vallibierna al que se accede por el conocido paso de Caballo. A Javiere le pasa lo mismo. Tiene alguna deuda pendiente con el paso de Caballo desde hace unos años... y lo que te rondaré, morena.

  Foto: Javier Rubio
  Cumbre en el Culebres

Las rocas sustituyen paulatinamente a la hierba. Dejamos de ver hitos y no estamos seguros de si vamos por el buen camino. Saltamos alguna roca y pasamos algún paso, con riachuelo incluido, un pelo comprometidos; pero nada del otro mundo, fácil, muy fácil. Todo recto hacía arriba, más bien tirando hacía la derecha de la montaña, como si fueras a subir a otra, a la de la derecha de nuestro objetivo. En un determinado momento llegamos a una gran zona con un montón de piedra pequeñas sueltas, una pedrera. Unos centenares de metros por debajo de nosotros vemos un sendero que zigzagueando la cruza; lo seguimos con la vista y adivinamos por dónde debe pasar a esta altura. Efectivamente, una veintena de metros más haciendo el equilibrista por las piedras y llegamos al estrecho camino de tierra. Ganamos altura rápidamente por el duro sendero en dirección a un collado que se divisa sobre nuestras cabezas. El tiempo es muy inestable, hace frío, hace viento, no hay sol y se divisan negros nubarrones. “Javiere, va a llover.” “Que no va a llover, hombre. Anda, mira que eres miedoso, tira p'alante.” Tenía razón; no llovió: granizó.

Llegamos al collado, muy hermoso. Puedes seguir con la mirada todo el cordal de las amables y herbosas montañas del Castanesa; enfrente tienes la mole de la Tuca Arnau. Tiras hacía tu izquierda y continuando por el sendero, entre rocas, llegas a una antecima donde merece la pena acercarse al precipicio que da hacía la zona de la presa de Llauset y sentir la sensación de vértigo e inseguridad que te da estar allí, de pie en esta roca mirando al vacío.
Siguiendo los hitos y después de cruzar una pedrera y descender unos pocos metros, tienes que trepar por las rocas hasta llegar a la cima del Culebres, una pequeña trepada facilota.

Solo llegar a la cima, 3.051 metros; la niebla y las nubes nos envolvían, no se veía nada. Apenas tuvimos tiempo de hacer un par de fotos y empezó a caer primero agua y enseguida una fuerte granizada. No éramos capaces de encontrar por dónde habíamos subido y nos daba miedo tirar para abajo por cualquier lado. Nos estaba bien empleado, sobre todo a mí, por inconsciente y porque sabía que esto podía suceder. En unos minutos, que me parecieron eternos, Javiere fue capaz de localizar las rocas por donde habíamos trepado; a lo lejos ya oíamos claramente los truenos de la tormenta que se nos venía encima y veíamos, con pavor, los rayos. Destrepamos bajo la granizada las rocas y llegamos a la antecima, rápidamente cogimos el sendero hacia el collado y allí: puuuuummmmmmmmmmbbbbbbbbaaaaaaaaa, un potente trueno y su colega el rayo ya casi sobre la cima del Culebres. Estamos empapados, pero habría que habernos visto corriendo (Javiere más) por el sendero, mejor dicho por la pedrera, puesto que no respetamos las zetas o revueltas del camino, hacía abajo. Dudé si guardar mis bastones telescópicos en la mochila, aunque al final decidí que no, que no tenía tiempo para eso y los utilicé como impulsores en mi desenfrenada huida pedrera abajo. Javiere se iba distanciando cada vez más. ¡Cómo corre el condenado! A nuestra espalda oíamos cada vez más y más cercanas las explosiones continuas de los truenos. Los rayos, ni los veíamos. Una pena perderse el espectáculo, pero ¿quien se iba a quedar a disfrutarlo?

Foto: Javier Rubio  
Jinete intrépido al galopeeeee  

Un poco más abajo, ya en la hierba, la lluvia cesó y pudimos ver el espectáculo de la tormenta enredada en los Vallibierna. Me cambio de ropa y me pongo algo seco. Cruzamos el torrente, ahora más crecido, a horcajadas sobre el tronco de otro árbol ¿Dónde narices está la pasarela que se indica en la reseña de esta excursión? Después de tres horas y media nos encontramos de nuevo esperando el bus en el refugio de pescadores. Mucha gente, todos mojados; aunque creo que menos que yo.

Se han pasado como sin quererlo tres maravillosos días de montaña. Javiere se va a Italia: ha quedado con una ferrata tirolesa. Y yo, después de un par de días de descanso, voy a seguir conociendo algunos rincones de este inigualable valle pirenaico; un puñado de montañas grandes, pequeñas, fáciles, no tan fáciles... Pero eso sí, hermosas. Todas irán cayendo en el saco poco a poco. Pero eso son otras historias.

Texto: Daniel Cama

Nota importante: Queremos dejar constancia de que los comentarios sobre arrancar flores de edelweiss están hechos dentro de un tono jocoso sin mayores consecuencias. A nadie que participe en esta página se le ocurriría hacer tamaño atropello, muestra del más ruín comportamiento, al margen de ser algo que atenta contra el espíritu de un montañero, y la vigente legislación.


Primera parte de la crónica aquí

Las fotos en el siguiente enlace

NOTAS

Acceso: Recomendable mirar las páginas web de Guía Campsa o Vía Michelin

Mapas: De Editorial Alpina, Maladeta, Aneto, Valle de Benasque, (a escala 1:25.000). También lo hay en versión waterproof (resistente al agua), aunque enfocado más a rutas invernales.

Material: Para el tiempo y rutas indicadas, no se precisa material especial, al margen de las sempiternas botas. Salvo crampones y piolet en los casos en los que se cruzan neveros (como en la zona de Russell, Tempestades), lo que nos evitaría dar un largo y molesto rodeo caso de no llevarlos.

Si se desea extenderse por la cresta de Salenques, imprescindibles arnés, cuerda y cabuyería. Pero entrar en eso ahora excedería el alcance de estas crónicas. :-)

 

 
 
 
 
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