MONTAÑEROS.POP
 
 

DEL VALLE DE PINETA A BENASQUE

(1ª Parte. En Pineta)

 

Julio de 2004. Primera parte de la travesía. Regresamos al valle de Pineta a terminar lo que dejamos a medias. Tras la actividad allí programada, el grueso del grupo regresa a casa y Javiere emprende la marcha por el tramo de GR-11 que le llevaría a Benasque. Allí, junto a Daniel, aprendiz de montañero, quedaban más rutas por dibujar sobre el terreno.

Habíamos visitado quince días atrás el valle de Pineta, intentando un par de rutas que se nos quedaron en agua de borrajas por el mal tiempo. Aún recuerdo los fallidos intentos en medio de la niebla, con el grupo dividido entre los que queríamos agotar las posibilidades, buscando alternativas, y quien quería regresar al coche. No hubo posibilidad. Pero algunos quedamos con esa "espina" clavada, que nos movió a reintentar la empresa.

Establecimos el campo base una vez más en la explanada al fondo del valle, en la zona de acampada. Justo, Misha con su hija y el que suscribe. El "furor montañero" llenaba nuestras venas, con ganas de volver a las alturas; ver cómo se portaban con nosotros en esta ocasión. El sábado 24, a primera hora, emprendimos la ruta.

Nos dirigimos por el bien conocido camino al Balcón de Pineta. Primero, por la pista, hasta el recodo de la cascada; luego, siguiendo el bien señalizado sendero, inverosímil a la vista desde abajo, que va adaptándose a las sinuosidades del relieve y ganando altura a la montaña. Una vez en el Balcón, tras empaparnos de las amplias vistas de un día soleado, nos dirigimos hacia las paredes Este del macizo de Monte Perdido.

  Foto: Javier Rubio
  Monte Perdido y glaciar

Sin dificultad, encontramos una de las dos subidas habituales que salvan el resalte hacia el glaciar. Una solitaria, vieja e innecesaria cuerda servía de referente. Nos dirigimos, por nieve y pedrera, hacia el Cuello del Cilindro (3.074 m). En ese punto, Misha decidió dar la vuelta. Seguiríamos Justo, Chispita y un servidor.

Tanteamos si se podía acceder por la cresta del Dedo del Perdido, intentando evitar la pérdida de altura hacia el lago. Pero la parte final se hacía bastante escarpada y hubiera precisado de algún sistema de aseguramiento. Junto al Dedo nos dimos la vuelta y optamos por descender hacia el Lago Helado. El camino de bajada aprovecha los aterrazamientos, trazando una ruta bien marcada por hitos y el constante paso de montañeros. Una vez abajo, junto al lago, nos dirigimos por la vía tradicional hacia la cumbre del Perdido.

En esta época del año la famosa Escupidera de subida se convierte en un tedioso pedregal bajo el sol, que no reviste dificultad alguna. Lo recorrimos con paciencia, atravesamos las últimas lomas y alcanzamos la cumbre del Monte Perdido (3.355 m). Primera meta conseguida, respiro, alegría, momentos de descanso y... la siguiente meta ante los ojos: Añisclo.

Bajamos por la pedrera Sur hacia el Cuello del Monte Perdido. Muchos hitos y senda evidente. En ese tramo tuvimos que atravesar una pala de nieve bastante inclinada y dura que nos hizo sacar de nuevo crampones y piolet. Por suerte, porque fueron necesarios en algo más que una "práctica" de técnicas de autodetención.

Tras la nieve, pedreras. No veíamos ruta de ascenso hacia el Añisclo. O lo que se veía, era incierto. Como la cumbre era evidente, nos fuimos aproximando a ella por pura lógica. hasta que encontramos, en medio de aquél cúmulo de pedreras rojizas, los hitos que señalaban una de las posibilidades de ascenso. E hicimos cumbre en nuestro siguiente objetivo, el Pico de Añisclo (3.259 m). Sí, lo sabemos. Abundan los mapas y montañeros que usan el otro nombre de esta montaña, Soum de Ramond. Nosotros, sin dudarlo, nos decantamos por el original, autóctono y tradicional nombre de Añisclo. Nos gusta más que el más nuevo y foráneo de Soum (cima) de Ramond. Que nos disculpe el señor Ramond.

La tarde avanzaba, nos quedaba aún un buen trecho de ruta y empezamos a preocuparnos por la no muy lejana ocultación del astro rey (primo del astro-labio). Tanteamos la bajada "a capón" hacia el valle, junto a los Baudrimont, pues nuestro siguiente objetivo, la Punta de las Olas, parecía que se nos iba a ir de las manos esta vez. Buscamos referentes, para ver si esa bajada era practicable. Pero los raros hitos que se veían entre el caos de bloques, lo rápido que avanzaba la tarde y el temor a vernos enriscados a oscuras en zona desconocida, nos hizo retroceder en dirección a la Punta.

Localizamos a una pareja de montañeros franceses que hacían la ruta. Les preguntamos y nos animaron a seguirles. Iban hacia la Punta para bajar posteriormente por el collado de Añisclo. Esa ya era zona bien conocida para nosotros. Nos sumamos a ellos.

Foto: Javier Rubio  
Pico de Añisclo desde el Monte Perdido  

En breve llegamos a la Punta de las Olas, casi sin darnos cuenta. Desde esa vía, llegar a la cima apenas requiere subida. Hicimos cumbre (3.022 m) y nos "apuntamos" otro de los objetivos previstos, cuando ya lo habíamos dado por perdido. Pusimos especial interés en ver por dónde transcurría la bajada hacia el collado. Esa era la vía que no supimos localizar en la ocasión anterior, rodeados de niebla. Ahora, bajo el sol de atardecer, la bajada era insoslayable. Una pedrera (otra más, pero grisácea) bien marcada, que nos acabó dejando entre el caos de rocas que precede al Collado de Añisclo (2.453 m).

El resto, seguir un camino que nos era familiar. Bajada vertiginosa, atravesar el bosque, cruzar el pedregoso río y subir junto al Refugio de Pineta hacia la carretera, que nos condujo envueltos en las primeras sombras de la noche al campamento.
En definitiva, el día no se nos pudo dar mejor. Las cumbres fueron coronadas. A veces se recompensan paciencia y persistencia.

El día siguiente, domingo 25, era el de la despedida. No madrugamos mucho. Subimos tranquilamente por la pista de tierra hasta la cascada del río Lalarri, donde el resto del grupo se quedó, mientras mi persona continuaba la subida, mochila a cuestas, por la GR-11. No iría solo. Chispita, la tortuga montañera de trapo, se venía conmigo.
Menos mal, porque estos desagradecidos no soltaron ni una lágrima cuando se despidieron. }:-)

Eran cerca de las 11 de la mañana. En breves minutos llegaba al final de la pista, junto a la Cabaña de Lalarri (1.590 m aprox.), de uso evidentemente ganadero. No me gustaría tener que dormir ahí (ni creo que se pueda). Tras la cabaña, localizar el poco evidente camino en esa parte, hasta llegar a la zona en la que se hace bien claro y marcado. Ganando altura en dirección a la llanura de la Plana Fonda, un amplio y verde prado que desemboca en el barranco de las Coronetas, junto al Pietramula.

Aquí la bajada era bastante abrupta, enrevesada; pero sin más traba. Así hasta llegar al río Real, junto a la Fuente de Pietramula, donde varios grupos en familia estaban pasando el día. Cruzado el río se entra en la pista que recorre todo el valle Real, la llamada pista de Chisagüés, por el nombre del pueblo que cruza unos kms más abajo. La pista en sí carece de atractivo. Andar por un terreno adaptado al vehículo de cuatro ruedas no es lo más emocionante de la montaña. Pero el entorno le daba color. Sorprendía ver la cantidad de viejas bordas a lo largo de todo el valle. Algunas derruídas; muchas en pie, pero con signos de abandono. Verlas con tanta frecuencia incitaba a la imaginación a evocar los tiempos en los que su uso fuese algo habitual, con gentes atareadas en sus faenas. Dura vida.

Tras atravesar el poblado de Chisagüés, la pista, perdiendo constantemente altura, desemboca junto al pueblo de Parzán, al que no entra, dando con la carretera de Francia. Ahora se imponía un firme asfaltado y un nuevo rumbo Norte. Estos dos kms de GR-11 son de cuneta asfaltada.

  Foto: Javier Rubio
  Llanos y Cabaña de Lalarri

Tras esa distancia, cruzando la carretera se abre una pista de tierra, a la derecha, con un área recreativa y aparcamiento de coches. Es el principio del barranco de Ordizeto/Urdizeto. Desde una altitud aproximada de 1.200 m todo es subida constante, interminable en apariencia. Tras una buena tirada, se distingue en la lejanía el reflejo de los cristales de la Central Eléctrica de Urdizeto, junto al embalse. Es una meta que facilitarle a la mente. La mochila pesa, el paso es constante, quedo a quedo. Y poco a poco, los kilómetros van pasando bajo los pies, uno tras otro.

Llego a la altura del embalse y sus instalaciones. Lo escudriño desde lejos, con curiosidad. Siempre me han llamado la atención esas construcciones en la montaña. Intento adivinar su historia, la de quienes lo construyeron, su actual utilidad, las huellas del paso del tiempo... Y sigo subiendo la pista.

El cielo está cada vez más oscuro. Las nubes amenazan, aunque no espero lluvia. Pero el viento y la temperatura sí se hacen notar. El punto culminante del collado no está distante. Pero posiblemente allí arriba encuentre mucho más viento y menos posibilidades de cobijo que a la altura donde me hallo. Localizo una gran piedra, algo apartada del camino, y preparo el avío para pasar la noche, dentro del saco y la funda de vivac. Desde el saco observo cómo la luz se va desvaneciendo, las nubes aún hacen su juego y la noche llega sin pedir permiso. En ese escenario, lejos de todo y de todos, una sola persona es absolutamente nada en la montaña. Vulnerable y de nula consideración. Sin corazas.
Ahora hay que dormir.

A la mañana siguiente la claridad hace su efecto despertador. No apetece nada salir del saco; pero hay que hacerlo. Una determinación, un frugal desayuno y la marcha está reemprendida. Hacia el Collado de Urdizeto (2.314 m).

Al otro lado el valle se va llenando poco a poco con los rayos del sol. Recorro el camino que se acaba fundiendo con una pista de tierra y que me conduce finalmente a la llanura de Es Plans, donde se ubican algunas zonas de acampada colectiva, cámping y refugio. Mi siguiente referencia está un poco más adelante, ganando altura para variar. Es el Refugio de Biadós (1.740 m), donde solo voy a parar unos minutos a descansar y rellenar agua. El día no ha terminado y Benasque queda lejos.

Tras abandonar Biadós enfilo por el valle d'Añes Cruzes, entre numerosas y pintorescas bordas y prados. Más adelante, en la zona más estrecha del valle, parte de la superficie de la ladera se ha desprendido, dejando al aire la roca casi lisa, desnuda. Cuesta un poco de trabajo sortear este imprevisto. Y el camino sigue.

Foto: Javier Rubio  
Central E. de Ordizeto  

Cerca de la Cabaña d'Añes Cruzes (21.00 m aprox) hay que cruzar el río, en zona abierta, adoptando el rumbo Este. Las marcas de la GR no son muy claras. La subida hasta aquí ha sido tendida, agradecida. Pero en los siguientes metros la pendiente se hace mucho más pronunciada y dura. Cuesta la dura cuesta. Así hasta que se corona el Puerto de Chistau (2.577 m), donde paro unos instantes a comer, y de vuelta a perder altura, recorriendo en descenso todo el valle de Estós, de principio a fin.

Primero se desciende con cierta brusquedad a través de una pedrera marcada con hitos. Luego, se entra en la dinámica del valle, con descenso leve y constante, por caminos de tierra entre prados verdes y zonas boscosas. A la vera del río llego hasta el Refugio de Estós (1.890 m), sitio bien conocido. Pero apenas paro. Llevo puesto el "piloto automático"; aún queda mucho por andar. Andar sin apenas parar, pero observando con atención el entorno, la vida.

Pasando junto a la Cabaña del Turmo (1.730 m), junto a la refrescante y siempre bien recibida Fuente de Coronas, con su receptáculo de madera tallada, continuando hacia la Cabaña-Ermita de Santa Ana (1.540 m), junto al embalse de Estós, donde el firme de tierra se convierte en hormigón, y terminando en el cruce junto al Puente Nuevo de San Jaime/Chaime (1.260 m aprox.)

¿Terminando? De eso nada. Daniel se había comprometido a que estaría allí para recogerme cuando yo llegara, con tiempo de antelación. Pero, como era de esperar, allí no había nadie. O se había camuflado como señal de tráfico medio oxidada (no lo tendría difícil) o no estaba. Así es la vida cuando se hacen planes con Daniel: imprevisible. :-)

  Foto: Javier Rubio
  Belleza espinosa

Una llamada telefónica me confirmó que se hallaba todavía en Zaragoza, a punto de salir hacia Benasque. Nada que no fuera acostumbrado en él. Esperar no es mi fuerte, quieto, sin hacer nada. Así que concretamos en que me dirigiría hacia Benasque donde finalmente coincidiríamos. La travesía de la carretera me vino bien. Pude detenerme en alguno de esos detalles sin importancia que siempre se ven desde el coche y en los que nunca te puedes parar. Tramos de la antigua carretera, viejos parapetos fronterizos... Más piezas para el rompecabezas que había sido ese día.

Y así concluyó esa etapa.

Epílogo: Por diversas circunstancias, este relato se ha llevado a cabo con dos años de diferencia de cuando ocurrió lo narrado. Volver sobre los pasos de aquellos días, rememorar aquellas vivencias, ha despertado un cúmulo de sensaciones, recuerdos, anécdotas, datos... imposibles de reflejar aquí. Espero haber podido condensarlo lo suficiente como para que no se le haga [muy] tedioso al posible lector. De todas maneras, siempre servirá como cuaderno de bitácora, como registro para la frágil memoria; de unas montañas, de caminos y ríos. Los caminos siguen estando allí. Pero el agua que llevaban ríos, arroyos y torrenteras, esa nunca volverá a ser la misma.

Texto: Javiere

"Je ne sais plus de quoi parler
Non, ta maison elle n’est plus ici
Personne n’habite la maison qui dort
Je dis adieu à ce paysage triste
Il a ton âge
Mon chagrin nouveau
Bien mort"


Segunda parte de la crónica aquí

Las fotos en el siguiente enlace

NOTAS

Acceso: Recomendable mirar las páginas web de Guía Campsa o Vía Michelin

Mapas: De Editorial Alpina, Maladeta, Aneto, Valle de Benasque, (a escala 1:25.000). También lo hay en versión waterproof (resistente al agua), aunque enfocado más a rutas invernales.

Material: Para el tiempo y rutas indicadas, no se precisa material especial, al margen de las sempiternas botas. Salvo crampones y piolet en los casos en los que se cruzan neveros (como en la zona de Russell, Tempestades), lo que nos evitaría dar un largo y molesto rodeo caso de no llevarlos.

Si se desea extenderse por la cresta de Salenques, imprescindibles arnés, cuerda y cabuyería. Pero entrar en eso ahora excedería el alcance de estas crónicas. :-)

 

 
 
 
 
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