MONTAÑEROS.POP
 
 
JEBEL TOUBKAL
 

Mayo de 2004. Empezó como si fuera un chiste: "Un vasco, un catalán y tres madrileños, con dos tortugas valencianas de trapo, se van a Marruecos y uno le dice a otro..." :-)) Una vez más, la realidad superaba a la ficción. Fernando propuso en el foro de elatleta.com: "¿alguien se anima al Toubkal?" Kako, Nacho, Pablo y Javiere, acompañados de dos tortugas de trapo (Chispita y SinNombre) respondimos prestos a la llamada (léase jarana y bullicio). La meta esta vez era la cumbre reina del Atlas: el Toubkal, con sus 4.167 metros rasgando el cielo norteafricano.

Fernando a través de Internet, desde Guipúzcoa, aportaba datos y organizaba los planes para un fin de semana completo, como si de un turopereitor-man se tratara. Le secundábamos Kako (Barcelona), Pablo (Madrid), Nacho (Tres Cantos) y Javiere (Complutum capital).

  Foto: Javier Rubio
  Amanecer en Marrakech

Tras rastrear ofertas, se localizó un paquete turístico que nos llevaba en avión de Madrid a Marrakech (ida y vuelta), incluyendo media pensión en hotel de la ciudad, por tan solo 250 euros (por persona). En asientos, no en las bodegas. ¿Quién se podría resistir? Ni las rebajas de la "Semana Fantástica" de El Corte Neozelandés. En el pueblito de Madrid nos reuniríamos todos, y de allí partiría el asalto.

La salida se fijó para el jueves 6 de mayo por la tarde. Nuestra experta y concienzuda preparación se hizo evidente desde el primer momento: cuando oíamos por casualidad los últimos avisos de embarque para Marrakech, de pronto, ¡nos dimos cuenta de que llevábamos casi una hora esperando ante la puerta de embarque incorrecta! Carreras, nervios, gritos de pánico, y nos lanzamos por los pasillos hacia la puerta asignada. ¡Uff!.

Tras un par de horas de vuelo, llegamos al aeropuerto de Marrakech temprano en la noche; o avanzada la tarde. Nacho a punto estuvo de ser lapidado en el control por poner en profesión, "periodista". Bueno... Algún otro puso "sus labores", y no le dijeron nada... Aprovechamos a cambiar dinero en el mismo aeropuerto (lo más ventajoso). Nos recogieron en autobuses; hasta el hotel. Una cena ligera y luego escapada en la noche moruna, discurriendo por calles desconocidas ante miradas torvas. Había que contratar un taxi que nos pudiera llevar a los cinco a primera hora del día siguiente hasta Imlil. Los primeros contactos a la puerta del hotel nos pedían unos 800 dirhams (redondeando, 100 dirhams, 10 euros). Beaucoup d'argent, mon ami! Las laboriosas gestiones de Fernando parando a un taxi en medio de la avenida dieron como fruto la contratación de otro vehículo que nos llevaría y traería por unos 250 dirhams. Acabamos con el convencimiento de que Fernando sería capaz de venderles leotardos de gore-tex y felpa a los camellos.

Temprano en la mañana del viernes 7 salimos en busca de nuestro taxi. Llevaba ya un rato esperándonos (a pesar de nuestras dudas acerca de si aparecería); sin más demora, emprendimos el viaje. Atravesamos carreteras poco concurridas, embutidos en una lata Mercedes antigua, viendo cómo para el taxista una línea continua entre carriles era tan válida como un mosquito estampado en el parabrisas. Lo más sensato fue optar por no mirar a la carretera, y dejarnos emborrachar por el fuerte olor a gasóleo que se respiraba dentro del taxi; mientras Fernando, con elocuencia, interrogaba al conductor...
Foto: Javier Rubio  
Arquitectura tradicional  

Atravesamos el pueblo de Asni, y llegamos finalmente a las puertas de Imlil/Imelil (1.740 m), donde el antediluviano taxi nos dejó. No pudo entrar en el pueblo. Habría tenido que atravesar un arroyo crecido, y no tenía tiempo de mutar en canoa. Tras despedirnos y reiterar la hora de recogida, cruzando el arroyo con el machete entre los dientes (y gayumbos impermeables), nos adentramos en el pueblecito. La calle principal estaba especialmente dedicada a los "montañeros-excursionistas": tiendas, guías, servicios... En seguida contactó con nosotros un guía lugareño ofreciéndonos su servicio de mula-express: una acémila nos llevaría tres de las mochilas. Las dotes de Fernando entraron de nuevo en acción, y se pactó el precio. Hicimos una breve parada en casa del guía, en una aldehuela a las afueras, sin olvidar la preceptiva y tradicional degustación de té con hierbabuena. Y marchamos. Como acemilero, el guía nos puso a su padre (que no sabía contar, ni entendía de horas; un buen hombre que aparentaba veinte años más de los que tenía). Empezamos a subir, valle arriba.

El paisaje iba cambiando. La llanura marroquí que habíamos visto, salpicada de cerros, daba paso a la agreste montaña. Pedregales, algunas coníferas dispersas, rala vegetación. Al fondo, empezaban a destacar las soberbias cumbres del Atlas, blancas y altivas. La alegría nos embargaba cada vez que veíamos aquellas montañas nevadas. Un pocos kilómetros antes de llegar al Refugio de Nelter/Toubkal (3.207 m) el camino se cubría de nieve. Tras un tramo de peripecias no exentas de sustos (la mula estuvo un par de veces a punto de irse barranco abajo con su carga; el ABS no estaba en condiciones), nos despedimos de nuestro amigo arriero y concretamos la hora de recogida al día siguiente. ¿Lo recordaría? Habría que confiar en la divina providencia y en su buen tino.

Llegamos al refugio en unas cuatro horas desde el pueblo. De reciente reforma, pero escasamente dotado, el refugio estaba custodiado por guardas recelosos y poco amigables. El desdén de quien sabe que no le va a faltar negocio. No dispone de taquillas cerradas; tampoco sandalias o chancletas, aunque obligan a pasar sin botas; está prohibido usar el hornillo dentro; puedes usar la cocina comunal... previo pago de la tasa. Pero, en fin; era lo que había. Tocaba apechugar. Descargamos, nos aligeramos un poco, y salimos a respirar. Eso al menos era gratis.

Bien. Estábamos allí; aún era bastante temprano. El día se nos mostraba soleado y sin atisbo de mal tiempo. Echamos cuentas... Ummm. En principio nuestra idea era buscar la cumbre al día siguiente; al parecer es lo habitual. Pero con buen tiempo, tantas horas por delante... Lo sopesamos y decidimos que era posible subir. ¡Aupa! Así que nos atalajamos, y tomamos el camino de Jebel Toubkal. Salimos hacia el barranco detrás el refugio; primero al Sur, luego al Este a los pocos metros, hacia el collado en lo alto. El camino es bien evidente y muy trillado. Encontramos una nieve profunda y papa, que dificultaba sensiblemente el avance. Era pesado, penoso, ver cómo buena parte de la fuerza se quedaba enterrada bajo el blanco manto. Sudábamos como gorrinos. ¡Total no nos estábamos ahorrando en sauna!

  Foto: Javier Rubio
  Llegada al Refugio Nelter

Seguimos ganando altura, y alcanzamos la larga ladera pedregosa. Fácil de avanzar, pero monótona. El cansancio acumulado de un día entero iba haciéndose notar. El Toubkal no tiene dificultad técnica en su ascensión. Es literalmente lo que se llama una "montaña de vacas", al menos por la vía tradicional. Apenas sí era necesario el uso de crampones. Pero si se hace la ruta casi del tirón desde Imlil, como era el caso, es dura y pesada. Salvábamos un desnivel al que no estábamos acostumbrados. Algunos del grupo acusaban ligeros mareos, sin mayores molestias. Tan solo Chispita avanzaba sin rechistar, con cara alegre. Es que es valenciana la muy cuca. ;-)

Alcanzamos la cumbre. ¡Existía y estaba abierta! Para nosotros, débiles mortales de "todo a cien", era un hito. La mayor altitud hasta entonces alcanzada. La alegría era palpable. Pues, sí; nos palpamos. Abrazos, sonrisas, apretones de manos... A esas horas de la tarde no había nadie. Ni la máquina de las Coca-Colas. Nosotros solos. Pudimos solazarnos con la fea pirámide metálica de la cumbre, con sus hierros oxidados y sus pintadas. Admirar el fascinante paisaje a nuestros pies. Notar la diferencia radical entre el terreno de una vertiente y otra del Atlas. La humedad y nubosidad de la cara mediterránea, frente a la sequedad y calima del desértico Sur. Solo una cadena montañosa de por medio.

Nos hicimos innumerables fotos. Nacho y Kako debieron hacer cientos de miles. Con los disparadores automáticos para sacar el grupo al completo, añadidos el cansancio, la altura y las distancias, no fueron pocas las que pillaron a los fotógrafos en plena carrera hacia el grupo. ;-) Chispita y SinNombre fueron las artistas invitadas. Todo, bien regado con la botella de cava que Fernando había llevado expresamente para la ocasión. Guateque en las alturas. Incluso Pablo y Kako bailaron un agarrado.

Tras un buen rato de estancia cumbrera, el gélido viento se iba haciendo notar con mayor intensidad. La sensibilidad de las manos, desenguantadas a ratos para operar las cámaras de fotos, se perdía por momentos. Recogimos los bártulos y emprendimos el descenso. Hasta la vista, Toubky.

La niebla nos envolvió poco antes de llegar al refugio. Con la cercanía de la noche, la luz iba menguando, progresivamente. Seguíamos huella, a veces dispersa entre lo blanco de la nieve, lo difuso de la niebla. Tampoco se distinguía bien la mole del refugio. Pero no había dificultad alguna, pues básicamente era dejarse caer por el valle hasta dar con el inevitable edificio y las conducciones circundantes.

Foto: Javier Rubio  
En la cumbre de Jebel Toubkal  

Hicimos una cena pachanguera, charleta, chistes malos, y... a dormir. A la mañana siguiente el grupo se dividiría. Nacho y Pablo, una vez cumplido su cupo de montaña, deseaban bajar al pueblo y comenzar la parte turística. Fernando, Kako y yo queríamos sentir la montaña, hacer algo un poco más interesante que solo el Toubkal. Planeamos salir a la mañana siguiente a hacer un par de cumbres más. La montaña, cuando engancha, es insustituible.

Madrugamos aprovechando la dureza nival de las primeras horas. Esta vez ascendimos por el valle en dirección Sur, hacia el collado final. La cartografía de la zona es escasa y poco exacta. El tiempo, seguía siendo excelente; la nieve dura, el cielo despejado... íbamos disfrutando de nuestro entorno. De vez en cuando caía alguna piedra de las paredes cercanas. Una llegó a golpear contra la bota de Kako. En otra ocasión, fueron las gafas de sol de Kako las que se cayeron pendiente abajo... :-)

Llegamos al collado Tizi n'Ouagane. Una gran cornisa de nieve, trabajada caprichosamente por el viento, remataba el borde cortante. Paramos unos instantes a descansar, comer algo, admirar nuestro entorno. Chispita hizo un pis (y SinNombre). Continuamos la marcha, a nuestra derecha, dirección Oeste. Desde este punto la mayor parte del trayecto sería sobre roca y pedreras. Alguna breve trepada sencilla, y llegamos a la cumbre del pico Ras n'Ouanoukrim (4.083 m). Reagrupamiento, fotos, y vuelta de la mirada hacia la siguiente cumbre descollante, hacia el SurOeste: Timesguida n'Ouanoukrim (4.089 m).

Una pequeña bajada al collado entre cimas, seguida por la subida de una amplia pala nevada, nos colocaron en la cumbre. Cumbre ancha, extensa, rematada por hitos de piedra en ambos extremos. Las vistas seguían siendo espectaculares. Al NordEste destacaba el Jebel Toubkal, nuestro punto de encuentro del día anterior. Parecía tan pequeño y distante hoy... Como en este segundo día de altura estábamos en mejor forma física, y las ganas de pasarlo bien eran patentes, nos marcamos unas series corriendo por la explanada cimera. Que si unas fotos corriendo de cara; que si otras de espalda. Que si a ver quién llega antes al otro grupo de hitos. Montamos nuestro propio CAR (Centro de Alto Rendimiento). Chispita, que no corría, nos miraba con ojos de extrañeza. ¡Pobrecilla! ;-)

  Foto: Javier Rubio
  ¡Qué blanca era mi montaña!

Llegó la hora del regreso. Una cierta pereza se apoderaba de nosotros. Allí estábamos a gusto, contentos... Felices. Nos costaba trabajo tomar la decisión de regresar. Pero el tiempo pasaba. Y como no nos iban a dar permiso para edificarnos una choza allá arriba, y lo de ganarnos la vida vendiendo pipas tampoco iba a ser muy productivo, empezamos a bajar. De todas maneras, no les habrían dejado siquiera pergeñar planes tales Nekane a Fernando, ni Eva a Kako. ¡Faltaría plus!

Nieve, destrepe, collado, y el valle nevado hacia el Refugio Nelter. En los últimos tramos, Kako salió escopetado ¿Tendría que llamar por enésima vez a Eva, su corazoncito? ¿Le pegó un apretón? Es cierto que apetecía correr sobre la nieve. Pero a la vista del ritmo que tomó, supusimos que, además, habría bañado sus barritas energéticas en vodka de garrafón.

En el refugio aguardaba nuestro buen acemilero. Dijimos que no sabía contar. Por eso mismo, al no calcular las horas, estaba allí con dos o tres de antelación. Tras descansar un rato y liquidar con el guarda del refugio, nos acercamos andando al aparcamiento de la mula (MulaPark Station), y tras descargar en sus alforjas las pesadas mochilas, fuimos dejando atrás las nieves en pos del verde valle.

Al llegar al poblado junto a Imlil nos encontramos con Nacho y Pablo. Llevaban allí buena parte del día, de turismo rural marroquí. Pablo había comprado un tambor bereber, y tenía a medio pueblo loco de tanto golpeteo. Cientos de lugareños colmaban puertas y balcones; las mujeres lloraban, los niños berreaban, los perros aullaban. Todos nos pedían con vehemencia que nos lleváramos de allí al guiri musiquero, a Sidi BarbaFriki. ;-)

Foto: Javier Rubio  
La alegría de la huerta  

Somos unos blandengues, es verdad. Así que tras degustar un sosete cus-cús, comprar todas las teteras viejas de nuestro anfitrión, y cargar las mochilas (a las espaldas; ya no había mula-car), comenzamos a bajar hacia el pueblo de Imlil. A las afueras estaba nuestro taxista esperándonos. Fernando remoloneaba, tratando de negocios con el guía. Si le dejamos diez minutos más, monta una multinacional de guías de montaña, un restaurante de Tele-cus-cús y un servicio de traducción bereber-patocho-euskera-marciano.

Llegar al hotel en Marrakech suponía contrastar sensaciones. Por un lado, nuestra mente seguía volviendo allá arriba, a las montañas. Por otra, agradecíamos la ducha, ropa limpia, y mullida cama. Aunque a esta última (¡la mía!) alguien se entretuvo en hacerle la "petaca"... Manga de pervertidos que no respetan a sus mayores, oiga...

Así terminamos el sábado. El domingo lo dedicamos a hacer turismo por Marrakech y a comprar las típicas tontadas de turista guiri despistado. Regateos, baratijas, tambores, fotos, callejuelas... En el aeropuerto, intercambio de impresiones con la delegación femenina mexicana, embarque en avión, y vuelta a España. En la mente de cierto personaje, ecos de nostalgia con acento moruno: "Nacho, veeeeeen. Nacho, veeeeen!" :-)))

Una muesca más que hacer al piolet. Una aventura más vivida; la vida es una aventura. Nuevas tierras, culturas diferentes, respeto y amistad. Sensaciones y recuerdos que no se borrarán. Un paso más hacia futuras cumbres más lejanas.

Texto: Javiere

Las fotos en el siguiente enlace

Ruta marcada sobre el mapa

NOTAS

Acceso: Pues me temo que está al otro lado del mar si se va desde la Península Ibérica (o las Canarias o Baleares), así que, o se sabe nadar muy bien con el macuto a la espalda, por mucho tiempo, o lo mejor es mirar ir en barco o avión. Nosotros optamos por el vuelo (en avión; a pelo, mejor no) desde Madrid, aprovechando una de las numerosas ofertas que ponen, incluyendo alojamiento en hotel, los touroperadores. Hay bastante frecuencia de vuelos entre Madrid y Marrakech. Económico, cómodo y rápido. Una vez allí es fácil negociar con cualquier taxi o mulero para desplazarse... siempre y cuando se sepa regatear bien. ;-)

Mapas y bibliografía: Hay poca cartografía disponible. Algún mapa de cordales, y otro mapa, de lectura algo compleja, editado por el Ministerio de Agricultura Marroquí, División de Mapas, Jbel Toubkal (a escala 1:50.000). Diseñado y publicado en 1968. Luego, en las numerosas guías turísticas, se suelen incluír algunos breves croquis e indicaciones accesorias. No reseñaremos aquí ninguna, pues son guías genéricas, de las que para esta ruta solo aprovecharíamos una o dos páginas a lo sumo, y que son fácilmente obtenibles en cualquier librería con sección de viajes.

Material: No es imprescindible en estas fechas (mayo) portar crampones ni piolet, aunque sí recomendables. La zona está bien venteada por lo que las prendas de abrigo que mitiguen este efecto son especialmente recomendables. Si se va a usar el refugio, que nadie se moleste en acarrear hornillo: está prohibido usarlo en el interior. De noche, salir al frío a prepararse la cena... como que no apetece. Imprescindible también calzado "de descanso" en el refugio. Exigen entrar sin botas (son estrictos), pero no aportan nada de libre uso (chancletas, zuecos...) como es habitual en casi todo refugio.

 
 
 
 
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