MONTAÑEROS.POP
 
 
AL NORTE BALAITUS. AL SUR, TEBARRAI
 

El fin de semana del 12/13 de junio era clave para muchos del grupo. Se celebraba una nueva edición del Maratón Alpino Madrileño. Y era cita casi obligada. A pesar de tan fuerte reclamo, otros optamos por otear el horizonte al norte, en la barrera pirenaica. Esta vez la señal de llamada tenía un nombre (¿solo uno?): Balaitus/Balaitús/Balaitous.

Para poder aprovechar bien el escaso tiempo, salimos de Madrid el viernes, a eso de las cuatro de la tarde. Llegamos a Sallent de Gállego (Huesca) aproximadamente a las ocho y media (Gonzalo, el conductor, hizo de Fiti). Subimos hasta el aparcamiento del Embalse de La Sarra; aún nos quedaba hacer la marcha pinrélica al Refugio de Respomuso (2.208m. También llamado erróneamente, incluso en carteles, Respumoso, como si fuera un cava resultón). Con la mochila a plena carga y el día feneciendo, el recorrido se convirtió en una lucha contra reloj. Había que salvar un desnivel de más de 700 metros. Llegábamos a meta poco antes de las once de la noche, en diferentes tandas. Sin haber hecho las reservas para esa noche (había estado en el aire la posibilidad de vivaquear), y con los guardas ya encamados, nos acoplamos clandestinamente como buenamente pudimos, en camas vacías o suelo, hasta poder regularizar la situación al día siguiente. Montañeros en pateras, "sin papeles". Por si acaso, dormimos sin pasamontañas.

  Foto: Javier Rubio
  Atrás queda el refugio

Aunque parezca mentira, al día siguiente, amaneció. Sin mucho madrugar, a eso de las ocho, tras un frugal desayuno, y tímido frote de legañas, empezamos a ganar altura al norte, por el barranco de Respomuso, en dirección al Balaitús (3.144 m). En la zona de pradera los hitos eran confusos, pero la brújula y el mapa no dejaban lugar a dudas: "toparriba". En poco tiempo alcanzamos nieve y enlazamos con las huellas previas. El Circo de Vuelta Barrada, con sus ibones helados, ponía un marco sublime de roca y nieve. Parada para calzar crampones, sacar piolet, y enfilamos hacia la Brecha Latour, el paso natural a la cumbre desde la vertiente sur.

Con la notable cantidad de nieve que copaba la brecha, pudimos subir el corredor sin apenas tener que tocar las clavijas que la recorren; solo las dos últimas del trazado. A partir de ahí, la trepada, aunque algo expuesta, no revestía dificultad. Optamos por hacerla sin crampones. Solo se complicaba en parte por la saturación de montañeros; cuello de botella que al parecer es habitual en este paso. Nos sorprendió sobremanera que, de un grupo numeroso que bajaba, varios de su componentes ¡era la primera vez que rapelaban! Si les hubiera dado por volar... La lentitud era exasperante. Conseguimos esquivarlos, y continuamos a lo alto del resalte rocoso de la brecha, por su cara norte (derecha).

Foto: Javier Rubio  
Subiendo la Brecha Latour  

Ya desde este punto solo había que recorrer la pendiente suroeste del Balaitús hasta la cumbre, donde nos aguardaba una especie de pirámide metálica tubular, que hacía de marco para el clásico vértice geodésico. Abrazos de rigor, felicitaciones, fotos y breve refrigerio. Las vistas, muy limitadas por la casi constante niebla. Raquel, Enrique, Manolo, aún no sabían la letra de "La Montanara", así que fueron eximidos de tan tradicional canto alpino. Chispita se quiso subir a lo alto del vértice, y allí le hice una foto, para la posteridad. Parece mentira lo coquetas que pueden llegar a ser las tortugas de peluche. :-)

La parada en cumbre fue breve. El viento gélido se vio acompañado por una llovizna cada vez más intensa, fuertes truenos, y sin más dilación empezamos a bajar, hasta la parte superior de la brecha. Allí nos encontramos delante nuestro a otro grupo que se estaba preparando para descender rapelando. Si el de la subida tenía poca experiencia, este no le andaba muy a la zaga, por desgracia. A pesar de contar con algunos montañeros experimentados, varios de sus componentes eran neófitos. La espera era desesperante. La llovizna se había convertido en granizada, que nos empapaba, lanzada por el fuerte viento a su antojo. Y aquello no avanzaba. No se veía un Policía Municipal en toda la zona. ¡Menudo atasco! :-(

  Foto: Javier Rubio
  Paisaje encrestado

Con las cuerdas de ambos grupos se montaron cuatro rápeles -se aprovechó para bajar toda la chimenea, incluso la parte nevada- y los últimos del grupo tuvimos que esperar entre dos y tres horas (de reloj) arriba, a que se despejara la canal, tiritando de frío, con los guantes empapados, y haciendo mil cábalas para intentar entender la razón de tan exagerada demora. Era el momento de los chistes malos y las diatribas. De dar palmas y adoptar posiciones fetales. Todo lo que fuera válido para distraer la mente y evitar el castañeteo de dientes.

La montaña es caprichosa como ella sola. Tras tan larga espera, fuimos descendiendo y desmontando los rápeles, recogiendo las empapadas cuerdas para, al llegar abajo de la Brecha... encontrarnos con que el tiempo cambiaba y el frío dejaba paso a un sol intenso que nos devolvió a la manga corta. Con paso vivo y alegre, regresamos al refugio, agradeciendo la actividad y la vista de un valle luminoso blanco y verde. Recuento y secado de equipo, charleta, opípara cena y a la piltra, a dormir, que es muy sano.

Para el domingo era incuestionable que había que hacer algo. La Gran Facha no nos iba a ser posible (para alguno sería repetición cercana), y volvimos las miradas al sur, a otro pico atractivo y orgulloso, el Tebarrai (2.916 m). Allí nos dirigimos Raquel, Enrique, Pedro, Manolo y un servidor. La aproximación sería sencilla, siguiendo el trazado de la GR-11 en esa zona, que nos llevaría directamente al Collado de Tebarrai (2.782 m). Remontamos el valle hasta tener a la vista la presa del Ibón de Campoplano, y cruzamos el río por un pobre puente de hormigón y hierro. Pero las amplias zonas cubiertas de nieve ocultaban el camino, haciendo la ascensión más una cuestión de orientación (fácil) que de seguir rutas marcadas. De hecho, nos desviamos mucho más hacia el oeste del trazo de la GR-11, ganando altura, más cerca de la Divisoria de Pondiellos, hasta que al llegar al helado Ibón de Llena Cantal, localizamos la huella en la nieve y fuimos directos al collado.

Foto: Javier Rubio  
Hayedo en el regreso  

Con no excesiva pendiente, subimos la primera canal nevada a la derecha -en vez del trazo más evidente en el centro de la cresta rocosa- y llegamos a su parte superior. Desde ahí ya solo fue seguir por la vertiente sur hasta la cima del pico, y hacer cumbre cómodamente. Cuidando mucho el paso para no perder pie -la fuerte pendiente helada nos hubiera dirigido en caída hacia el sureño Ibón de Tebarrai-, y sin poder alcanzar el punto más alto, que no la cumbre, al estar este formado por una precaria cornisa de nieve de aspecto poco seguro. Ese día habíamos decidido no volar a pelo. Tal vez en otra ocasión...

¿Que alguien lo dudaba? Chispita también iba en este viaje. Abrazos, fotos, comida, todo bajo un sol espléndido a pesar del viento, y tras un buen rato admirando el panorama (vistas majestuosas de Infiernos, Garmo Negro...) regresamos al Refugio. Buscamos esta vez seguir más fielmente el camino usual, GR-11, por variar el recorrido, y tras un par de breves paradas nos pusimos en Respomuso.

Recogimos el resto del equipo de las taquillas, nos despedimos de un refugio acogedor que ya estaba prácticamente vacío, y regresamos a La Sarra a buen paso, disfrutando de un paisaje que en la ida habíamos hecho en casi total oscuridad. Los hayedos, saltos de agua, paredes rocosas y cañones... solo por ese tramo ya hubiera merecido la pena visitar la zona. Lo lamentable era ver patentes las cicatrices dejadas por las antiguas obras de represamiento, y su odiosa costumbre de abandonar ruinas y maquinaria por doquier, afeando el entorno. ¿Es que no hay quien se decida a remediarlo?

A pesar de esos borrones inexcusables, la ruta nos embriagaba con sus encantos. ¡Tanta belleza...!

Unos buenos bocatas y bollos en el chiringuito del aparcamiento, regados con refrescantes brebajes; charla distendida sobre el pasado y el futuro; y unos pensamientos que se habían quedado atrás, entre las cumbres, como jirones de niebla enlazados entre las peñas. El lunes no conseguiría borrarnos todo eso. Lo eterno siempre permanece.

Texto: Javiere

Las fotos en el siguiente enlace

Ruta marcada sobre el mapa

NOTAS

Acceso: De Madrid a Sallent de Gállego (Huesca) tenemos 470 kms aprox (poco menos de 5 horas). Salimos por la A-2 hasta Zaragoza. Allí cogemos la N-330 hacia Huesca, continuando dirección norte, hacia Sabiñánigo. A los pocos kms de pasar esta población, nos desviamos por la N-260, dirección norte. Pasamos junto a Biescas y, continuando por la misma carretera, que ahora ha cambiado su denominación por la de A-136, nada más pasar junto al embalse de Lanuza, nos desviamos de esta carretera entrando en Sallent. Nada más entrar en el pueblo, ascendemos inmediatamente por una sinuosa, estrecha y empinada carretera que sale a la izquierda, y que nos conduce finalmente al aparcamiento del Embalse de la Sarra. El resto, a pie, que ya está bien de tanto coche.

Mapas: De Editorial Alpina, Valle de Tena, Sierra de Tendeñera, Peña Telera, (a escala 1:40.000)

Material: Precisamos de crampones y piolet, como se desprende del relato. Aunque la Brecha Latour no reviste especial dificultad, es aconsejable llevar lo necesario para montar un rápel, o para asegurarse en la subida. Las condiciones de la roca, presencia de nieve, etc., no siempre son las que se esperan. La salida al Tebarrai no precisa de cabuyería alguna. ¿Qué más? ¡Ah, sí! Un salvoconducto de los elfos para poder cruzar el hayedo. Sin él, hay mucho riesgo. ;-)

 

 
 
 
 
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