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26
de enero de 2003. Esta fue tal vez la primera salida montañera como
grupo, variable, pero más o menos homogéneo, de la que hay registro
en las débiles neuronas. Se trataba de hacer una rutita sencilla, invernal,
a las Cabezas de Hierro (2.381 y 2.374 m), en
la Sierra de Guadarrama (Madrid).
Habíamos quedado temprano, pero las dificultades de tráfico para acceder
a la zona (a ciertas horas el tráfico es muy intenso y se satura el
aparcamiento), el clima un tanto revuelto y otras menudencias, hicieron
que finalmente avanzaran algunos minutos más de los previstos. El punto
de encuentro era el aparcamiento del puerto de Cotos
(1.830 m), al pie de la antigua estación de esquí felizmente recuperada
para el ecosistema. Por desgracia, algo poco frecuente en medio de un
mundo consumista hasta la extenuación.
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Encuentro.
Todos alrededor de Felipe |
Una
vez reunido el grupo que no se arredró ante la cita (Felipe a la cabeza,
Justo, Antonio Cámara, Manuel Bejarano, Richar y el que suscribe), llegó
el momento de la partida. Revisamos el equipo y nos dirigimos un trecho
por la carretera ascendente hacia la entrada al antiguo campamento juvenil
(quedaban restos del arco de entrada), junto al refugio del
Pingarrón, donde iniciamos el descenso hacia el fondo del valle
y nos adentramos en terreno completamente cubierto por la nieve; una
constante en el resto del itinerario.
Atravesamos en dirección sur el bosque; los arroyos Guarramillas
y Cerradillas, bajando y subiendo. Y nos dirigimos
a las faldas de las Cabezas, donde iniciamos su
ascensión por la cara norte, improvisando camino. Cuando la pendiente
comenzó a tornarse más acentuada, se hizo imprescindible parar para
calzarse los crampones. Eso sí, tuvimos especial cuidado en ponérnoslos
con los pinchos para abajo. Nos dijeron que era la mejor forma. Las
veces anteriores habíamos probado en poner las puntas hacia dentro.
¿Tal vez por eso nos duraban tan poco las botas y nos caíamos tanto?
No sé, no sé... :-)
Comenzamos a subir, ayudados por los piolets, observando con cuidado
el estado de la nieve, que en algunos tramos era dura y con fuerte pendiente.
En el trayecto nos cruzamos con un grupo que estaba practicando escalada
sobre una pequeña cascada de hielo.
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| ¿Y
si nos dejamos caer? |
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Al acercarnos
a la cumbre (la estábamos atacando por la vertiente norte), encontramos
algunas dificultades por las placas de hielo, las rocas de esa zona,
y el fuerte viento helado que nos azotaba constantemente. Atravesamos
algún paso un tanto comprometido pero, finalmente, sin mayores
problemas, hicimos cumbre.
Hacer cumbre, superar la cornisa que daba paso al punto culminante del
pico principal, suponía tener que saltar literalmente contra el viento
para conseguir vencer su fuerza y caer al otro lado. Nos daban ganas
de atar a uno del grupo de una cuerda y dejarlo mantenido como una cometa,
con los brazos extendidos. Solo hubo un problema: no encontramos voluntarios.
¡País de indecisos!
Conseguimos finalmente llegar junto al sempiterno vértice geodésico
que marcaba la máxima altura, Cabeza de Hierro Mayor,
2.381 m., donde era difícil mantenerse por causa del viento. Descendiendo
unos pocos metros al sur, hallamos cobijo junto a unos bajos muretes
de piedra, restos de vivaques, y aprovechamos para comer algo (las
típicas guarrerías de barritas y similares; ¿cuándo harán barritas de
jamón serrano con tomate?). Incluso en esta situación tuvimos que luchar por mantener
los envoltorios, que eran presa del fuerte viento al menor descuido.
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Equipo
de "fúrgol" en la cumbre |
Reiniciamos
la marcha. Cresteando un poco hacia el sureste, pasamos junto a Cabeza
de Hierro Menor (2.374 m) hasta llegar al collado de
Valdemartín (2.146 m) donde iniciamos el descenso por
su vertiente norte, para luego enlazar con el mismo tramo que tomamos
en el ascenso, cruzando el bosque. Pero antes quisimos aprovechar
unos minutos para practicar con técnicas de autodetención sobre nieve,
lo que pudimos hacer de forma bastante amena. Nos dejamos rodar por
la nieve, clavando el piolet. Estuvimos incluso a punto de conseguir
deshacernos de Manuel, ladera abajo; pero el hombre reaccionó a tiempo
y abortó la diversión. ¡Ten amigos para esto! :-(
Para que fuera más entretenida esta etapa, Richar buscó dejar "casualmente"
parte del equipo en medio de la ladera, y nos dio el aviso inocentemente
cuando habíamos bajado un buen trecho de metros. En fin. ¿No habíamos
ido a divertirnos? Pues, ¡hale!, sonrisas a tope. ;-) Y panzada a subir,
recoger y bajar.
Finalmente, tras cruzarnos con algunos grupos en ascensión, atravesar
el bosque en sentido inverso, y deshacer lo andado, llegamos nuevamente
al punto de partida, el aparcamiento de Cotos. Nos
costaba decir adiós. ¡Había sido tan corto! Pero las obligaciones familiares
de los más "mayores" hicieron lo que la voluntad rehusaba. Despedida
y cierre.
Una salida sencilla, prácticas de técnica sobre nieve, utilización de
equipo, y otras menudencias. Algunos del grupo salieron tan encantados
que prometieron llevarse la próxima vez las polainas, piolets y
prendas de abrigo que habían olvidado en esta ocasión. :-))
Salir a la montaña siempre es remunerador, aunque se trate de pocas
horas como fue esta vez. Habrá más oportunidades, metas más amplias.
Y allí estaremos para aprovecharlas, para beber de las fuentes de esa
montaña que nos enamora y embriaga.
Más
fotos de la ruta en este enlace
Ruta
sobre el Mapa
Texto:
Javiere
NOTAS
Accesos:
Carretera M-601 y CL-601 de Madrid a Segovia, que lleva al puerto de Navacerrada.
Desde el puerto surge el desvío a Cotos. Desde Madrid hay poco menos
de una hora de coche (depende del Fitipaldi).
Por
ferrocarril, la línea que une Madrid con Segovia para en Cercedilla. Desde
la estación de Cercedilla se puede tomar otro ferrocarril de montaña,
de vía estrecha, que llega a Cotos pasando por el puerto de Navacerrada
Mapas:
"Guadarrama. Navacerrada, Peñalara", de Editorial Alpina, escala 1:25.000.
Atención a la falta de actualización. La Estación de Esquí de Valcotos
hace años que no existe, ni sus telesillas.
Material:
Para senderismo, en verano unas buenas botas. En invierno, imprescindibles
crampones y piolet. Por el llano pueden ser recomendables raquetas,
según el estado de la nieve. Y algo de comer lo agradece el que se esconde
tras el ombligo.
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