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COMACHIVOSA
(VIGNEMALE) Y MONTE PERDIDO |
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Agosto
de 2003. Desde el campo base en Bujaruelo, varias rutas girando en torno
a dos de las cumbres más notorias de la zona. La sombra del Conde
Russell y su amor por esta zona nos inspira, da trascendencia a cada
paso Todo empieza el lunes 11 de agosto. Tras los últimos preparativos de rigor, salimos de Madrid a media mañana hacia Zaragoza, donde recogemos a la componente restante del grupo, y enfilamos hacia tierras oscenses. Vanesa, Alejandro y el que suscribe, llegamos a Bujaruelo (1.338 m), en el valle del mismo nombre, perpendicular a Ordesa. Montamos la tienda (de campaña, tienda de campaña, ¿eh?) y aprovechamos los últimos momentos del día para los preparativos finales. Al día siguiente tocaría madrugar. Queremos hacer la ruta al Comachivosa/Vignemale en un par de jornadas, con calma.
En la mañana del martes 12 el despertador nos saca del sueño a eso de las 6:00. Tras aviarnos, emprendemos la marcha ascendiendo en dirección al Puerto de Bujaruelo/Gavarnie. El camino está bien señalizado; es una vía tradicional de paso. Subir, subir y más subir. Hubo años atrás un plan según el cual España iba a construir una carretera que enlazaría con la correspondiente francesa. Los franceses hicieron su parte (hoy el último tramo está en mal estado y cerrado a la circulación). La española (por suerte) nunca se hizo, aunque todavía lo registran como "proyecto" algunos mapas franceses... Tras
unos minutos de ascenso zigzagueante, encontramos las claras marcas
-un círculo pintado en spray amarillo "fosforito"-
que señalan a la izquierda la ruta a tomar, junto a una torreta
de conducciones eléctricas. Nos desviamos de la subida al Puerto,
cruzamos un pequeño puente metálico y tomamos el camino
que nos conduce arriba, al ibón de Bernatuara,
y a su correspondiente Puerto, al norte. Pasamos entre prados y vacas
junto al abierto Refugio de Plana de Sandaruelo (1.680
m).
Alcanzamos
el Puerto de Bernatuara (2.338 m) y descendemos ya
en el lado francés por la Vallée de la Canau,
muy transitada por montañeros franceses y grupos de familia.
Con vaquitas que pastan, pero en francés. Très bien.
:-) Los paisajes son indescriptibles. Cruzamos prados, algún nevero (lleno de ovejas, curiosamente; también francesas), caminos excavados en roca, canchales... Ganando altura, y cruzándonos de continuo con más personas que, dijeras lo que dijeras, te contestaban casi indefectiblemente: "bonjour". ¿Bonjour?
Pues... Hasta aquí el día había sido soleado, claro,
bueno. Pero... No
teníamos intención de pernoctar allí, pues dábamos
por descontado que estaría a rebosar. Y en efecto, así
era. A su alrededor se acumulaban numerosas tiendas. En el interior
había gente hasta en el hueco de la chimenea.
Cuando
la lluvia amainó y recuperamos calor corporal, decidimos deshacer
parte de lo andado y llegarnos a las artificiales Cuevas de
Bellevue. Un recuerdo del paso del Conde Russell por la zona.
Elegimos de las tres la que nos pareció más confortable
(aunque carecía de calefacción central, baño, cocina...
¿Sería del IVIMA francés?), y allí montamos
campamento. A pesar de las goteras que aquejan a las tres. Pero también
a Carlos V le aquejaba la gota y llegó a ser Emperador
del Sacro Imperio. 8-) Al
amanecer del miércoles 13 (otro madrugón a las
6:00) iniciamos la marcha por la ruta que nos conduciría a la
Pique Longue del Comachivosa/Vignemale
(preferiré llamarle por su nombre español, Comachivosa,
en lugar del francés, que tengo mal Pedreras
en principio, neveros, y finalmente el glaciar, inmenso, gris azulado;
rimayas, grietas, inquietante. Piolet imprescindible. Para esas alturas
llevábamos desde hacía un rato los crampones puestos (en
las botas). La ruta era de pisada nítida; la ascensión
parecía una romería, muy concurrida por numerosos grupos
(más "¡bonjour!").
Una
vez en la cumbre comprobamos que el cresteo no era tan fácil
como parecía desde abajo, y menos aún cargados con los
mochilones. Trepada algo difícil. Así que emprendimos
el descenso por el mismo sitio de subida, y por la base de las rocas,
sobre el glaciar, nos acercamos al Col de Cerbillona,
al Este. Desde ahí atacamos e hicimos cumbre, primero, hacia
el Norte, en el Pic du Clot de la Hount (3.289 m) (le
podían haber puesto un nombre más corto, leñe;
o que al pronunciarlo no pareciera que lees una carta de restaurante)
y bajando de nuevo al collado, subiendo ahora hacia el sur, hicimos
cumbre en el Cerbillona (3.247 m). El tiempo ya no
nos daba para más, y el regreso era largo. No habíamos terminado de salir de las estribaciones del glaciar, cuando la lluvia empezó de nuevo a dejarse sentir con especial intensidad. ¡Y tanto! Pero ahora no nos podíamos permitir perder más tiempo. Alcanzamos el Refugio de Baysellance como buenamente pudimos, recompusimos un poco el material, y proseguimos la marcha hacia el Refugio des Oulettes de Gaube (2.151 m), en el siguiente valle, al norte, tras cruzar el collado Hourquette d'Ossoue. Seguía lloviendo. Pero era lluvia en francés, lo que le daba un aire más chic. Alejandro
empezó a dar señales de fuerte cansancio, lo que nos hizo
bajar más aún el ritmo de marcha. Descansamos brevemente
en el refugio, y continuamos subiendo hacia el Puerto de los
Mulos (2591 m), bajo lluvia intermitente.
Se nos juntó el problema de que, al otro lado del Puerto, ya en suelo español, las marcas francesas del HRP (Alta Ruta Pirenaica) se dividían en dos caminos distintos, cosa que no registraba el mapa. Y empezó el infierno. La oscuridad ya era total. Iniciamos
uno de los dos senderos, pero no era el adecuado. Nos llevaba manteniendo
altura hacia el interior del Circo del Ara. Retrocedimos
a la luz de los frontales, hasta encontrar las otras marcas, y el compi
finalmente se desplomó. Le dio un jamacuco. A todas luces, un
ataque epiléptico. Cayó redondo, al suelo, balbuceando
palabras ininteligibles, mirando aturdido a su alrededor, sin ver ni
reconocer. Le despojamos de la mochila, y buscamos reanimarle. Tras
unos momentos de preocupación (noche cerrada, en medio de ningún
sitio, sin comunicación posible), se fue recuperando en parte. Tirando de frontales seguimos bajando hacia el valle. Cuando se acabaron las indicaciones del HRP buscamos infructuosamente los hitos de la senda que queríamos tomar. Nada. Nos intentamos guiar por el curso del río, bajando intuitivamente, eludiendo enriscarnos. Pasamos junto a pequeños ibones que no aparecían en el mapa, despistándonos. Nos repartimos los otros dos componentes del grupo la mayor parte de la carga de la mochila del compi "averiado" (Vanesa, como una jabata, llevando excesivo peso sin inmutarse, fuerte y animosa), hicimos en lo sucesivo especial hincapié en la correcta hidratación y alimentación, y seguimos la marcha, viendo cómo la noche avanzaba y la luna asomaba sobre el valle, por entre sus negras crestas. Tras una larga travesía que parecía no acabarse nunca, con el río como referente, localizamos los primeros hitos (la primera vez que nos alegró tanto el hit-parade...), de los que ya no nos separamos hasta enlazar con el GR-11. Luego, Cabaña del Cerbillonar (1.807 m aprox.), atravesamos arroyos, rebaños de vacas (estas eran ya españolas, y nos miraban indiferentes, pasotas, pero sin quitar ojo), y llegamos finalmente a una de nuestras referencias, el Refugio de Ordiso (1.591 m), zona que ya era conocida, donde comenzaba la pista hasta Bujaruelo. Eran ya las 4:15 de la madrugada. Estábamos
derrotados de cansancio. Vanesa y Alejandro decidieron quedarse en la
cabaña a pasar el resto de la noche. Las mochilas pesaban; los
párpados más. En mi caso opté, sabiendo que estábamos
en zona conocida, por seguir hasta la tienda en Bujaruelo.
Una hora más de marcha rápida por la ahora ancha pista
forestal.
El jueves 14 fue de levantarse tarde, descansar, y otras actividades. (Los compis llegaron desde Ordiso.) Entre ellas, preparar el día siguiente, secar el material, y demás tareas. Tenía en mente a quienes iban a estar allá, en Madrid, haciendo la Cuerda Larga Nocturna, mis amigos corredores. Sentía estar lejos. ¡En fin! De alguna forma ya habíamos tenido nuestra particular marcha nocturna a la luz de la luna lunera cascabelera. Viernes 15. Otro madrugón (pero menos) para bajar a Torla, dejar el coche y tomar el autobús que nos llevaría a la Pradera de Ordesa. Desde allí, y en parte recordando el consejo del amigo HD (que leí y tuve en cuenta), tomamos la Senda de los Cazadores. Una subida impresionante, preciosa, constante, hasta el Mirador de Calcilarruego (1.900 m aprox.), y luego, mantener altura por la Faja de Pelay ("Pelay, Bombay, son dos paraísos...") llegando al Circo de Soaso. Una vista dominante de todo el valle de Ordesa que invitaba de continuo a parar y dejarse arrebatar por las soberbias panorámicas. Rocas, bosques, prados, canchales... Aire puro, éxtasis, soñar despierto. No sé cuántos carretes de fotos pudimos gastar en esa semana.
Pasamos
por arriba las clavijas de Soaso, por el camino, y
continuamos hacia el Refugio de Góriz (2.200
m), a cuya vera queríamos vivaquear. Esta vez solo a base de
saco y funda, a cara descubierta. A la mañana siguiente, sábado 16, tras varias y ligeras lloviznas nocturnas, volvimos a madrugar (ya son ganas), sonando el despertador ooootra vez a las 6:00. Se veían varias luces moviéndose por la zona, y grupos que iniciaban la marcha hacia la siguiente meta: el Monte Perdido. Iba a ser otra romería concurrida, cambiando las velitas por las luces de las frontales. Tras desayunar y recoger campamento (esta vez conseguimos dejar parte del material no necesario en el refugio) comenzamos a subir hacia la cumbre. No tuvimos problemas de neveros (casi no había), pero sí tuvimos que luchar con los diferentes hitos que señalaban variantes del mismo camino. Y cruzamos dos o tres pasos que requerían sencilla trepada, sin dificultad. Hay que tener presente que la piedra, caliza, estaba mojada y en varios puntos muy resbaladiza. Poco
antes de llegar al Lago Helado (que de helado no tenía
nada) la niebla empezó a hacerse presente, tapando y descubriendo
el entorno. Pero de ahí en adelante ya no nos dejó hasta
la cumbre. Antes de llegar nos cruzamos con varios grupos que bajaban. Algunos se dieron la vuelta antes de la cumbre por la dificultad de hacer algunos pasos sobre roca mojada y resbaladiza, en medio de la niebla. Otros habían hecho cumbre, pero nos dijeron lo que luego pudimos comprobar: visibilidad cero.
Poco
antes de comenzar la última pedrera hacia la cumbre nos encontramos
con otro montañero que estaba bajando. Llevaba el buff
del Maratón Alpino Madrileño. Nos saludamos e
intercambiamos algunas frases, como no podía ser menos (yo también
lo llevaba en ese momento), y continuamos ruta. Me alegró una
vez más ver la comunión entre carrera y montaña,
montañeros y corredores. Bien. Pues culminamos nuestra meta, el Monte Perdido (3.355 m). Hacer
cumbre fue tocar el vértice geodésico en medio de intensa
niebla, tomar un par de fotos como buenamente se podía, y hacérselas
a otros grupos que llegaban entonces (catalanes con su señera,
y vascos, todos imbuídos del mismo espíritu de montaña.
Todos unidos).
El
resto es simple. Bajamos hasta el Refugio de Góriz,
donde paramos a comer, y pudimos saludar de nuevo a los montañeros
vascos que conocimos arriba. Iniciamos el descenso hacia la Pradera
de Ordesa, esta vez por la "autopista" que recorre
todo el fondo del valle, y los últimos kms. los hicimos en medio
de intensa lluvia. La gente huía en desbandada, la mayoría
sin siquiera un impermeable. Incomprensible falta de previsión,
pues el día lo hacía esperar. Mientras escribo estas líneas, aún tengo la casa medio empantanada de material pendiente de terminar de secarse y limpiar. ¡Buah! Mirando para otro lado no pasa nada. 8-/ Para
los dos o tres masocas que hayan sido capaces de leer todo esto (que
aunque no lo parezca está resumido), termino por comentar que
nos agotamos, nos calamos, nos caímos, subimos, bajamos, trepamos...
pero disfrutamos de lo lindo. No me lo hubiera perdido por nada. Texto: Javiere
Más fotos de la ruta en este enlace
NOTAS
Accesos:
Desde Madrid a Torla (Huesca), última población a la entrada del Parque
de Ordesa, hay aprox. 470 km (unas 4h 20min). Se toma desde Madrid
la N-II hasta Zaragoza. Al entrar en el cinturón de la ciudad, se toma
el desvío dirección Huesca por la N-330. Rebasada Huesca, se sigue a
Sabiñánigo, y al llegar a esta población, nos desviamos hacia Biescas.
Aquí se toma la N-260, carretera de montaña muy sinuosa, de la que nos
desviamos poco antes de llegar a Broto, en dirección Torla.
Si
queremos visitar el Parque Nacional, hay que dejar aparcado el coche
a la entrada de Torla y servirse de la lanzadera de autobuses,
únicos autorizados para entrar en Ordesa.
Si
queremos llegar a Bujaruelo y a los dos campings de la zona y el Albergue,
hemos de seguir, dejando atrás Torla, hasta la entrada a Ordesa, y entonces
tomar una pista estrecha de grava, señalizada, en mediano estado, en
cuyo final se halla Bujaruelo.
Mapas:
Editorial Alpina dispone de varios de la zona. Ordesa y Monte Perdido.
Parque Nacional (a escala 1:40.000); Vignemale Bujaruelo. Valle
del Ara (a escala 1:30.000); y Monte Perdido, Vignemale, La
Munia. Ordesa, Gavarnie, Pineta, Bujaruelo (a escala 1:30:000).
Este último es muy recomendable al tratarse de la nueva serie "waterproof
paper", irrompible e impermeable. Resiste bien el tute de una mochila
empapada.
Material:
Para el tiempo y la ruta descritos, además de las provisiones acostumbradas
(en Torla hay numerosísimas tiendas de comestibles, fotos, montaña...
En Bujaruelo también se dispone de escueta tienda de alimentación, pero
nada barata), y el material de vivac/acampada, es imprescindible portar
crampones, piolets y prendas de abrigo adecuadas. Atención a las frecuentes
lluvias.
Es aconsejable en algunos pasos el uso de arnés y cuerda, y para la subida al Vignemale, si está concurrida (lo que es habitual), no está fuera de lugar el casco, por los continuos desprendimientos de piedras.
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